Doñana otra vez

Teresa Ribera

Los activistas de Greenpeace han logrado, una vez más, parar una actividad que consideran peligrosa para el medio ambiente y, sobre todo, hacer visible para la sociedad un problema complejo sobre el que es importante debatir. En esta ocasión, el objeto de protección es especialmente simbólico: Doñana. Se suman así a la campaña internacional emprendida por WWF “Salvemos Doñana”, con enorme repercusión más allá de nuestras fronteras.

Doñana tiene valor histórico y ambiental; es uno de los espacios emblemáticos más importantes de Europa; representa el origen del movimiento ambientalista ilustrado en nuestro país. Y, sin embargo, esto no ha impedido la aparición y permanencia de presiones antropocéntricas que ponen en riesgo la preservación de sus tesoros: freseros y arroceros buscando agua, delirios de –trasnochada- grandeza persiguiendo la entrada de grandes cruceros hasta Sevilla y, más recientemente, Gas Natural buscando yacimientos y emplazamientos geológicos adecuados para almacenar gas. Sigue leyendo

Honduras: capitalismo vigente, derechos olvidados

Fernando Flores

Berta Cáceres, la líder indígena lenca, feminista y ambientalista, fue asesinada hace poco más de siete meses. Hace unos días, su sucesor en la COPINH (Consejo Popular e Indígena de Honduras), salió ileso del segundo atentado con arma de fuego en lo que va de año. A mediados de 2013, Tomás García, dirigente local de la misma organización, había sido abatido a tiros por el ejército durante una manifestación. Estos y otros terribles sucesos, así como su escasa repercusión entre el gran público, se explican por un contexto de especulación y control económico capitalista a gran escala, que entiende el respeto a los derechos humanos como una molestia fácilmente superable.

En junio de 2009 un golpe de Estado desbancó del gobierno constitucional de Honduras al presidente Zelaya. Los motivos de su caída fueron revelados llanamente por su sucesor: “Lo sacamos por su izquierdismo y corrupción. El fue presidente liberal como yo. Pero se hizo amigo de Daniel Ortega, Chávez, Correa y Evo Morales. Se fue a la izquierda, puso toda gente comunista, nos preocupó” (Micheletti en el diario Clarín, 30 de setiembre de 2009). Sigue leyendo

Cuatro reflexiones a propósito de Kigali y los HFCs

Teresa Ribera

Kigali ha sido testigo de un gran paso en la lucha contra el cambio climático. En la madrugada del sábado 15 de octubre se ha adoptado una enmienda al Protocolo de Montreal a la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono. Reclamada desde hace años por grupos ecologistas y un buen número de países, en los últimos meses se ha convertida en una de las prioridades diplomáticas del fin del periodo Obama. Con su adopción se pretende la eliminación de determinados gases de “vida corta” –los HFCs– que, sin embargo, presentan una tendencia de uso al alza poco deseable. Esta decisión es considerada por muchos como la medida individual más relevante de todas las tomadas hasta la fecha en materia de cambio climático.

Técnicamente, la enmienda acordada incorpora el compromiso de los firmantes de prohibir y retirar de la circulación de forma gradual la familia de gases hidrofluorocarburos –HFCs–, refrigerantes de uso común en neveras y aires acondicionados y con un elevado potencial de calentamiento. Con ello se permite no sólo ayudar a la recuperación de la capa de ozono sino también a evitar la emisión a la atmósfera de alrededor de 70 mil millones de toneladas de CO2 equivalente entre 2020 y 2050. Una cantidad que equivale a las emisiones de 500 millones de vehículos y se equipara al incremento de medio grado centígrado en la temperatura media del Planeta. Sigue leyendo

¿Empresas sin escrúpulos? Sobre la responsabilidad social corporativa

Ángeles Solanes

Cuando grandes tragedias como la reciente muerte de la líder indígena Berta Cáceres, en marzo de 2016, o el derrumbe de un edificio textil en Bangladesh en abril de 2013, ponen en evidencia las violaciones de derechos humanos por parte de las empresas y las grandes corporaciones multinacionales, la necesidad de exigir a éstas responsabilidades ocupa la actualidad por unos días. Luego, ante la siguiente desgracia, las reivindicaciones de justicia parecen diluirse. En ese íter temporal, siguen firmándose pactos para obligar a la sociedad a continuar arrodillada ante los mercados. Así, por ejemplo, mientras múltiples acontecimientos copaban el prime time en España, el BOE publicaba el 15 de marzo de 2016, la Resolución de la Dirección General de Política Energética y Minas, por la que se otorga a Gas Natural Almacenamientos Andalucía, SA, autorización administrativa y reconocimiento de utilidad pública para la ejecución del proyecto «Marismas Occidental», asociado al almacenamiento subterráneo de gas natural denominado «Marismas». Es decir, la declaración de utilidad pública de la extracción de gas en el parque natural de Doñana, como el primero de los cuatro proyectos hábilmente fragmentados para no ser informados negativamente. Sigue leyendo

El primer paso de una nueva marcha por el clima

Teresa Ribera

Algo ha cambiado en muy poco tiempo. Y puede hacerlo de forma todavía más rápida. Sea por la certeza de que respirar aire contaminado acarrea graves problemas de salud, por la indignación que provoca el fraude continuado de VW o por la dulce ausencia de frío a punto de empezar el mes de diciembre, lo cierto es que hoy, más que nunca, los ciudadanos reivindican a las instituciones tomarse en serio el asunto del clima.

Se acabó el miedo a qué pierdo en la transición y llegó la época de la indignación por el coste que nadie parece estar dispuesto a evitar. Que tomen buena nota los más de 150 líderes que participarán en la Cumbre del Clima de París en estos días. Rajoy dice haberlo hecho también. La historia, no la de dentro de 50 años sino la de mañana mismo, será severa con quien teniendo ocasión de hacer no hizo lo suficiente.

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Este mismo es el análisis que empieza a extenderse en el ámbito financiero. Inversores de largo plazo y compañías de seguro y reaseguro empiezan a salir de su tradicional y conservador silencio para advertir: invertir en combustibles fósiles es arriesgado financieramente y velaremos porque nadie cometa un error con nuestros recursos hasta el punto de exigir responsabilidades a quien, sabiéndolo, no tome las precauciones suficientes. Pero hay quien va más lejos y apunta a la inmoralidad de obtener pingües beneficios en un negocio que tanto daño causa en el mundo, cebándose muy en particular en los colectivos más frágiles y vulnerables.

¿Significa todo ello que París es “pan comido”? Ni mucho menos. Todavía resuenan los ecos de quienes dudan sobre la necesidad de renunciar a combustibles fósiles para ofrecer progreso; las voces de quienes reclaman un ajuste financiero final con la historia pasada antes de iniciar una nueva etapa… Se mezclan motivos legítimos de preocupación con inercias y manipulaciones. Nadie saldrá ganando de un no-acuerdo y todos, sobre todo los más pobres, saldremos perdiendo de la falta de liderazgo compartido en la transición a un mundo bajo en carbono. Pero un equilibrio justo requiere el compromiso de la comunidad internacional en la búsqueda de respuestas para los que más sufren los efectos del cambio climático, para quienes aspiran a un bienestar que deberá construirse de un modo distinto y, en último término, para quienes corren el riesgo de perderlo todo… hasta el suelo sobre el que construyen sus casas y siembran su alimento.

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De vuelta a casa, en España, será importante asegurar que los hechos acompañan las palabras, que las agendas políticas, la vida municipal y las estrategias empresariales se aprestan a buscar la coherencia que todavía nos falta. ¿De verdad nos creemos las utopías gasistas y petroleras? Necesitaremos acompañar a los mineros –que no al carbón– en un proceso de transición justa hacia un modelo económico viable para ellos y sus familias en sus comarcas. Se requerirá pensar y poner en práctica ese 100% renovable para mediados de siglo que tanto bueno puede aportar a la economía, la innovación, la factura energética y el medio ambiente. Y exigirá también corregir la escandalosa invitación a enladrillar la costa con la que este último gobierno nos ha obsequiado, a reinterpretar el demagógico “agua para todos” y en cualquier circunstancia para afirmar un “agua para que todos podamos beber” hoy y mañana pero ni para todo, ni esquilmando los escasos recursos de los que disponemos, ni a cualquier precio.

Hay mucho y bueno en el horizonte. Atisbamos por primera vez la oportunidad de asentar las bases de un nuevo modelo de prosperidad global, más inclusivo y coherente con los límites físicos de nuestro entorno. Esto va en serio y genera una nueva forma de entender las políticas públicas, la regulación y los sistemas fiscales, las relaciones comerciales y de cooperación, las estrategias empresariales, la aplicación del conocimiento y la rendición transparente de cuentas para aprender juntos a construir nuestro futuro común.

Ojalá, ojalá… En quince días podamos celebrar el primer paso de una nueva marcha por el clima a la luz del sol.

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Elogio del ‘buenismo’

Fernando Flores

Un buenista es un ‘tonto incompetente no pocas veces irresponsable’ al que dentro de unos años homenajearán por visionario (‘que se adelanta a su tiempo o tiene visión de futuro’) los que hoy lo desprecian, o sus descendientes.

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El buenista es habitualmente de izquierdas o cristiano de base, cree y practica la solidaridad, defiende que se trate como seres humanos a los inmigrantes (sí, también a ‘los económicos’), asume –incluso le gusta– el multiculturalismo, le espanta la guerra, reivindica los derechos sociales y las acciones positivas (con dinero público, obviamente) para conseguir la igualdad y dignidad mínima de todas las personas, defiende el medio ambiente, rechaza la tortura como medio para sacar información a los terroristas y, probablemente, sea o sería partidario de la educación y salud pública y de calidad para todos.

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Eran conocidos buenistas Jesús de Nazaret, Bartolomé de las Casas, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Clara Campoamor, Manuel Azaña, Albert Einstein, y mi maestro de música, José Señer… (menos el último, todos tienen estatuas y calles en su honor). En la actualidad, probablemente lo sean Belén Gopegui, Emilio Lledó, Wangari Maathai, José Mujica, Aung San Suu Kyi, Wyoming y Ada Colau.

Con fijarse un poco en las declaraciones que en los últimos meses vienen realizando buena parte de nuestros ‘pensadores públicos’ respecto de cuestiones como la ola de refugiados hacia Europa o la defensa contra el terrorismo yihadista, uno no tiene más remedio que sacar la conclusión de que defender en serio los derechos humanos –protegerlos, promocionarlos, extenderlos–, luchar contra el cambio climático y reclamarse pacifista, es propio del buenismo más retrógrado. Es decir, de ingenuos, sentimentales, tibios, relajados, incoherentes, fantasiosos y desubicados.

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En la era de la simplificación resulta fácil escribir un post de brocha gorda como este. Si muchos conspicuos políticos y opinadores, de los que se denominan a sí mismos ‘responsables’ (y a los que coherentemente podríamos denominar como ‘malistas’), acusan sin mayores argumentos de ajenos a la realidad a quienes rechazan bombardear y mandar tropas a Siria, proteger los derechos laborales de la clase obrera o abrir las puertas a los refugiados, no veo por qué no puede ventilarse una contestación con los primeros párrafos de este texto.

Pero esto no es así, no debería ser así. Abordar las cuestiones importantes debería exigir algo más de seriedad y, por qué no decirlo, de pedagogía, aunque fuera de la más sencilla. De este modo, creo que el análisis riguroso de la realidad, unido a la voluntad de mejorarla, en el sentido de aproximarla a lo que nuestros contratos sociales establecen (las constituciones, los tratados internacionales, los principios que justifican el trabajo de organizaciones internacionales como la ONU, el Consejo de Europa o la propia Unión Europea) exige, de una parte, el rechazo radical contra quienes reducen despectivamente a buenismo la defensa real, y no solo proclamada en discursos vacíos, de los derechos y valores que esas normas y organizaciones representan.

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De otro lado, nada impide –más bien, se exige– que a la defensa férrea de los derechos y el pacifismo se unan propuestas serias para tratar de debatir y encarar ahora los graves problemas que todas las sociedades complejas provocan. Lo que sucede, y lo que sucede es el quid de la cuestión, es que no pocas de esas propuestas (que sí existen) chocan frontalmente contra algunos de los intereses creados en el marco de un sistema que debería tener como centro al ser humano y que, sin embargo, se ve dominado por las relaciones del poder y el dinero.

Así que la posición política de quienes, por ejemplo, firman el manifiesto No en nuestro nombre, no es ni ‘mística’ ni ‘blanda’. Es sencillamente una posición y perspectiva absolutamente legítima (y en este caso, como en muchos otros, estrictamente legal) de una parte de la sociedad que no cuenta con el apoyo mayoritario de quienes gestionan y publicitan aquellos intereses creados, pero que representa valores esenciales de la sociedad, valores que deben ser tenidos muy en cuenta por quienes en último término adoptan las decisiones de gobierno.

Despreciar esa posición, humillarla con motes despectivos, es evitar (y muchos lo hacen sin inocencia alguna) la puesta en cuestión de un modelo político estatal y global que se aleja a marchas forzadas de los intereses de los ciudadanos, de los que son y de los que de algún modo aspiran a serlo. Además, es rechazar la imprescindible (aunque dura) reflexión y debate sobre cómo deben ser interpretados y aplicados los derechos humanos en momentos complicados o en situaciones límite. En suma, es impedir que se haga realidad lo que hasta ahora veníamos llamando ‘el funcionamiento normal del sistema democrático’.

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El guionista de Los Simpson y el legado de Springfield

Teresa Ribera

“El medio ambiente es… la felicidad”, me dijo a principios de abril en tono frívolo y jocoso alguien que, dada su posición y responsabilidades, debería tomarse el asunto mucho más en serio. Menos de quince días después, también en tono burlón, la revista The Economist comentaba las conclusiones del Grupo de Trabajo 3 del Quinto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (5AR del IPCC) en un artículo titulado “Another week, another report”.

Para sentido del humor en cuestiones ambientales y climáticas prefiero, sin duda, a los chicos de Ballena Blanca, revista ambiental de estreno que pondrá a prueba la madurez de los españoles, inspirada –según sus propios promotores- en esa especie de guión de Los Simpson que parecemos estar escribiendo colectivamente en nuestros país  en estos duros tiempos actuales. Más vale tomarse las cosas con un poco de sentido del humor porque, en realidad, no tiene ninguna gracia, e incluso, en función de quien venga el chiste resulta tremendamente irritante.

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La felicidad no sé, pero el “legado” cada vez parece más el de Monty Burns (el dueño centenario de la central nuclear de Springfield). Algo así debe estar pensando un importante sector del Partido Socialista francés, rebelado frente a las políticas de austeridad del recién estrenado Primer Ministro Valls. De este modo se hace visible una socialdemocracia europea desolada que, por primera vez, empieza a mostrar su preocupación por las gravísimas consecuencias de la herencia que dejará esta crisis: décadas de deuda pública que limitarán la capacidad de las políticas, deuda fruto de la socialización de los costes que han dejado los beneficios de unos pocos. Lo que es peor, la deuda lo es también ambiental, incurrimos de forma consciente en una hipoteca cuyos intereses pagaremos con creces y de desigual modo en el futuro.

El 22 de abril se ha celebrado el Día de la Tierra. Una conmemoración que tiene por finalidad, precisamente, recordarnos la importancia de gestionar bien el legado que hemos de dejar a nuestros hijos. Los informes del IPCC son un buen instrumento para ello. Permiten disponer de información solvente, contrastada, resumida y comprensible sobre el comportamiento del sistema climático, los efectos previsibles que conllevaría el cambio climático, y las herramientas disponibles para mitigar las causas que lo originan. Cada uno de estos tres grandes asuntos es tratado por un grupo de trabajo que adopta por consenso entre sus autores y revisores (más de 2000 en total) sus conclusiones. A lo largo de estos últimos meses se han aprobado las conclusiones de los tres grupos de trabajo.

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Las conclusiones dejan poco margen a las dudas. El incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero y su concentración en la atmósfera ha tenido lugar con arreglo a una pauta más intensa y peligrosa que los escenarios más pesimistas que se barajaron en la elaboración del Primer informe de evaluación hace ahora veinte años. Las consecuencias probables que ofrecen los modelos climáticos son dramáticas en términos de incremento de intensidad y frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, ponen en riesgo zonas densamente pobladas en el sureste asiático, dificultan el acceso a agua potable y a alimentos para una gran parte de la humanidad y, asociado a ello, generan un impacto notable en los factores de riesgo de migraciones y seguridad intra y transfronteriza. Todo ello forma parte de una realidad probable para la segunda mitad de este siglo -es decir… para ya mismo- salvo que hagamos un enorme esfuerzo colectivo por evitarlo.

El Grupo 3 orienta sobre el mejor modo de abordar las opciones de mitigación, indicando el grado de confianza y probabilidad de cada una de sus aseveraciones. Destaca la sostenibilidad de los patrones de desarrollo y la equidad como la base más importante para abordar con éxito las políticas de clima; así como la trascendencia que tiene la actuación colectiva frente a respuestas parciales guiadas por intereses particulares y de corto plazo. Es interesante ver cómo los autores subrayan la trascendencia ética y de equidad que pueden tener las decisiones sobre cómo reducir emisiones y, por ello, inciden en la importancia de combinar adecuadamente las políticas de clima con las de erradicación de la pobreza y acceso a formas básicas de bienestar como son el disfrute de agua y energía.

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Las emisiones relacionadas con este último ámbito –producción y consumo de energía- y con los procesos industriales representan el 78% del total global desde 1970 hasta nuestros días. Si no se adoptan medidas adicionales a las ya anunciadas para reducir emisiones, la temperatura media del planeta aumentará entre 3,7º y 4,8ºC hacia fin de siglo. Los escenarios de mitigación manejados por los autores indican que para mantener la probabilidad de que la temperatura no crezca más de 2ºC es imprescindible acometer drásticas reducciones antes de 2050, lo que requiere cambios radicales de gran escala en nuestro sistema energético. Si retrasamos nuestra actuación los costes en términos de impactos y de reducción se dispararán. No pueden evaluar las distintas combinaciones de efectos secundarios positivos y negativos de las alternativas disponibles para la mitigación pero sí advierten de la devaluación de los activos invertidos en energías fósiles si se toma en serio el asunto del clima. Las conclusiones del grupo 3 incluyen información relevante sobre el potencial que tiene adoptar medidas en energía, en agricultura y usos de suelo; en urbanismo e infraestructuras… y concluye describiendo y valorando diversos instrumentos económicos y financieros que han ido aplicándose en estos últimos años como, por ejemplo, los mercados de carbono o herramientas financieras ad hoc.

Y aquí es donde el guionista de Los Simpson empieza a frotarse las manos. Un informe de estas características es una descripción clara y solvente de la bomba de relojería que tenemos entre las manos, con la enorme ventaja de incluir el manual de instrucciones para evitar su explosión y garantizar un legado “gestionable”. Sin embargo, cuesta tanto sacudirse la apatía que no falta quien, impúdicamente, desvíe nuestra atención prometiendo petróleo y gas baratos y juegue con el miedo colectivo de la recesión para retrasar los cambios en lugar de utilizar la necesidad de cambio como oportunidad para la recuperación. ¡Qué guiones!, ¡qué fuente de inspiración a partir de la vida misma! Viva el humor ácido, si sirve como acicate; pero huyamos de la burla cínica y descreída cuyo objetivo final es garantizar el desánimo que nada cambia. Al guionista, le toca repartir los papeles y decidir el argumento. ¿Cambiamos de serie?

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La Justicia que nos llega: ¿quién defiende el medio ambiente?

Teresa Ribera

Seguro que todo el mundo se acuerda del Prestige y de Aznalcóllar. También del Algarrobico y de los aeropuertos de Castellón y de Ciudad Real, de y del sobrecogedor espectáculo de la bahía de Portmán. No tanto, salvo cuando hay tormenta, de las urbanizaciones en dominio público marítimo terrestre o de las marismas desecadas, de los buitres envenenados o de los permisos para cazar lobos. Y procuramos no acordarnos nunca de la extracción ilegal de agua en los acuíferos de Doñana, en Ruidera, en las cuencas del Júcar o el Segura, de los suelos contaminados con fosfoyesos en Huelva, o de ideas peregrinas como la de construir mega puertos de nueva planta o llevar cruceros mastodónticos a Sevilla por el Guadalquivir.

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Clima, se acerca la hora de la política

Teresa Ribera

Sometida a una creciente polaridad insana, la respuesta política al cambio climático parecía haberse alejado de esa base común que los británicos identifican con “los intereses del Reino Unido”. El empuje de otras épocas se había ido, poco a poco, diluyendo durante el mandato de Cameron, con bandazos en política energética y sometido a una fuerte presión procedente del euro-clima-escepticismo del ala tory más a la derecha y, sobre todo, del amenazante UKIP. Tampoco el laborismo de Ed Milliband parecía estar dispuesto a arriesgar demasiado capital político en esta materia tras las tensiones internas con los sindicatos, así que sólo se animó a dar una desconcertante pero llamativa campanada electoral: si gana las elecciones en 2015, congelará la factura eléctrica.

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Como la naturaleza tiene sus propias reglas, ocurrió lo que los modelos climáticos muestran como escenarios más probables en el medio y largo plazo: que amplias zonas bajas del suroeste británico quedaron bajo metro y medio de agua. No un día ni dos. Llevan semanas y con relevantes afecciones para los vecinos y sus casas, además de cortes en suministros de todo tipo de servicios públicos como el transporte y la electricidad.

Algo parecido pasa a escala europea donde, a fuerza de repetir medias verdades, la gente se ha creído eso de que Europa ya ha hecho mucho y que deben ser los otros los que hagan más. Es como si la lectura frívola e irresponsable de considerar este asunto una carga decorativa hubiera encontrado acogida definitiva entre las élites europeas. Merkel duda sobre si asumir el liderazgo y empujar la agenda, o si mantenerse prudente a la espera de los acontecimientos para no correr riesgos ante un amplio sector industrial conservador; Gabriel evalúa los riesgos políticos de presionar la agenda del clima y la transición energética; Van Rompuy parece haber decidido evitar cualquier riesgos de agrios debates en el Consejo; Tusk todavía no ha entendido que las políticas de clima también benefician a Polonia y que forman parte de un acervo común europeo al que ningún político con vocación de ejercicio para las próximas décadas debiera renunciar; Hollande quiere y se esfuerza por superar escollos pero todavía no ha encontrado la manera de hacerlo, y aquí en España nos entretenemos con una vuelta al pasado en energía y haciendo oídos sordos a la ciencia (¡y a las olas!) pensando en el dinerito y la satisfacción que da decir que todo el mundo puede hacer lo que quiera en primera línea de playa o en otras zonas vulnerables. Cuando lleguen las desgracias y los malos ratos, nos acordaremos de las imágenes dramáticas de un pasado en el que acostumbrábamos a ocupar sin pudor el cauce seco y las zonas de máxima –aunque sea inusual- crecida de los ríos.

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Pero el mundo sigue su curso y Kerry, cuyo compromiso con la agenda del clima era bien conocido y cuyas habilidades diplomáticas lo son cada día más, ha decidido recuperar el tiempo perdido. Y sabe que lo más importante, tanto para el clima global como para la opinión pública estadounidense, es un fructífero acuerdo de trabajo común con China. Y eso hace. Cooperación política bilateral en clima, intercambio de información, desarrollos industriales y tecnológicos conjuntos… Incluso, si es verdad lo que anuncian en su último comunicado, concertación de cara a la negociación de Naciones Unidas. Es decir, un G2 que da sus primeros pasos y del que la torpeza común europea parece habernos dejado fuera.

Todavía hay tiempo –poco- y excelentes ocasiones para recuperar el tren: tenemos un Consejo Europeo a mediados de marzo (¿será verdad que no dirán nada? Menudo papelón para los gobiernos europeos y sus líderes tras los pronunciamientos de la Comisión y el Parlamento Europeos); elecciones europeas inmediatamente después; una Cumbre convocada por Ban Ki Moon sobre este asunto en septiembre en Nueva York… Y tenemos cada día y cada líder o aspirante a serlo que debiera pronunciarse muy seriamente sobre este asunto. ¿Superan la prueba nuestros compatriotas?

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¿Usted invertiría sus ahorros en energía solar en España?

Teresa Ribera

El 5 y 6 de diciembre, la OCDE organizó en París una jornada sobre cómo estimular las inversiones en “desarrollo verde”. El moderador de una de las mesas, consejero delegado de una de las firmas que mejor conoce y analiza las claves financieras de la transición hacia una matriz energética limpia y eficiente, ilustraba la falta de confianza de los inversores y las contradicciones en los mensaje con un caso práctico: “¿Invertiría usted sus ahorros en energía solar en España?”. No era una pregunta retórica, sino la respuesta irónica –y negativa, claro- que él mismo obtuvo de un importante grupo de inversores asiáticos interesados en colocar sus cuantiosos fondos en proyectos energéticos con futuro.

Al respecto, cabe hacer dos reflexiones. Una, de índole energética y, otra,  sobre la curiosa identidad nacional que proyectamos.

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Empecemos por la energética. El ejemplo se ha convertido en el caso práctico más citado en los foros internacionales sobre lo que no se debe hacer. Al principio, cuesta un poco entender por qué el “caso español” ni es sólo español ni es sólo solar. Salta a la vista por qué hay un numeroso grupo de inversores, nacionales y extranjeros, profundamente irritados por las decisiones que recortan la cuantía de las primas que, en su momento, sirvió como garantía de Estado para hacer viable la financiación de la inversión inicial. Una reducción transitoria que, posteriormente, pasa a ser permanente y reiterada y acompañada de otras importantes medidas disuasorias. Los inversores afectados denuncian ante los tribunales y las cortes de arbitraje internacional –quien puede- o reclaman soluciones ad hoc –incluso la dación en pago- entre pequeños ahorradores nacionales que no dan crédito ante una intervención pública que ha convertido el sol en una especie de activo tóxico sin escapatoria.

¿Por qué, además, ha llegado a ser el anatema por excelencia de cualquier analista con un poco de experiencia internacional? Por la sencilla razón de que hemos convertido una legítima duda tecnológica –ya despejada, por cierto-  en un verdadero riesgo regulatorio. Si lo que está ocurriendo en España, un país con tecnología y sol, con peso importante de la industria e inversores en el sector, ocurre ante la pasividad y el silencio de las instituciones comunitarias, ¿por qué invertir en renovables? No deben tenerlo tan claro los gobiernos cuando hacen o consienten medidas como ésta. ¿Por qué no esperar a ver qué ocurre? Y, mientras, quizás podamos colocar nuestro dinero en algún continente o sector con menos riesgo.

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Se equivoca quien piensa que esto no es más que una pequeña corrección sin consecuencias. Las está habiendo ya. Desde 2011, las cifras globales de nueva inversión en energía limpia caen trimestre a trimestre, situándose el monto actual en un tercio de lo que debiera haber ocurrido para mantenernos en horquillas de seguridad energética y climática. De hecho, la evolución previsible de la demanda global puede generar grandes tensiones en la capacidad de suministro y en los precios en los próximos años, por lo que una mejor coordinación de actuaciones a nivel global y la plena integración de los costes ambientales en los procesos de decisión ayudarían a consolidar un modelo más seguro y asequible. Un retraso en este proceso se traduce en un riesgo mayor de quedar atrapados en costosas infraestructuras que habrá que desmontar antes de lo que su desgaste por uso aconsejaría y un incremento general de los costes económicos y ambientales para nuestras sociedades.

Se equivocan, también, los directivos que piensan que retrasando la irrupción de renovables modulares, pueden asegurarse un mejor tratamiento en bolsa, en acceso a financiación o, simplemente, eludir una degradación de su deuda por estar demasiado expuestos a un modelo de generación tradicional. Las cosas han cambiado y hay propuestas que ya no son creíbles en escenarios a 20 años vista; como tampoco lo es ignorar que el perfil de la demanda y el usuario y las características del negocio evolucionarán con arreglo a un patrón similar al que ha valido los últimos 30 años. Los operadores eléctricos deben ser actores decisivos en la transición energética pero lo inteligente no es aferrarse al “antiguo régimen” sino ser parte activa del proceso de transformación, incluso contribuyendo con fórmulas y calendarios razonables para transitar al nuevo modelo. Ni la solar es la mayor responsable del “déficit de tarifa” de España, ni las pérdidas de la generación térmica en Alemania pueden resolverse por decreto, ni una eventual moratoria renovable generará per se mayor confianza de los mercados para abordar nuevas inversiones energéticas en Europa.

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La segunda reflexión del “caso español” a la que aludía tiene que ver con la orientación de nuestras decisiones y las señales que mandamos a los potenciales interesados en invertir en nuestro país. Un moderador patrio hubiera podido preguntar en esa mesa redonda sobre “desarrollo verde”: “Dígame usted en qué recomienda invertir en España: ¿en urbanización en la costa o en cauces de ríos; en cacerías en espacios protegidos; en autovías y autopistas rescatadas por manifiesta sobreestimación de su necesidad; en aeropuertos sin viajeros; en hospitales en quiebra recién construidos mientras se abandonaba la inversión en mejora y garantía de prestación de servicio en los preexistentes; en colegios privados ultraconservadores subvencionados mientras se recorta en educación pública; en programas de I+D+i inicialmente cofinanciados con dinero público hoy retirado, etc.?”

Podríamos, sin duda, ofrecer como atractivo la “competitiva” cifra de paro y la regulación de la entrada y salida del mercado laboral que permite ofrecer, sin bochorno, 640 euros al mes a un trabajador a tiempo completo y facilita una clarísima dualidad salarial y excelentes retornos para el inversor. También podríamos argumentar que las construcciones ilegales se amnistían, que las grandes catástrofes ambientales ocasionadas por incidentes industriales o de transporte se diluyen y absuelven diez años más tarde, que las obligaciones ambientales y sanitarias se relajan para facilitar la recuperación… ¿Vendemos desprotección social y ambiental como activos para recuperar la confianza en nuestro país? Rescatemos nuestras otras posibilidades, revaloricemos nuestros activos naturales, nuestra industria más eficiente en consumo de recursos; nuestras ciudades reinventadas, habitables, atractivas y eficientes en agua, energía y afecciones al entorno; liberemos recursos despilfarrados para destinarlos a reinvertir en nosotros mismos. No despreciemos el inmenso potencial de recuperación y actividad económica de un desarrollo verde e incluyente.

Son elecciones colectivas importantes. ¿Cuáles son nuestras prioridades?, ¿a qué dedicamos nuestro patrimonio común, cómo gestionamos nuestros recursos, incluidos los humanos y los naturales? Son debates públicos pendientes a los que durante años no se les ha dejado espacio porque “España iba bien” y que, ahora, se enfrentan al riesgo de un silencio consentido porque “España va mal” o porque “ahora que España se va recuperando, no es el momento”. Pues bien, no son debates antipatriotas como tampoco son extremistas ni subversivos quienes argumentan que hipotecarse ambiental y socialmente rarísimamente  –por no decir nunca- es inversión.

¿Quién y en qué queremos que invierta en España?

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