Del poder del fusil al poder del olvido

Carlos Gil Gandía

Después de la II Guerra Mundial nació un nuevo Derecho Internacional centrado en los derechos humanos internacionalizados por la Declaración Universidad de los Derechos Humanos. A partir de entonces se ha elaborado un corpus iuris para la protección de tales derechos frente al Estado todopoderoso del antiguo Derecho Internacional y con el deseo de que la lógica de la justicia se imponga a la del olvido. Veamos algunos ejemplos de Estados que sí han asumido sus obligaciones internacionales respecto de sus tenebrosos y recientes pasados. Y comparemos, finalmente, con España. Hete aquí la máxima de que las comparaciones son odiosas.

            La Alemania de la posguerra confeccionó programas de reparaciones de carácter administrativo y legislativo para con la población judía que durará hasta 2030. Entre 2014 y 2017 se han pagado 772 millones de euros para que las víctimas de la persecución nazi que estuvieran enfermas reciban atención médica.

            Las Cámaras Especiales de Camboya están juzgando a los Jemeres Rojos por los crímenes que cometieron durante su dictadura (1975-1979). La condena de Duch es un ejemplo de no permitir la impunidad y de dignificar y reparar a las víctimas de la dictadura.

            Las comfort woman son las mujeres que fueron violadas en su infancia por el ejército nipón durante la II Guerra Mundial. En el año 2015 recibieron las disculpas públicas del gobierno nipón, lo que supone una reparación de carácter simbólico y un alivio para mujeres que, en su día, fueron no solo violadas sino también estigmatizadas por la sociedad y olvidadas por el Estado. Ítem más: El 8 de enero de los presentes, un tribunal de distrito de Corea del Sur consideró que el gobierno nipón debía indemnizar a 12 mujeres surcoreanas violadas por el ejército japonés. No obstante, dudo que se indemnicen por la inmunidad estatal.

Sudáfrica, Argentina, Chile, Perú, Guatemala, El Salvador… han elaborado programas administrativos o legislativos o derogado leyes de amnistía o condenado a los criminales de las dictaduras sufridas por las gentes de aquellos países con el objetivo de luchar contra la impunidad y salvaguardar y proteger los derechos de las víctimas.

Todas las atrocidades cometidas por los países mencionados ocurrieron hace 30 o 70 años. Mientras los nuevos gobiernos y las élites, junto con la ciudadanía, de los países citados han sido conscientes de la necesidad de afrontar su pasado sobre la base de lo ocurrido realmente y de conformidad con los derechos de las víctimas, aquí, en España, se considera la apertura de heridas.

Nuestro país ha pasado del poder del fúsil al poder del olvido de las víctimas. La Transición española significó paz en detrimento de la justicia. Son dos elementos que en época transicional deben converger, aunque, en ciertas ocasiones no sucede, como ha sucedido en nuestro país.

En España se han invisibilizado jurídica y, hasta hace no mucho, cultural y sociológicamente a las víctimas del franquismo y, en parte, a las de la Guerra Civil. Eso, evidentemente, implica el sufrimiento de los familiares y víctimas directas y tranquiliza también a algunas personas. Pero el hedor de tal invisibilidad, estremece. En este sentido se pronunció Pablo de Greiff, antiguo Relator Especial sobre la promoción de la Verdad, la Justicia, la Reparación y las Garantías de No Repetición de las Naciones Unidas, en su informe de 2014. El Relator instó a las autoridades españolas y a los responsables públicos a adoptar medidas en materia de verdad y justica, y dejar de lado la confrontación por algo que, realmente, debería unir para reconstruir una memoria conjunta a fin de visualizar un futuro que garantice la no repetición de lo acaecido.

Hablar de y con las víctimas, en sentido jurídico y moral, implica una ética del reconocimiento, la actualidad de sus negados derechos, consiguientemente, no se trata de abrir heridas. No se trata de cobrar subvenciones, Rafael Hernando y demás infaustos que han vertidos similares comentarios. Se trata, sencillamente, de cumplir con el Derecho Internacional, de salvaguardar los derechos de las víctimas reconocidos internacionalmente en tratados de derechos humanos, de elaborar una memoria colectiva sobre la base de hechos y no de mitos, de saber cómo, dónde y cuándo mataron a una persona para velarla, para que su rol de sombra se torne a fenecido con memoria. Es la Justicia y el Derecho, estúpido.

La excepción española, último capítulo

Jorge Rodríguez Rodríguez

España como excepción puede ser leída en numerosas claves; desde aspectos absolutamente banales, hasta situaciones que han puesto en riesgo el disfrute de los más elementales derechos humanos, como las que aquí se tratarán. Excepciones, en fin, que se corresponden con actuaciones que se distinguen totalmente del ejemplo que, en determinadas situaciones, representan lo que se ha venido denominando comúnmente “los países de nuestro entorno”. Así, por ejemplo, podremos mencionar todas aquellas ocasiones en las cuales, habiendo ganados las elecciones un partido que había sido ilegalizado por la dictadura y sus miembros exiliados, una vez ha llegado al poder nunca ha llevado a cabo las políticas necesarias y suficientes para, al menos, reparar y reconocer el daño que desde 1936 se ha infringido a todo un espectro de la sociedad española. La vigencia de nuestra Ley de amnistía da buena muestra de ello.

Sin embargo, la excepción española va más allá, porque la misma ha traspasado ya nuestras fronteras y ha quedado tristemente instalada en los sistemas internacionales de protección de derechos humanos. En efecto, pese a la más reiterada jurisprudencia, asentada en nuestros sistemas universal y europeo de protección de derechos humanos, que obliga a los Estado a investigar las violaciones de derechos humanos (con especial ahínco en el caso de las desapariciones forzadas) ocurridas en el territorio bajo su jurisdicción, ni el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el pasado (especial referencia al caso Canales Bermejo en 2012), ni ahora el Comité de Derechos Humanos, han aplicado esta dilatada práctica al respecto a los casos que se les han presentado sobre hechos ocurridos desde la Guerra Civil y durante el franquismo; y con unos razonamientos, de hecho, bastante parecidos.

La puerta cerrada hace pocos días por el Comité de Derechos Humanos, encargado de fiscalizar el cumplimiento del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ha sido especialmente (como poco) decepcionante. Y es que estamos hablando de un órgano que en 2015 decía sobre la situación de las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo: “El Comité reitera su recomendación en el sentido de que se derogue la Ley de Amnistía o se la enmiende para hacerla plenamente compatible con las disposiciones del Pacto. El Estado parte debe impulsar activamente las investigaciones respecto de todas las violaciones a los derechos humanos del pasado. El Estado parte debe también velar por que en estas investigaciones se identifique a los responsables, se los enjuicie y se les impongan sanciones apropiadas, proporcionales a la gravedad de los crímenes y se repare a las víctimas.”

Con todo lo anterior como marco general, en 2019 se presentó ante el Comité de Derechos Humanos el primer caso sobre estos hechos ocurridos durante la Guerra Civil y el franquismo: el caso Francisca Alomar et al c. España, presentado por la hija y la nieta de Antoni Alomar y Margalida Jaume, ambos desaparecidos en Mallorca desde 1936. Veremos a continuación porque este caso representa la penúltima excepción española:

Estamos hablando de unos hechos que, efectivamente, comenzaron antes de la entrada en vigor del mencionado Pacto para España, sí. Pero esta situación no es nueva para el Comité, pues no son pocas las ocasiones que este órgano ha admitido casos ocurridos antes de la fecha en cuestión. Sin embargo, en el que aquí nos ocupa, el Comité interpreta que estamos ante hechos que ocurrieron “hace tanto tiempo”, que no se considera competente para pronunciarse sobre ellos; incluso, de hecho, si la inacción del Estado al respecto llega hasta nuestros días.

Y es que, esta inadmisibilidad es aún más excepcional al estar tratando un asunto de desaparición forzada, y donde el propio Comité ha reconocido siempre el sufrimiento de las víctimas por el desconocimiento del paradero de la persona desaparecida y, también, el carácter continuado de la misma. Práctica del Comité que, por lo visto, es desconocida para nuestra Abogacía del Estado, que afirmó durante el procedimiento que este órgano carecía de competencia material para conocer de un caso de desapariciones debido a que existe un Comité de Desapariciones Forzadas… Razonamiento que sorprende ya que el Comité de Derechos Humanos lleva conociendo de casos de desapariciones forzadas desde los años 80.

Pese a ello, y a todas las trabas que este órgano ha reconocido a lo largo de los años que existen en España para las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, el Comité considera “que, incluso comunicaciones que aleguen desapariciones forzadas no deberían de ser presentadas con una excesiva o inexplicada demora por parte de los autores, una vez que se den cuenta, o que deberían de darse cuenta, de que no se ha iniciado ninguna investigación o (…) no haya perspectiva realista de investigación efectiva sobre la suerte de las víctimas”. A este respecto, las demandantes desarrollan todo un largo periplo de recursos judiciales y administrativos orientados a la búsqueda de sus familiares (lo que se conoce en el argot del Comité “la necesidad del agotamiento de los recursos internos” antes de acudir ante su jurisdicción), siendo el último de ellos una denuncia en el Juzgado de Instrucción núm.1 de Manacor, la cual fue archivada el 3 de agosto de 2017 alegando la jurisprudencia de nuestro Tribunal Supremo, en la conocida sentencia de 2012 sobre el caso Garzón. La pregunta que se presenta entonces es: ¿cuál habría de ser esa fecha? ¿Cuándo las víctimas deberían haberse dado cuenta de ello? ¿No han mostrado una diligencia más que debida para resolver su caso en la jurisdicción española? Todo parece indicar que sí, pero para el Comité, no.

Otro de los asuntos que suscitan más desconcierto es el referente a la falta de agotamiento de recursos internos sobre la otra gran queja de las víctimas: el sufrimiento, similar a una tortura, que les produce la desaparición de sus familiares. Una conexión, entre desaparición y tortura, que fue realizada en su momento por el propio Comité y que, de hecho, reconoce que se está produciendo en España. Por ello, causa estupor que dicho Comité alegue la falta de agotamiento de recursos internos, como manifiestan algunos de sus miembros en un voto disidente. Y es que, ¿cuáles habrían de ser esos recursos? La pregunta no es baladí porque la mayoría del Comité no dice nada al respecto. Según sobreentendemos, en España no hay más recursos que los ya agotados por las víctimas. Por ello, los miembros disidentes del Comité califican los argumentos de la mayoría como “desconcertantes”, ya que es perfectamente “demostrable” que las víctimas sí los han agotado. Como ejemplo de todo ello, bastaría con aludir, como se hace en el voto particular, tanto a la Ley de amnistía, como a la referida sentencia del Tribunal Supremo de 2012 que “condicionó la posición de los tribunales de inferior instancia en relación a la demanda de las víctimas”. Es decir, según alegan estos miembros del Comité, y concuerdo, en España “no hay recursos efectivos que agotar”, lo que debería haber llevado al Comité a admitir la demanda, al menos, por el sufrimiento que las víctimas siguen padeciendo hoy en día.

Además, estamos hablando de dos víctimas que forman parte de la querella argentina; que forman parte del colectivo de víctimas que, ante la ausencia de justicia en su propio país, han tenido que acudir a los tribunales de un tercero. ¿Por qué cree el Comité que dos personas, rebasando una de ellas ya la barrera de los noventa años de edad, acuden a los tribunales de otro país, si no es porque consideran que no hay futuro posible para su causa en el suyo propio?

En definitiva, la ausencia de respuesta a nivel de protección internacional de los derechos humanos se ha erigido como la penúltima piedra en el camino en esta odisea que es la búsqueda de justicia para las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. Piedra inesperada por todo lo ya relatado, sí, pero piedra, al fin y al cabo. Retomando el inicio de este artículo, el caso de España es una auténtica excepción en materia de búsqueda de los más elementales derechos de las víctimas; derechos de obligatoriedad jurídica indiscutible e inexcusable (que no ya solo moral o etérea) pero que vienen siendo negados tras cada una de las puertas que las víctimas tocan; incluso en aquellas que parecían (y deberían) estar de su lado, como la puerta del Comité y anteriormente la del Tribunal Europeo. Pues, recordemos, son órganos de derechos humanos. Se dedican a ello. Aunque a veces, como esta, cueste creerlo.

El “peccadiglio di Spagna” en su versión contemporánea

Javier Palao

En 1524, Ludovico Ariosto escribía la sexta de sus célebres Sátiras, dirigida al escritor humanista Pietro Bembo. En ella le pedía un profesor de griego para su hijo Virginio, que estudiaba en Padua. En el texto, le encarecía que fuese un preceptor de confianza por la solidez de su doctrina y por la virtud de sus costumbres morales:

Dottrina abbia e bontà ; ma principale

sia la bontà; chè non vi essendo questa

nè molto quella alla mia estima vale.

Y, a continuación, añade:

Ed oltra questa nota, il peccadiglio

di Spagna gli danno anco, che non creda

in unità del Spirto, il Padre e’l Figlio.

Non che contempli come l’un proceda

dall’altro, o nasca, o come il debol senso,

che uno e tre possano essere, conceda.

Ariosto le pide a su amigo Bembo que el maestro no profese “el pecadillo de España”; es decir, que crea en la santísima Trinidad y que acepte “que uno y trino puedan ser”. Aprovecha el autor de Orlando Furioso para lanzar una pulla teológica contra los españoles, tan poderosos en aquel tiempo en Roma –incluida la Corte pontificia– y en toda Italia. Y es que estos ofrecían una imagen en la Europa de entonces muy distinta a la que nos han mostrado los libros de texto con los que nos formamos en colegios e institutos. Lejos de la devoción fanática y de la ortodoxia católica intransigente y sin fisuras con que se pintan en ellos, los españoles eran vistos como una amalgama heterogénea de escépticos, creyentes a medias, analfabetos del catecismo y de la formación religiosa más rigurosa, gentes de fe vacilante e incierta, poco fiables e hipócritas… Dignos descendientes, pues, de los musulmanes y moriscos que todavía poblaban extensas regiones de la Península, y de los judíos que, aun cuando acababan de ser expulsados de los territorios de la monarquía, dejaban en los conversos o marranos –vaya nombre– la funesta semilla de la herejía y la heterodoxia.

El “pecadillo español” era la duda en el dogma de la Santísima Trinidad y, por extensión, una acusación –bien antisemita, por cierto– de increencia en la fe verdadera y de escepticismo ante los dogmas de la Santa Madre Iglesia, heredados de los genes islámicos y hebreos presentes en una parte nada despreciable de la población hispana de entonces. El propio Erasmo rechaza una invitación del cardenal Cisneros para ocupar una cátedra en Alcalá de Henares (“non placet Hispania”) que luego concreta en una carta a Fabricius Capito: “Los judíos abundan en Italia; en España, apenas hay cristianos”.

Aquel estereotipo –un tópico, más bien– se sustentaba en realidad sobre diversos elementos: el mayor aislamiento peninsular, respecto de los centros y núcleos de poder de la Europa de entonces; una red de universidades dispersas, menor en densidad y menos conocidas en el continente, que hacían surgir dudas sobre su capacidad formativa; la coexistencia de masas de población cristiana, musulmana y judía, una circunstancia única en el continente; la expansión súbita de la monarquía, a un lado y otro del océano, que había llevado incluso a dos Papas hispanos a sentarse en la silla de Pedro…

La respuesta a aquellas sospechas, que tampoco tenían mayor importancia, fue exagerada, como si se quisiera dejar la ortodoxia religiosa de los españoles fuera de toda duda. Así, la nueva Inquisición creada por los Reyes Católicos se dio un baño de sangre y fuego depurativos con las minorías religiosas, que la Monarquía acabó rematando con la expulsión de los moriscos en 1609. La sociedad dio en un delirio de linajes con limpieza de sangre, proclamas de honras y honores bien hueras, cristianías viejas e hidalguías sin mancha… que acabaron conformando un mundo muy alejado del moderno que se gestaba en el norte de Europa. Hasta se desarrolló una cocina intensiva del cerdo que aprovechaba todas las partes del animal, como si fuese una profesión de fe culinaria…

La sociedad española no se convirtió por esta vía en un colectivo más culto y mejor formado, sino en uno de los más fanatizados del continente en el plano religioso. El “peccadiglio” fue el anticipo de la leyenda negra de un país atrasado y primitivo, repleto de frailes cazurros, campesinos miserables, soldados crueles y élites parasitarias, alejado de los estándares sociales y culturales europeos. España acabó configurándose así como un país exótico, ya en el siglo XIX. Las Universidades siguieron siendo pocas y atrasadas; la educación apenas avanzó y el índice de analfabetismo, a fines del XVIII, era de los más altos de Europa. El dogma trinitario se defendió –como el inmaculista– con más fervor que convicción, pues tampoco la teología avanzó hasta niveles notables. Paradójicamente, los mejores teólogos se alumbraron durante el reinado de Carlos I y se apagaron después de Trento. La Inquisición se encargó de eliminar los tímidos brotes de humanismo, a veces de corte erasmista, y Felipe II remató la faena prohibiendo a los universitarios españoles estudiar en otros países –Pragmática de 22 de noviembre de 1559– para evitar que entrasen en contacto con la Reforma protestante. Cuando llegó el tiempo de las revoluciones, en este país nadie sabía nada sobre la separación de poderes, la representación política o quién era John Locke (aun así, hay historiadores que siguen manteniendo que los Borbones modernizaron la España de entonces; en fin…).

Viendo el panorama de estos últimos días y años, a uno le da la impresión de estar viviendo un nuevo capítulo de ese “pecadillo”, transportado a la actualidad y con otros conceptos. La historia política española contemporánea es bien conocida en sus líneas generales. Los siglos XIX y XX contemplan –en el mejor de los casos– el imperio de una forma adulterada del liberalismo político: el doctrinarismo o moderantismo, es decir, una lectura y una práctica mistificadas de los principios esenciales del liberalismo clásico o radical, tal como lo podemos encontrar propuesto en las obras de Locke, Montesquieu o Burlamaqui –entre muchos otros– y aplicado con mayor o menor fidelidad en los países del norte de Europa y al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos. En España, la soberanía no corresponde solo a la nación, sino que se comparte con la Corona, que goza de un papel exorbitante en el gobierno hasta el exilio de Alfonso XIII; se reconoce el derecho de sufragio, pero fuertemente limitado por requisitos sociales, profesionales o económicos –censitario–, con lo que se reserva a una minoría de la población masculina; la representación política corresponde así a una reducida élite nucleada en torno a unos partidos típicamente de cuadros, sin militantes, que llegan incluso a denominarse dinásticos y que se configuran como meros mecanismos para ganar las elecciones y gobernar; se establece una separación de poderes formal, pues en la práctica el Ejecutivo somete a los otros dos mediante mecanismos viciados: elecciones amañadas que designan un Parlamento dócil al partido en el Gobierno a través del pucherazo de turno, y la selección de los jueces por el ministro de Gracia y Justicia, que escoge a los más proclives al poder. No hay propiamente una cultura de los derechos humanos, simplemente porque es imposible: ni se ha elaborado por los juristas o por las Universidades, ni es estimada por la clase política, ni es conocida por la mayor parte de la sociedad –como si fuese un arcano, vaya–. De este modo, las partes dogmáticas de nuestras Constituciones se elaboran sobre una concepción estatalista de los derechos: éstos son los que el Estado reconoce y concede –no son previos ni autónomos–, y la regulación de su ejercicio se defiere a leyes ordinarias y hasta a reglamentos. El contenido es, en ocasiones, bien pobre –Constituciones de 1837 y 1845–, y en otras, como en la de 1876, tramposo.

Se construyó así una monarquía pseudoparlamentaria, una falsa democracia de baja intensidad y menor calidad, y un presunto Estado de derecho en el que éste se hallaba al servicio de las clases rectoras. Cronistas certeros no le han faltado, desde Galdós a Baroja, pasando por Barea. Y es verdad que hubo algunos intentos de superar esa situación y acercarnos al patrón europeo, señaladamente en 1868 y 1931, ambos rematados con la instauración de sendas repúblicas. Pero en los dos casos, las fuerzas de siempre, amparadas también como siempre en el ejército, dieron al traste con el esfuerzo modernizador y reclamaron el monopolio de un poder en el que estaban permanentemente instaladas.

El aislamiento exterior que preconizaron aquellos Gobiernos, y que fue el santo y seña de la diplomacia española durante siglo y medio, contribuyeron igualmente a acuñar un nuevo “pecadillo de España”, es decir, un país aparentemente incluido en el escenario europeo, pero atrasado, pobre e incapaz de desarrollar un régimen político homologable al de las naciones de su entorno, en buena medida porque no podía creer en él. Si el pasado plurirreligioso dificultó la inclusión de la Monarquía Hispánica en el concierto de las naciones cristianas, el pasado político de la España contemporánea le impedía hacer lo propio en la Europa de los imperios.

El programa de gobierno de la II República trató de recoger lo mejor de las ideas expresadas hasta aquella fecha para la regeneración del país. Se buscaba sacarlo del atraso secular en todos los ámbitos –social, económico, cultural y científico, etc.–, modernizar y democratizar sus estructuras de poder y superar, de una vez por todas, el lastre del moderantismo. La parte dogmática de la Constitución incluía por vez primera derechos sociales. Un Estado social de derecho, una república democrática de trabajadores de todas clases… Aquel proyecto fue truncado por los de siempre, por aquellos que venían detentando el poder en España durante más de un siglo, mediante el mecanismo habitual: el golpe de Estado. La guerra que siguió a la rebelión militar hundió al país en el peor de sus abismos y lo condujo a una cuarta división en el concierto de las naciones de su tiempo.

La dictadura franquista congeló a una sociedad ya de por sí atrasada, y en algunos aspectos la devolvió a la Edad Media. Se impuso un relato homogéneo en las ciencias sociales y humanas, y se acalló la disidencia con los métodos más diversos. Se demonizó la política y se buscó, conscientemente, educar un tipo de ciudadano competente en lo profesional pero con mentalidad de vasallo en sus relaciones con el Estado. Una buena muestra literaria la constituye aquel sobrino que conduce en su coche a Max Aub a las gestiones para tratar de recuperar los libros que constituyeron su biblioteca y que estaban depositados en la de la Universidad de Valencia. Fastidiado por lo que juzga una pérdida de tiempo y por la actitud de su tío, que parece tratar de remover un pasado para él remoto y deliberadamente ignorado, acaba enfrentándose a él con dureza:

―“Lo que sucede es que aquí estás buscando lo que no hallarás nunca. Ni tú ni nadie.

―¿Qué?

―El tiempo pasado. Tu juventud. Ahora es la nuestra”.

Es un precursor del discurso, tan actual, sobre lo innecesario y hasta contraproducente que resulta remover el pasado. La suya era una generación conformista e identificada con el sistema en su mayoría –también están los que militan en la oposición activa al régimen, no lo olvido–, ahormada por un sistema educativo bastante más interesado en que aprendan los productos minerometalúrgicos del Turquestán chino o a cuantificar el calor que desprende un objeto móvil cuando desciende por una rampa, antes que los sistemas políticos de otros países o cómo es la sociedad en que viven. En un contexto así, el “pecadillo español” se acrecienta y consolida. Europa empieza en los Pirineos y el país queda más aislado –políticamente hablando– que nunca.

Difícilmente puede un país tan convulso y tan castigado disipar sus fantasmas y recobrar una cierta normalidad. La Transición fue una buena oportunidad, y el país la aprovechó parcialmente. Hace poco, el periodista Pedro Vallín recordaba que la Transición fue un pacto, no un consenso. En un pacto, las partes que intervienen renuncian a algo para alcanzar el acuerdo; el consenso, sin embargo, requiere el esfuerzo previo de alcanzar una posición común en la que las partes convergen. El consenso puede tener una vigencia intemporal conforme se sumen más partes –o ciudadanos–. Sin embargo, el pacto la tiene limitada a las que intervienen en él, y se explica entre ellas, por lo que pierde vigor con el paso del tiempo. En la Transición, los que habían detentado el poder durante el franquismo –y antes, claro– renunciaron a su monopolio y aceptaron dirimirlo en elecciones libres (aun cuando con un sistema electoral más cercano a sus intereses y conservando una influencia neta en el poder judicial).

A cambio, la oposición democrática renunció a la revolución, a juzgar las responsabilidades derivadas de la dictadura y a poner en valor la República traicionada, aceptando algo tan exorbitante como la Ley de Amnistía de 1977. Por eso se dice que la Transición fue en realidad un pacto por el olvido, un olvido que permanece aun en nuestros días. Y por eso es tan difícil explicarla a los más jóvenes: ellos no fueron parte del pacto, no entienden los condicionantes de la época y no se sienten obligados por ellos. Y tienen buena parte de razón. La monarquía, por ejemplo, fue una de las condiciones del pacto; por eso se ve ahora cuestionada, y más cuando quienes ocupan la jefatura del Estado se comportan de manera nada ejemplar. A lo mejor hay que explicarle esto a esos políticos clásicos de aquella época que, como Alfonso Guerra, pasan el día dando lecciones de democracia y explicando lo bien que se hizo todo a partir de 1976, sin percibir que solo los de su edad –y no todos– les compran el relato, y cada vez son menos…

La Constitución fue el fruto más importante de aquel pacto, con sus virtudes y sus defectos. Lo que ocurre es que, cuarenta y tantos años más tarde, perdido aquel contexto histórico y en una sociedad muy distinta de la que alumbró el código de 1978, los segundos tienden a verse más que las primeras. Y, al ser el resultado de un pacto, los que no participamos en él –y me incluyo, como más de la mitad de la población española–, más allá de cumplir con sus mandatos y respetarla razonablemente, nos acercamos a ella con una visión distinta, sin prejuicios ni condicionamientos históricos. Tejero nos queda muy lejos… Que la política española no sabe de consensos, y sí de pactos, lo demuestra la incapacidad absoluta y completa para reformar el texto constitucional. Es un mal que viene de lejos: desde 1812 este país no ha hecho ni una sola modificación de calado en una Constitución; y no será porque no las ha habido… Pero ahora mismo, los que se aferran al texto incólume de 1978 no necesitan nada de los que sí querríamos cambiarlo y actualizarlo, por lo que la posibilidad de un pacto sigue desvanecida. Enhorabuena: las personas con diversidad funcional seguirán siendo “disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos”; menos mal que no los llamaron subnormales o deficientes, términos también vigentes en el pleistoceno de las ciencias sociales…

Decía antes que el franquismo contribuyó a hacer casi imposible la eliminación del “pecadillo” que nos sigue persiguiendo desde los tiempos de Cádiz. Son muchos los aspectos afectados por tendencias y usos que la España del dictador acuñó con sello de hierro. El discurso historiográfico es uno de ellos. Todavía hoy resulta exótico explicar nombres como los de Abulcasis, Ibn Hazm, Averroes, Ibn Arabi, Maimónides o Ibn al-Abbar, así como la espléndida cultura y la sociedad en la que se desenvolvieron durante siglos en la Península. A Franco y sus panegiristas les molestaba recordar que el Islam estuvo presente aquí durante muchos siglos. Pero, a día de hoy, su presencia en libros y manuales sigue siendo muy reducida respecto al relieve y la extensión del periodo histórico… Por cierto, los detractores de la descentralización política de nuestro país, herederos muchos de ellos de antiguos gerifaltes franquistas, siguen utilizando el término “reinos de taifas” para referirse peyorativamente a las comunidades autónomas, ignorando que la mayor parte de aquellos poetas, matemáticos y científicos andalusíes encontraron allí su escenario vital. También ignoran que muchos de ellos tuvieron que marchar al exilio tras la conquista –que no “reconquista”– cristiana, inaugurando una larga y nefasta tradición hispana de expulsiones y exilios forzados. Pero es que, en general, lo ignoran todo…

Más doloroso resulta que la ideología y las consignas creadas por la Dictadura continúen infectando el relato histórico sobre la II República y la guerra civil. Los manuales siguen hablando de “alzamiento”, de “inevitable guerra fratricida”, o aun refieren el cuento de la muerte de Calvo Sotelo como causa inmediata de la sublevación, que se vende como ineludible al ser una reacción contra un supuesto caos imperante… No hay que olvidar que quienes sostuvieron al régimen de Franco en sus últimos años estuvieron entre quienes pilotaron también la transición a la democracia, e impusieron ese relato equidistante que repartía responsabilidades por igual entre un Gobierno legítimo y constitucional, y otro surgido de una rebelión militar y un golpe violento contra la legitimidad democrática. Los estudios e investigaciones que salían de las Universidades y que demostraban la enormidad de la represión franquista no parecían calar en los manuales de secundaria y bachillerato (unos manuales, por cierto, que tergiversan y manipulan la historia no solo en las comunidades autónomas con gobiernos nacionalistas, sino también en las grandes editoriales con sede en Madrid, como demuestran los estudios de Jorge Saiz Serrano). Por mi parte, puedo atestiguar los enormes obstáculos que tuvimos que vencer los historiadores para poder acceder a los archivos con testimonios de la guerra, en algunos casos 70 años después de acabada ésta… Algunos casos, como los de la documentación conservada en los archivos de Capitanías y Comandancias Militares, han sido escandalosos, más propios de países tercermundistas donde el ejército no tiene la conciencia de ser un servicio público sometido al imperio de la ley. Pero, claro, ¿qué nos cabe esperar en un país que tiene una Ley sobre Secretos Oficiales de 1968 que carece de plazos para desclasificar los documentos correspondientes y vulnera derechos fundamentales con el mayor de los desparpajos? La sombra del franquismo, tan alargada, se extiende por todas partes…

Ello repercutió en la paupérrima política de reconciliación, resarcimiento y memoria –para qué hablar de “justicia transicional”– que el Estado español llevó adelante desde 1975: hasta 2007 (¡32 años después de la muerte de Franco!) no encontramos un primer intento, fallido por cierto, de hacer desde la ley una política de la memoria en nuestro país. ¿Cuántas veces no ha sido amonestada España por estas razones, y por la nefasta Ley de Amnistía de 1977? Puede entenderse una cierta prudencia en los primeros años, pero, ¿qué impidió al Gobierno socialista de Felipe González avanzar con decisión en esta materia, cuando exiliados y represaliados aun estaban vivos? Hace apenas dos meses, toda una vicepresidenta del Gobierno actual anunciaba que la nueva ley sobre memoria histórica que se presentará próximamente en el Congreso “saldará la deuda pendiente con el exilio republicano”. Una noticia como ésta produce un intenso sonrojo y una sensación no menor de vergüenza ajena si tenemos en cuenta que los últimos exiliados salieron de España en marzo… de 1939, hace más de 80 años, y cuando la totalidad de ellos ya han muerto. Menos mal que las Universidades y algunas asociaciones han hecho el trabajo de estudiar –con fondos bien reducidos, por cierto– y poner en valor su legado y el tremendo agujero que su marcha produjo en nuestro país. Otra cosa es que nuestras autoridades, consciente o inconscientemente, no se hayan enterado. También aquí el dictador sigue teniéndolo todo atado y bien atado…

La visión de la política como un oficio ruin al que se dedican aprovechados y aventureros que solo buscan el medro personal y el lucro contante y sonante es igualmente una de nuestras herencias de la dictadura. Aquel “Haga usted como yo, no se meta en política” que le espetó Franco al director del diario Arriba sigue pesando como una losa y se traduce en una falta de cultura política espantosa en buena parte de la población española (que, todo sea dicho de paso, aun piensa que el general, sus militares y ministros no hacían política, como si la dictadura no fuera una forma más –pésima– de política). Uno de los resultados es esa confusión, tan nuestra, entre el liberalismo político y el económico, de manera que resulta que nuestros mayores liberales son habitualmente personajes de extrema derecha que en realidad abominan de los principios del liberalismo político radical. Todavía hoy, en España, cuando alguien manifiesta su intención, y su vocación, de dedicarse a la gestión pública, formándose incluso para ello a nivel universitario, o se integra en un partido político, es mirado con esa suspicacia socarrona y paleta, tan típicamente española, del que para sus adentros piensa “tú lo que quieres es forrarte”. Lo que no piensa es que, muy posiblemente, los abundantes casos de corrupción que han azotado a nuestro país durante el periodo democrático se deben a esa falta de cultura política que vengo denunciando, y a la confusión entre los intereses personales o privados y los públicos que a menudo ponen de manifiesto, porque nadie ha dedicado un rato a explicar qué es y en qué consiste el interés público.

La falta de formación política, jurídica y social se encuentra también en la base de la carencia de una verdadera cultura de los derechos. Este es un déficit plurisecular que nos aleja de nuestros conciudadanos europeos, para los que ese pasado dictatorial sigue siendo un lastre a la hora de vivir en democracia. La gente confunde –a veces interesadamente– la libertad como derecho fundamental con el libertinaje de hacer lo que a uno le dé la gana, como tanto estamos viendo en estos días de pandemia. ¡Habeas Corpus! Pero eso no evita que se pontifique en las redes sociales con las ideas más peregrinas, que se exponen con la misma solvencia y contundencia con que lo haría un John Rawls… Y prueba a disentir, que la misma autoridad parece tener un catedrático dedicado a estudiar estos problemas durante décadas que un ignaro formado en esa nueva escuela del saber que es Twitter… No me extiendo ya con la escasa formación sobre la materia de nuestros más altos jueces, y que es la razón por la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos nos saca los colores periódicamente, como recuerda una monografía recientemente publicada por el profesor Ricardo Juan. En estas cuestiones, los pleiteantes comienzan su largo periplo pensando ya en Estrasburgo, lo que es un hecho terrible a los ojos de un alemán, por ejemplo. Me consta personalmente la extrañeza de funcionarios y magistrados europeos radicados en Bruselas acerca de la forma en que en España se abordan los problemas relacionados con las libertades o derechos de expresión, de manifestación o de asociación. Nos quedan muchos años para asumir e integrar comme il faut los estándares continentales sobre estas materias.

Sin embargo, no hay que asustarse demasiado. Porque todos estos problemas, estas cuestiones, tienen solución. Y no es otra que la educación, la formación, el aprendizaje si se quiere. Pero para ello hay que liberarse de otro de los lastres que nos ha legado el franquismo, el que he dejado para el final. Si analizamos sin excesiva pasión los planes de estudios de la educación secundaria y del bachillerato en nuestro país, comprobaremos que sigue habiendo una auténtica indigestión de contenidos tocantes a las ciencias experimentales (física, química, matemáticas, ciencias naturales…), mientras que humanidades y ciencias sociales se explican siempre en combinaciones a menudo raras, contra natura, y a niveles tan básicos que asustan. El resultado final es que un estudiante de ciencias experimentales abandona el bachillerato sabiendo cálculo matricial y resolviendo ecuaciones de Schrödinger, mientras que el de los otros bachilleratos egresa con una tintura confusa de diversos conocimientos que apenas le aprovechan después. A veces tengo que explicar que, en Derecho, un equivalente aceptable a los sistemas de Schrödinger –o al principio de indeterminación de Heisenberg– sería conocer el principio de irretroactividad de la ley penal desfavorable. Sin embargo, un bachiller en sociales y humanidades no sabe ni siquiera qué es el Derecho (el equivalente en Matemáticas sería saber sumar o restar).

Los planes de estudios del franquismo cargaron la mano en el apartado de las ciencias experimentales, y limitaron las humanidades a la memorización de los contenidos recogidos en los infames manuales de la época. Las primeras no permitían debates ni disensiones: a2 + b2= c2, ácido + base = sal + agua, y punto. Conforman un tipo de mentalidad como la del sobrino de Max Aub, que había estudiado una ingeniería. En cuanto a las otras, a ver quién se atrevía a discutir la autoridad del profesor o del manual cuando afirmaban que la guerra civil fue una cruzada… Las ciencias sociales se redujeron a la celebrada asignatura de “Formación del espíritu nacional”, frustrado intento del régimen para adoctrinar a los estudiantes de la época y que se acabó convirtiendo en una “maría” ideal para aprobar sin dar golpe. Por supuesto, nada de sociología, de antropología, de derecho o de economía, no fuese a ser que estos mismos alumnos se pusiesen a pensar y a razonar sobre la sociedad en que vivían y terminasen atando cabos… En humanidades, mucho latín y griego, y poco Cicerón y Tucídides, cuando el tiempo en que vivimos seguramente recomienda lo contrario.

Esto puede entenderse durante la vigencia de un régimen dictatorial. Pero ahora mismo ya es insostenible. La diferencia entre los planes de estudios de la Ley Villar y los actuales estriba, sobre todo, en las didácticas y en la exigencia de contenidos. Las ciencias sociales siguen ausentes, con una excepción: las asignaturas de contenido económico en el bachillerato. El derecho, y los derechos, también están ausentes. Hace poco una abogada de Murcia contaba que, con algunos compañeros, recorrían los institutos de la comunidad autónoma dando charlas sobre los derechos fundamentales; los alumnos descubrían así un mundo que intuían, pero del que nadie les había dado noticia. Cuando les preguntaban que dónde denunciarían una violación de estos derechos que les afectase a ellos, casi todos respondieron sin dudar: “En la televisión”. En fin: hemos delegado en Netflix un aspecto esencial en la formación de los futuros ciudadanos de este país. No es el único caso cómico: hace un par de años se efectuó una encuesta entre alumnos de educación secundaria en que se les preguntaba, entre otras cosas, que qué era la Constitución. La mayoría (más de la mitad) contestó que era “un día de fiesta” o “un puente festivo”. Y recuerdo aquí solo algunos de los términos jurídicos que la pandemia ha puesto de moda: estado de alarma, ERTE, permiso retribuido, habeas corpus, testamento vital, eutanasia, derecho de reunión y de manifestación, delitos de odio y desobediencia, suspensión de plazos… Como este tipo de cosas jamás se han visto en escuelas, institutos y colegios, los expertos más variopintos (incluso los epidemiólogos) han podido dar su opinión y explicar (un eufemismo, en muchos casos) qué era toda esta selva de cuestiones y problemas sociales nacidos al socaire de una pandemia vírica.

A nuestra clase política no se le cae de la boca la palabra “Constitución”, que es, al parecer, la panacea para todos nuestros males; pero luego no se molestan en incluir una materia que la exponga en sus contenidos y en sus repercusiones. ¿Cómo se explica esto? Tampoco se enseña con propiedad la estructura política e institucional de nuestro país: la Constitución, los poderes, los partidos políticos, la organización territorial, qué es la Administración o el “Gobierno de España” ése que sale en los anuncios… Nuestras autoridades parecen conformarse con una lección al final de algún temario abigarrado de historia contemporánea de España (que a menudo ni se explica, por ser la última) o de esas “ciencias sociales” que empaquetan conjuntamente a Chindasvinto con los ríos del país, su orografía y su clima, y una referencia en nota al pie sobre el desarrollismo de los años 60. Además, se confiere la explicación de estos contenidos tan someros a profesorado que no está adecuadamente preparado para impartirlos. Sólo hay que ver, en mi propia Universitat, en qué consiste la asignatura “didáctica de las ciencias sociales” y qué materias abarca. Desde luego, ni derecho, ni política, ni sociología, ni antropología… La mitad es historia, disciplina que la propia institución no duda en situar dentro de la oferta de grados… en Humanidades. Valga, pues, como muestra de la confusión y pobreza de contenidos que siguen campando a sus anchas en nuestros planes de estudios y que, desde luego, no se aceptarían en modo alguno en los currículos de ciencias experimentales o de la salud.

Estos planes, pues, siguen teniendo una materia pendiente, que no es otra que la de formar ciudadanos responsables y conscientes. Y para ello hay vías y soluciones. En el Bachillerato debería incluirse al menos una asignatura de modalidad sobre Constitución y derechos humanos; y si se incluyese otra sobre la estructura del Estado (poder legislativo, ejecutivo y judicial y sus instituciones; Estado central, comunidades autónomas y ayuntamientos; cogobernanza; Jefatura del Estado; política exterior; etc.), estaríamos proporcionando una guía para entender (y criticar) lo que están viendo a todas horas en los medios de comunicación y en las redes sociales. Lo que se pide no es exorbitante; al fin y al cabo, ya hay una asignatura que explica todo esto… en relación con una empresa. Si nos parece más importante saber cómo funciona una empresa que entender cómo lo hace el Estado, dígase en voz alta y evítesenos más esfuerzo. Reconoceremos el triunfo del franquismo ideológico y del pseudoliberalismo económico, y nos dedicaremos a otras tareas… Mientras, nuestros conciudadanos seguirán pensando que las leyes han de obedecerse y respetarse en función de si es el partido al que votan el que las ha promulgado, o no. Y si no lo es, se demonizan y se hacen opinables y optativas según la conveniencia personal.

La pandemia ha demostrado que el gran fracaso de nuestro país ha radicado en la gestión social de la crisis. El enfoque únicamente sanitario y epidemiológico, unido al represivo durante el confinamiento obligatorio, ha sido el caldo de cultivo perfecto para la explosión de contagios que estamos viviendo y para el comportamiento incívico de una parte significativa de nuestra sociedad. Se han creado comités de expertos repletos de médicos y enfermeros, pero sin juristas, sociólogos o politólogos. El resultado es que no se ha sabido hacer frente al movimiento negacionista (más allá de la vía coercitiva), en buena medida porque no se ha sabido organizar de forma eficaz la comunicación científica; tampoco ha sido posible convencer a la población de los requerimientos sociales de la lucha contra la pandemia (distanciamiento, uso de mascarillas, higiene colectiva, evitación de reuniones familiares y sociales, disminución del ocio a límites admisibles…); no hemos llegado a los jóvenes, porque nadie se ha planteado cómo hacerlo, más allá de un prestigioso epidemiólogo que pedía a través de las pantallas la ayuda de los influencers (alguno de los cuales había recomendado en días anteriores beber agua caliente o respirar más despacio para eliminar el virus); etc. La reflexión reciente que hacía en La Vanguardia Carles Feixa, profesor de Antropología en la Universitat Pompeu Fabra y especialista en culturas juveniles, va en esa dirección: es necesario un análisis social, y no solo el que hace lo que él llama “el gran hermano sanitario”; así, al moralismo religioso le habría sucedido una ideología higienista de control del cuerpo marcada por planteamientos médicos y sanitarios. Se puede estar más o menos de acuerdo, pero este análisis es tan necesario como el otro.

Mientras tanto, el resultado de la perspectiva higienista lo tenemos en las portadas de los periódicos y los telediarios: fiestas raves e ilegales (más de 100 en Madrid en una sola noche); macrobrotes –de los más grandes de Europa– protagonizados por jóvenes en colegios mayores y residencias por acudir a esas mismas fiestas terrazas de bares atestadas de gente sin medidas de protección; hordas de energúmenos enfrentándose a la policía en Burgos, Barcelona o Valencia; y un grupo de políticos de medio pelo, encabezado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, acusando al Gobierno de franquista y liberticida por confinar a la población. Mientras tanto, todas las estadísticas subiendo en flecha y los hospitales, otra vez al borde de la saturación. La relajación y el egoísmo social están en la base de nuestro récord europeo de contagios, junto con otros factores que no olvido, como el de la pobreza, que también es social; si eso no se combate, ni un millón de rastreadores o de médicos de atención primaria serán suficientes para atajarlo. Pero si nunca se les ha explicado a nuestros conciudadanos lo que es la sociedad, su sentido comunitario, cómo afectan nuestras acciones a los demás y los límites de nuestros derechos a ese respecto, ¿qué esperábamos? Ya sabemos que el individualismo es una de las bases de nuestro comportamiento social, frente al agere comunitario o colectivo de los países orientales; mas si no se educa y se corrige en sus aspectos más extremos, el individualismo se convierte en un egoísmo feroz rayano en el autismo. Una parte, por suerte minoritaria, de nuestros jóvenes ha dado buena muestra de ese comportamiento salvaje: sabiéndose poco o nada vulnerables ante el virus, desafían las prohibiciones con el sorprendente argumento de que queremos robarles su juventud y el derecho a divertirse. No entienden nada, no son capaces de percibir las posibles consecuencias inmediatas y sucesivas de sus actos: el contagio de un familiar que sí es vulnerable, por ejemplo.

Más de uno ha recordado en las Universidades lo poco que invierte nuestro país en la investigación y formación en ciencias sociales. Si no educamos ciudadanos en las aulas, ¿cómo les vamos a exigir luego que se comporten como tales? En vano reclamará el profesor Javier de Lucas, recordando a Cicerón y con toda lógica, que la salud del pueblo debe ser el primer imperativo y la guía de las decisiones políticas (“salus populi suprema lex esto”), si no explicamos primero qué cabe entender por “salus populi” y su importancia en el seno de una sociedad moderna. Y si nos rendimos a las primeras de cambio cuando los mismos herederos del franquismo ideológico nos acusen de querer adoctrinar con esta clase de materias, ¿cómo vamos a decir que trabajamos por un país mejor? El profesor Jacobo Dopico recordaba hace poco que adoctrinar es, precisamente, no proporcionar formación sobre la Constitución o los derechos fundamentales en los niveles de formación no universitaria…

En fin, en la mano de nuestras autoridades está el cambiar el signo de nuestras pautas y de nuestras políticas educativas. Y si no se hace nada, perfecto. El dictador nos sonreirá y nos guiñará un ojo desde el lugar donde ahora descansa (y rige parte de nuestro destino) eternamente; sus herederos dormirán más tranquilos sabiendo que el rebaño está a salvo de inquietudes y que puede seguir balando a gusto; y, cada vez que hablemos de la democracia en España, nuestros colegas europeos seguirán esbozando una sonrisa comprensiva mientras se acuerdan del pecadillo español.

* Este artículo ha sido publicado en una versión reducida por la Revista tintaLibre núm.85, de este mes de noviembre de 2020.

Ilustraciones: 1. La Santísima Trinidad: Corrado Giaquinto, 1754. 2. Escena de Inquisición: Goya, 1808-12. 3. Caricatura de la revista La Flaca sobre el fraude electoral en la Restauración. 4. La escuela, luz de la república (Museo de la Memoria – Ayto de Altura). 5. Miniatura del Códice de “Al-Tarisf” describiendo la utilización del cauterio. 6. Portada del Diario16. 7. Del libro Alicante: la guerra ha terminado. Ed. Media Vaca, 2019. Foto de José María Azkárraga. 8. Exposición La escuela en blanco y negro, Altura 2020. Foto de Fernando Flores. 9. Constitución española. Foto F. Flores. 10. Publicación del artículo en tintaLibre.

 

Comisiones de la verdad, versión española

Carlos Penedo *

En el paso de un régimen autoritario a una democracia, de una situación de violencia y represión a un Estado de Derecho, que resulta tremendamente complicado en cualquier geografía, algunos países deciden mirarse en el espejo como paso necesario para recuperar su dignidad.

Ésta es una fase que España ha vivido y se ha dado en llamar Transición (1975-1982, plazo más prolongado en muchos ámbitos, como el militar), con mayúscula inicial crecida en proporción directa a la idealización que siempre genera el paso de los años y el recuerdo de los logros de la primera madurez de sus protagonistas.

Lo difícil de ese primer recorrido -periodos de cambio político, como el fin de un régimen autoritario o la resolución de un conflicto armado- otorga un especial valor a las iniciativas de reconocimiento a las víctimas y análisis de la represión, que incluyen comisiones de la verdad como un elemento de lo que se ha dado en llamar justicia transicional -extraño nombre, probable traducción directa del inglés, en español son escasos los adjetivos acabados en ele, como peatonal y precisamente español-.

Estas comisiones de la verdad han surgido en un número mucho mayor de lo comúnmente conocido -alrededor de 40 registradas desde los años setenta-, que contrastan con la escasa presencia que merecen en medios de comunicación, siempre más generosos con la violencia que con su desactivación, desde Argentina en los primeros ochenta, la Sudáfrica de los primeros noventa, y tres casos que revisten un interés especial por su cercanía temporal, geográfica y/o sentimental para un observador español: Marruecos con el cambio de siglo y en la actualidad Túnez y Colombia. Sigue leyendo

La doble vida de la Ley de Amnistía

Pepe Reig Cruañes

¿Quién le iba a decir a la famosa Ley de Amnistía que viviría, 40 años después, un renacimiento de su fama como el que ahora contemplamos? Lo que entonces nos parecía la fuerza imparable de la razón, se nos muestra ahora como el truco final e inapelable de la fuerza. La puerta cerrada a cal y canto. Misterios de las cosas hechas a medias, o sea, de casi todo lo que hacemos por aquí, al parecer.

Izquierda Unida ha presentado una proposición de ley para derogar la Ley de Amnistía, una norma que su partido matriz, el PCE, impulsó en su día más que nadie. El propósito explícito es superar “40 años de franquismo y otros 40 años de impunidad garantizada”. En esto de la derogación IU ha cambiado de postura, porque en 2010 lo que pedía era una reforma de la Ley, para recordar que los delitos de lesa humanidad no prescriben e impedir su utilización como “ley de punto final”.

Esa iniciativa conecta bien con la nueva sensibilidad pública hacia los derechos de las víctimas del franquismo, que desde mediados de los noventa no ha hecho más que extenderse, y también con la desafección creciente hacia el “régimen” de la transición, visto ahora como culpable de todas las disfunciones que la crisis puso dramáticamente de relieve. El ataque a aquella Ley se justifica por el uso y abuso que de ella vienen haciendo quienes se oponen al esclarecimiento de los crímenes del franquismo, al levantamiento de las fosas y al relato de la naturaleza criminal de aquel régimen. A la cabeza de todos ellos el juez ultraconservador Adolfo Prego, ponente que fue de la causa contra Baltasar Garzón, a quien acusó de ignorar la Ley de Amnistía cuando pretendió investigar la desaparición forzada de más de cien mil personas. Sigue leyendo

Sin Justicia no hay transición: el caso jesuitas de El Salvador

Almudena Bernabeu

Desde que se abrió una investigación en la Audiencia Nacional de España en noviembre de 2008 por el asesinato de dos mujeres, Elba y Celina Ramos y seis sacerdotes en la Universidad Centro Americana José Simeón Cañas en El Salvador, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, algunas voces, todas ellas circunscritas a El Salvador, se han pronunciado en contra de este proceso.

Indirecta e irónicamente, con sus alegatos de estupor y crítica dotan a esta causa abierta en Madrid de un poder obstaculizador y sustancial para lo que ellos llaman la estabilidad nacional y la democracia de El Salvador. De pronto, un proceso penal al amparo de nuestra moribunda Ley de Justicia Universal se convierte en el único y a todas luces más poderoso obstáculo de futuro para el país; no así el poder enquistado en los mismos de siempre, o la falta de legitimidad de sus líderes políticos, su sumisión económica o la violencia endémica, todos ellos problemas graves y estructurales de El Salvador. Al parecer, de todo ello, el peligro más grande y más grave es sin duda investigar y perseguir penalmente a los asesinos de mujeres indefensas y sacerdotes. Sigue leyendo

Secretos y mentiras. El caso Víctor Jara

Almudena Bernabeu

Los regímenes dictatoriales no se establecen con vocación de agotarse. Esencial a esa irregular concentración de poder es la arrogancia para mantenerlo y una interesante capacidad de denegar que habrá un futuro, un después de tanto poder.

Como consecuencia de ello, es pertinente observar cómo los diferentes actores sociales propios de este tipo de regímenes (fuerzas armadas, servicios de inteligencia, iglesias, empresarios, medios de comunicación), ponen en marcha, tras el agotamiento real o aparente de esa dictadura, lo que a efectos de hacerme entender en este artículo llamaré (coloquialmente hablando, claro) secretos y mentiras. Nunca pensaron que tendrían que ocultarlo. A la brutal y soez aplicación de sus políticas de Estado (miedo, represión, torturas, ejecuciones sumarias, desapariciones), y con el ánimo –presumo– de perpetuarlas (ya no abiertamente, pues su poder se ha debilitado) se une la persistencia en negar lo que ocurrió, y ocultar las circunstancias de lo ocurrido. Es decir, como nunca pensaron que hubiera que ocultarlo o maquillarlo, hoy simplemente lo niegan. Pasados tantos años mienten o se niegan a hablar, boicoteando a diario la sociedad en que viven. A la deshumanización de la violencia que infligieron se une ahora la que acarrea la negación de lo hecho. Y me pregunto: ¿Dónde están los límites de la deshumanización? ¿No fue suficiente el dolor causado? ¿Hay que negarlo, sin ningún matiz? ¿A qué le tienen miedo? Sigue leyendo

La memoria también es un derecho. Las invisibles constituyentes y el derecho a recordar

Pepe Reig Cruañes

«Yo no podía ser testigo de la historia, sino protagonista de ella»

Asunción Cruañes

 

La maduración de las sociedades democráticas sólo puede darse a través de un permanente proceso de ampliación de derechos. Se sabe, ahora quizá más que nunca, que es un camino lleno de altibajos y reveses. Y se sabe también que en ese proceso la iniciativa corresponde a unas sociedades civiles vivas y organizadas que desarrollan una cultura cívica cada vez más exigente en cuanto al ámbito de aplicación de esos derechos. La salud, la educación, la privacidad, la seguridad jurídica, no fueron siempre derechos universales ni siquiera sobre el papel.  Ciudadanos y ciudadanas en acción los acuñaron y luego los extendieron a capas cada vez más amplias de la población. Y aún procuran que no se les escamoteen en cada crisis.

Lo mismo ocurre con una clase de “nuevos derechos” como la identidad sexual, la calidad ambiental o la memoria histórica. Derechos que han pasado de reivindicación más o menos aislada a convencimiento cada vez más general. En el año 2008, a pocos meses de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, el CIS preguntó a los españoles si les parecía bien esa Ley y si era una medida necesaria y suficiente. La respuesta puede sorprender cuando llevamos tanto tiempo oyendo a la derecha argüir que esa no es una demanda social:  conocida por un 62%, más de la mitad tenían una buena o muy buena opinión de ella, frente a un 15% que la veía mal o muy mal. La cosa pintaba distinto cuando se preguntaba si debían investigarse las violaciones de los derechos humanos durante la guerra civil (si: 38,9%, no: 44,8%) y durante el franquismo (No: 42,2%; sí: 40,8%).

1.manif

El franquismo ocultó sus crímenes y la democracia no ha hecho mucho por desvelarlos, desatendiendo así a las víctimas. Aunque el derecho de éstas a saber encaja como un guante en el que la sociedad tiene a la memoria, aún pesa el velo de silencio. La resistencia del sistema judicial y del político tiene su correlato en ese 42% de españoles que no quería investigar las violaciones de derechos durante el franquismo. Aunque ese porcentaje puede haber mejorado desde entonces, parece que esta sección de la memoria que podríamos llamar del “reproche”, no tiene aún suficientes partidarios.

Si se entiende bien la dificultad intrínseca de reconstruir ésta, no se entiende tanto que el velo también envuelva la “otra” memoria, la que no contiene reproches sino actos meritorios. La memoria de la transición sigue aún aquejada de varios sesgos omnipresentes: por un lado el relato “consensual” que los medios –no los historiadores- han canonizado tiende a borrar el rastro de lo conflictual. Así, se han difuminado las tensiones, atentados, abusos represivos, ruidos de sables y presiones ilícitas que rodearon todo el proceso. Por otro lado, la hegemonía de aquel proceso transitorio, que nunca perdieron las clases dominantes del franquismo, ha determinado también la difuminación deliberada de todo protagonismo social: ni el movimiento obrero que levantó huelgas generales cuando estaban prohibidas; ni los movimientos vecinales que deslegitimaron el urbanismo salvaje del franquismo y se unieron a la marcha democrática; ni la agitación universitaria que desde el 56 cambió la mentalidad de las clases medias; ni las protestas “profesionales” de abogados, artistas, economistas o funcionarios. Tampoco los partidos comprometidos en la lucha democrática, los de izquierda y especialmente los comunistas, salen en la foto. El mérito se ha reservado exclusivamente a las elites y los personajes que convienen al relato oficial: Suárez, el rey, la Iglesia y las Fuerzas Armadas.

2. ellos

Pero, si bien se mira, ese oscurecimiento de una parte de la realidad palidece ante otro de dimensiones numéricas aún mayores: la invisibilización sistemática de la mitad femenina de todos aquellos protagonismos ocultos en la marcha hacia la democracia. Para ellas la invisibilidad era doble. La aportación de las mujeres en los movimientos democráticos y en el feminismo no sólo no se ha contado, es que tampoco se ha colado en el “recuerdo” de la transición. Las mujeres y sus organizaciones llegaron a estar en el núcleo mismo de la tan glorificada transición, pero cuando el CIS pregunta por el recuerdo de los protagonistas, no aparecen junto a Suárez , el Rey, la prensa o los partidos democráticos. Y sin embargo, allí estaban.

3.constituyentes

Esa es la doble injusticia que ha querido reparar Oliva Acosta al acercarnos el rostro y la palabra de estas mujeres que nadie recuerda aunque fueron “madres de la Constitución”. La película LAS CONSTITUYENTES se inspiró en un libro-homenaje a las primeras diputadas y senadoras de nuestra democracia que encargó la vicepresidenta Fernández de la Vega a la Red de Mujeres Constitucionalistas y dirigió la profesora Julia Sevilla. Producida por Olivavá Producciones y Canal Sur Televisión, se estrenó en 2012 y acaba de salir en DVD. La película documental de Oliva Acosta lleva la investigación sobre aquellas notables mujeres hasta un plano de proximidad y reivindicación que vuelve el relato emocionante.

Las 27 mujeres (6 senadoras y 21 diputadas) que integraron las Cortes Constituyentes de 1977. Dolores Ibarruri, Carlota Bustelo, Asunción Cruañes, Dolors Calvet, Ana María Ruiz Tagle, Soledad Becerril, Belén Landáburu, María Izquierdo y tantas más. Alternando encuentros particulares con cada una de ellas (las que aún vivían durante el rodaje) con una conversación colectiva en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso que reúne a varias de ellas con las actuales representantes de la soberanía popular. Setenta minutos intensos de visibilidad –palabra talismán para el feminismo- que revelan la magnitud de lo que se nos había ocultado. Un documento imprescindible para quien quiera reconstruir la imagen completa de aquella gesta colectiva de la transición que no es un cuento de príncipes que liberan princesas, como se nos hizo ver, sino una obra compleja e incompleta de ciudadanas y ciudadanos en busca de sus derechos.

Más allá de la precisa textualidad de las leyes, hay derechos que no están aún escritos ni reconocidos en la Declaración de la ONU, pero se han ido abriendo paso como derechos morales por la persistencia de unos pocos y por la fuerza de sus razones. El derecho a la memoria de lo que se ha sufrido y de lo que se ha luchado. El derecho a la visibilidad de lo que cada uno y cada una aporta en el espacio público. Porque es requisito para el aprendizaje de la ciudadanía, es decir, de esa condición que habilita para ser “no testigo, sino protagonista de la historia” y porque “sin ellas, sin las mujeres, no es democracia”.

4.ellas

Una Convención de Naciones Unidas para los derechos humanos de las personas mayores

Fernando Flores

Hace ya un año que comenzamos a escribir sobre derechos humanos en Alrevésyalderecho, pero todavía no hemos hablado de los derechos de las personas mayores (las de más de 60 años). Además de que esta ausencia merece una autocrítica, si añadimos que nadie nos lo ha reprochado, quizás podamos convenir que también revela un síntoma: su invisibilidad.

Como en su momento las personas con discapacidad, los dependientes o las mujeres víctimas de la violencia de género, las personas mayores y sus derechos no han encontrado todavía el hueco en la atención social que sería deseable. Sin embargo, existen razones suficientes para que así sea.

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La organización HelpAge International, que trabaja como red global para la defensa de los derechos de las personas mayores, ha elaborado un Informe que revela la magnitud de las violaciones de derechos humanos que experimentan todos los días muchos hombres y mujeres mayores alrededor del mundo. El Informe revela realidades que nos hablan de tratos indignos y violencia, de maltrato (se entiende que éste existe cuando procede de un ámbito de relación de confianza), de barreras para acceder a cuidados de la salud, de dificultades para acceder a bienes básicos esenciales (el alimento, el agua, el refugio, la ropa y la calefacción), de la imposibilidad de obtener empleo, de sentimientos de inseguridad, de abusos de tipo económico, de falta de asesoramiento legal acerca de sus propios derechos, de alejamiento de la participación ciudadana… Obviamente, estas situaciones de discriminación aumentan de grado en los países pobres, o en los contextos de guerras y de crisis humanitarias, en los que las personas mayores son las golpeadas con mayor dureza, pues son las más vulnerables.

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Por el “bien de la justicia universal”, y por el monte las sardinas, tralará.

Javier Chinchón Álvarez

Culminado, vía la Ley Orgánica 1/2009, el anterior proceso de modificación de la jurisdicción universal en nuestra Ley Orgánica del Poder Judicial, allá por octubre de 2009 escribí un breve artículo en el que tras tratar de explicar todo lo que vivimos aquellos meses, terminaba refiriéndome a “aquellos de nuestros representantes que [habían] votado a favor de [aquella] reforma infame”. En concreto, les compartía entonces que tanto por el fondo pero sobre todo por la forma en que la misma se desarrolló, todos ellos habían perdido mi confianza para las próximas elecciones. Aun tras aquello, y conociendo la vieja máxima de que todo es susceptible de empeorar, he de reconocer que la actual modificación iniciada a finales de enero me está dejando atónito, abochornado, casi sin palabras.

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