Mutilación genital femenina: identidad y estigma

Ana Valero

El Tribunal Supremo acaba de revocar una sentencia de la Audiencia Nacional que condenó en abril de 2013 a una madre senegalesa a dos años de cárcel por ser responsable de la mutilación genital practicada a su hija de tres años de edad. La sentencia de la Audiencia era la primera dictada en España condenando a una persona extranjera por este tipo de delito cometido en el extranjero y antes de que la víctima y sus responsables emigraran a España. Sin embargo, el Tribunal Supremo ha absuelto a la madre de la menor por considerar, entre otras cosas, que no hizo omisión de su condición de garante de la vida y salud de la menor por dejarla en casa de su abuela, quien supuestamente le confirió una práctica que es de uso generalizado en las zonas rurales de Senegal.

La mutilación genital es una de las prácticas más abominables que pueden llevarse a cabo sobre la mujer y, sin embargo, es considerada por quienes la practican –mujeres en la mayor parte de los casos- como definitoria de su identidad cultural y de género. Estamos, pues, ante uno de los más graves conflictos que la convivencia en sociedades multiculturales como las actuales plantea. Y de las respuestas de que nos dotemos acerca de cómo deben coexistir la distintas culturas y creencias y de cómo debe gestionarse la multiculturalidad, dependerá en gran medida la calidad de nuestra convivencia social y la estabilidad de las comunidades políticas en las que vivimos.

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Desde una perspectiva estrictamente jurídica es evidente que en las respuestas que los países de acogida dan o deben dar a la mutilación genital o a otras prácticas como la poligamia o el uso del burka en espacios públicos, subyace el inconcluso dilema sobre la universalidad de los derechos humanos, por un lado, y el relativismo en que se sustenta la obediencia a la norma cultural del grupo de pertenencia, por otro. Y las respuestas no son sencillas.

La mutilación genital femenina es una práctica ancestral extendida en un importante número de países, en su gran mayoría del África subsahariana, vinculada a un rito de iniciación a la pubertad social. A diferencia de lo generalmente entendido, no es una práctica vinculada a la religión musulmana, pues el Corán no la menciona en ninguno de sus versículos y se practica por otras comunidades como las mujeres falashas de Etiopía o las cristianas coptas en Egipto o Sudán. Podríamos afirmar, en consecuencia, que es un rito cuya constricción a su perpetración responde más a los usos y costumbres sociales y a la tradición -lo que la convierte en una sunna-, que a la obligatoriedad religiosa.

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¡Por un 2014 de resistencia y de lucha por los derechos!

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El célebre pintor J.M.W. Turner fue un activo antiesclavista. Miembro de la británica Anti-Slavery Society (cuyo nombre oficial era The Society for the Mitigation and Gradual Abolition of Slavery Throughout the British Dominions), impulsó con otros socios de esta organización el nacimiento en 1839 de The British and Foreign Anti-Slavery Society, que trataba de impulsar la abolición y persecución de la esclavitud en todo el mundo. Su cuadro, pintado en 1840, es uno de los más conocidos del gran pintor inglés y fue expuesto en la Anti-Slavery Society Convention celebrada en Londres en 1840. Turner lo exhibió junto a los versos de un poema que, al parecer, él mismo había escrito en 1812 y que hoy podrían acompañar las fotografías de naufragios en Lampedusa, o en las costas españolas:

Aloft all hands, strike the top-masts and belay; / Yon angry setting sun and fierce-edged clouds / Declare the Typhon’s coming. / Before it sweeps your decks, throw overboard / The dead and dying – ne’er heed their chainsHope, / Hope, fallacious Hope! / Where is thy market now?

¡Por un 2014 de resistencia y de lucha por los derechos!

Javier De Lucas

J.M.W.Turner, "The Slave Ship" (1840), Museum of Fine Arts, Boston.
(Slavers throwing overboard the Dead and Dying — Typhoon coming on)

Grandes almacenes: derechos pequeños

Pepe Reig Cruañes

Las jornadas de huelga general se parecen entre sí como las gotas de agua: a primera hora la lucha por fijar la impresión mediática de éxito o fracaso; a última hora, la guerra de cifras sobre el paro y la manifestación. En medio, los piquetes y el fingido escándalo de la prensa conservadora por aquellos que impiden el “derecho al trabajo”. Sobre los verdaderos piquetes empresariales de amenazas y acoso a los sindicalistas nada de nada. Parece que no existen.

Por cierto que una de las primeras tareas sindicales en cualquier huelga que se precie es acercar algún piquete a las puertas de El Corte Inglés, que nunca hace huelga porque sus trabajadores están amenazados. La escena se repite invariable en cada ocasión. Y es que para la patronal este gran almacén es un emblema y lo necesitan disciplinado y “ejemplar”. Confluencia de intereses: las demás grandes superficies necesitan que El Corte Inglés aguante y la empresa del triángulo verde gasta demasiado dinero en comprar una buena imagen mediática, para que unos sindicalistas trasnochados vengan a cuestionarla. Prefieren soportar piquetes a la puerta y tiendas vacías el día de la huelga, antes que reconocer a sus trabajadores el derecho que otros se ganan con su lucha. El reverso de esta política de imagen es el “consentimiento” de los propios trabajadores de la casa. Estos pueden soportar condiciones leoninas y merma de derechos, porque se sienten afortunados por su mera pertenencia a un buque insignia. Un puesto en el Corte Inglés viste mucho, aunque luego te machaquen los fines de semana o te birlen las horas extras. No es muy diferente en las otras grandes tiendas. Las grandes superficies suelen tener, laboralmente hablando, derechos muy pequeños.

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Aborto: otro gran paso atrás

Joan Carles Carbonell Mateu

Tras varios meses de aparente debate en el seno del PP, el Gobierno acaba de aprobar un Anteproyecto de Reforma de la Despenalización –para pasar a la penalización- de la Interrupción Libre del Embarazo, con abandono del vigente sistema de plazo con información a la embarazada y el regreso a un sistema de indicaciones más rígido que el que estuvo vigente desde 1985 hasta 2010 y que no incluye la despenalización en caso de graves malformaciones en el feto, la mal llamada “indicación eugenésica”.

Actualmente rige en España la L.O. 2/2010, de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que introdujo un sistema de plazo con información, en cierta manera derivado de la Sentencia del Tribunal Constitucional alemán (BVfG) de 1995, considerando ciertos votos particulares presentados en su día por tres de los nueve Magistrados: no es punible el aborto practicado durante las catorce primeras semanas de embarazo siempre que se cumplan determinados requisitos, el más importante de los cuales es que la mujer haya sido informada de sus opciones y hayan transcurrido 72 horas hasta que adopte su decisión. El sistema se combina con indicaciones transcurridas esas catorce semanas.

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La vuelta al sistema de indicaciones se realiza, según la declaración gubernamental, “para adaptar la legislación a la jurisprudencia constitucional”. Y, justamente eso, resulta sorprendente por demás. Porque la finalidad expresada constituye una auténtica falacia, toda vez que el Tribunal Constitucional español jamás se ha pronunciado sobre la vigente regulación de la interrupción voluntaria del embarazo. Y en su doctrina  en materia de aborto expresada fundamentalmente en la Sentencia 53/1985 de 15 de abril, no se contiene la menor referencia al sistema del plazo en general ni al del plazo con información previa obligatoria a la embarazada de manera específica. El Tribunal tan sólo obligó al legislador a que exigiera mayores garantías en la comprobación de la veracidad de los supuestos alegados. De ahí no puede inducirse, como ahora se pretende, que considerara agotadas las posibilidades constitucionales de no punición.

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Una estrategia de seguridad global para Europa y cómo invertir en seguridad climática

Teresa Ribera

El Consejo Europeo de diciembre incluye en el orden del día un punto sobre la estrategia de seguridad europea. Hay varias cuestiones importantes que requieren un debate a fondo entre los líderes de los 28. Destacan la necesidad de actualizar la identificación y características de los grandes asuntos incluidos entre las prioridades en materia de seguridad común y los pasos a dar para abordar la consolidación de una verdadera estrategia de seguridad a 28 frente a la fragmentación sectorial y nacional que todavía impera. Hay además muchos y variados aspectos sobre los que reflexionar en un momento en el que Europa descubre las debilidades que conlleva el desplazamiento del protagonismo político y económico del Atlántico al Pacífico y una clara reordenación de las debilidades y herramientas para hacerles frente.

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La importancia intelectual y estratégica de este debate queda reflejada en la reciente proliferación de comentarios y artículos al respecto. Entre ellos, uno especialmente acertado es el publicado por el European Council of Foreign Relations (ECFR) titulado “Why Europe needs a global strategy”, escrito por S. Dennison et al. Los autores proponen que el Consejo le encargue a la señora Ashton una reflexión estratégica global e identifican seis grandes ideas que han de estar presentes en cualquier ejercicio serio sobre el papel de Europa en el mundo, en una época caracterizada por ser periodo de transición y por el despertar político global de actores no occidentales. Señalan, en primer lugar, las dificultades y límites de la versión tradicional del soft power que hasta ahora tantos éxitos ha permitido cosechar a Europa. Además, describen los retos que plantean la limitada eficacia de la ayuda y cooperación económicas en un momento en el que ya hay otros actores con mayor capacidad de gasto –incondicional, o con condiciones distintas a las europeas–; las dificultades crecientes de un “multilateralismo eficaz”; las penurias que atraviesa el “intervencionismo liberal”; la progresiva desvinculación de EEUU del eje atlántico y la necesidad de ver Asia como algo más que un mercado o un gigante económico.

Uno de los elementos que debería formar parte de esa reflexión global sobre Europa en el mundo y los aspectos clave para la seguridad es el de los límites del clima y su incidencia no sólo en seguridad física/ambiental sino también en seguridad económica e incidencia política y bélica. Es un asunto que fue apuntado ya en la revisión que Javier Solana hizo en 2008 a la Estrategia de Seguridad Común aprobada por el Consejo en 2003. La seguridad climática requiere de Europa un planteamiento claro y decidido. Un planteamiento que, hoy por hoy, aparece desdibujado -más allá de la retórica-, como consecuencia de las presiones por la vuelta al pasado y por las múltiples distracciones energéticas que hacen que para muchos se olvide, incluso, cuando definen los retos más elementales a los que debe hacer frente cualquier escenario de seguridad energética.

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Esta necesaria reflexión sobre cuál debe ser la estrategia global de Europa coincide en el tiempo con la obligación de llegar a un nuevo acuerdo global sobre clima en una cita que tendrá lugar, de nuevo, en territorio europeo. Pues bien, si Europa quiere tener éxito en París en 2015 debe extraer las consecuencias que se derivan de estos mismos dilemas planteados por S. Denninson y compañía.

La defensa del clima ha sido una de las banderas de la acción exterior de la UE más importantes y exitosas. De hecho, podemos considerarla una referencia esencial de softpower y multilateralismo que, durante mucho tiempo, ha permitido escapar –y orientar– las dificultades de otras agendas globales. Pero hemos entrado en la edad adulta de las políticas de clima. Este asunto ha dejado de ser algo “cool” con lo que adornar decisiones de empresas o gobiernos. Esto va en serio. Hemos iniciado una nueva etapa radicalmente distinta en la que, a menos que haya un compromiso inteligente y con altísimo respaldo político, no será posible garantizar que el resultado de París sea algo más que un mero acuerdo formal, sin contenido suficiente para abordar el cambio climático con éxito. El primer síntoma de inteligencia y compromiso político del Consejo Europeo -y, si logra el mandato para contarnos que piensa al respecto, también de la Sra. Ashton- debería ser la inclusión de los límites del clima como uno de los condicionantes más relevantes a los que prestar atención desde el punto de vista de la seguridad global. La segunda señal de voluntad real por parte de Europa sería la evolución progresiva de su estrategia exterior en materia de clima.

No cabe pensar –por ahora, al menos- en intervenciones físicas de los ejércitos, pero se  advierte con claridad la complejidad moral que implica el uso de la fuerza y cualquier actuación coercitiva en la defensa de fronteras o la disponibilidad de recursos básicos frente a dramas migratorios masivos fruto de fenómenos meteorológicos extremos, problemas serios de acceso a agua potable o tensiones asociadas a seguridad alimentaria.

Por otro lado, las negociaciones de clima siguen siendo, en gran medida, un pulsómetro adelantado de los cambios en la geopolítica. Es un espacio en el que las distracciones o el fracaso serían muy costosos para todos. Por ello, es uno de los ámbitos más propicios para ensayar nuevas fórmulas de multilateralismo eficaz. Y, sobre todo, ofrece a Europa una fantástica plataforma para reorientar la relación con Asia y recuperar una cooperación clave en un eje Atlántico ampliado hacia el sur. Quizás sea también el mejor vector para fraguar consensos globales sobre los principios que han de orientar la asistencia económica y la cooperación para un mejor desarrollo (cómo y para qué se presta el dinero). Poco sentido tiene reclamar que los 100.000 millones de dólares anuales prometidos en Copenhague a los países más pobres procedan exclusivamente del presupuesto público de países occidentales como correctivo histórico por sus emisiones pasadas y olvidarse de lo demás, consintiendo que el resto del “dinero” discurra por sendas que, o agravan el problema, o no prestan demasiada atención a los efectos de un clima distinto que deberán enfrentar.

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Si lo que de verdad se pretende es reorientar el modelo de desarrollo integrando como premisa la seguridad climática, es evidente que una buena parte deberá proceder de las arcas públicas de los países industrializados, pero eso no basta. Se trata de una precondición clave en términos de credibilidad de Occidente y un argumento moral de primer orden, pero es imprescindible abordar con honestidad y a fondo el debate real e impulsar un acuerdo al respecto entre quienes tienen “chequeras”. Ni 100.000 millones anuales es suficiente dinero para afrontar los problemas del clima, ni la atribución exclusiva de esa obligación a los parlamentos occidentales se corresponde con la realidad económica internacional actual, ni soluciones de este tipo abordan de raíz las causas y las soluciones a la cuestión del clima y sus múltiples amenazas para la seguridad global. Sin embargo, hay espacio y necesidad para trabajar a fondo en la consecución de un acuerdo político global que oriente los principios básicos de la cooperación económica de la banca de desarrollo –multilateral, regional o nacional- incorporado dos premisas tan sencillas como coherentes: la transparencia en la intensidad de carbono propia de cada nuevo proyecto o programa de inversión y la resistencia a los impactos de un clima distinto.

¿No es ésta una buena agenda para trabajar juntos de un nuevo modo en seguridad global?, ¿no es una buena ocasión para que Europa aprenda a pensar en los nuevos dilemas de su estrategia global con uno de los casos prácticos de nueva seguridad más relevantes?

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El Proyecto de Código Penal: un retroceso histórico

Joan Carles Carbonell Mateu

Se anuncian reformas penales en España y la lectura de los textos proyectados o incluso los discursos gubernamentales que los anuncian resultan enormemente preocupantes. Soplan vientos de reacción profunda, de vuelta atrás o, lo que es mucho peor, de absoluto desdén por los derechos fundamentales y los principios penales.

1. La relativización de los principios liberales –en el sentido más digno de ese término–, el auge del Derecho penal del enemigo, la exacerbación de la peor manera de entender la seguridad y el correspondiente dominio de la peligrosidad como fundamento casi exclusivo y sobre todo ilimitado de la intervención punitiva son las notas características de una irrefrenable tendencia a la vuelta atrás hacia los momentos más oscuros del Derecho penal desde el período anterior a la Ilustración. Cada día es más evidente que corremos el riesgo de perder referencias fundamentales que creíamos logros inamovibles. Y, como vamos a ver, el principio de culpabilidad como expresión rotunda de la dignidad de la persona, que nunca puede ser privada de sus derechos y de su estatuto cívico si no es en virtud de que lo merezca tras incumplir los deberes que también como ciudadano le corresponden, y justamente en esa medida, está a punto de ser ignorado de forma tan grosera que puede anunciarse su completa desaparición, si prospera la reforma pretendida.

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¿Es necesaria una nueva regulación del derecho de huelga?

Belén Cardona

¿Es necesaria una nueva regulación del derecho de huelga en servicios esenciales para la comunidad? La pregunta no es nueva, desde la aprobación de nuestra Carta Magna y la inclusión del derecho a la huelga como derecho fundamental colectivo, en su art. 28.2, la cuestión se ha planteado con cierta frecuencia.

Hay que tener en cuenta que el régimen jurídico del derecho de huelga se contiene en una norma de carácter preconstitucional, el Real Decreto Ley 17/1977, de 4 de marzo, sobre relaciones de trabajo, cuya texto fue sometido al control del Tribunal Constitucional en su emblemática sentencia 11/1981, de 8 de abril, que declaró derogadas buena parte de sus disposiciones, quedando vigentes los preceptos que actualmente constituyen la regulación del derecho del huelga en el ordenamiento laboral español.

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Sólo en 1993, bajo la penúltima legislatura de Felipe González, se estuvo a punto de aprobar una ley general de huelga, que finalmente no prosperó por el adelanto de las elecciones generales.

Ahora la pregunta vuelve a traerla a la actualidad, al calor de la huelga en los servicios de limpieza de Madrid, unas declaracionesdel presidente del Gobierno en las que informa sobre su decisión de encargar al Ministerio de Empleo que estudie una ley de servicios mínimos.

La regulación concreta de la huelga en servicios esenciales para la comunidad se encuentra en el art. 10 del Decreto Ley de 1977, que articula a favor de la autoridad gubernativa la facultad de imponer la realización de servicios mínimos a los trabajadores huelguistas, cuando la huelga afecte a servicios esenciales para la comunidad. La parquedad e indeterminación del precepto deja cuestiones en el aire, a las que la Jurisprudencia ha ido dando respuesta.

Indudablemente, la actual regulación del derecho de huelga adolece de defectos y carencias, no es la mejor de las regulaciones, pero podríamos decir que con el apoyo de la Jurisprudencia y doctrina de los tribunales se ha ido construyendo un edificio sólido y suficiente.

Pero partiendo de lo que parece ser la apertura de un nuevo escenario regulador en el que el ejecutivo tiene la intención de introducir lo que denomina una “ley de servicios mínimos”, es el momento de reflexionar sobre qué elementos sería interesante introducir en la misma y cuáles evitar.

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Comenzando por los factores negativos, el primero a evitar sería la adopción del prisma neoliberal, al que parecen haber sucumbido las instituciones europeas y según el cual las libertades económicas prevalecen sobre los derechos sociales fundamentales, como el derecho de huelga, y en la que éstos sólo son realizables en el espacio europeo condicionados y subordinados a los primeros. Es la lógica de la propuesta de Reglamento conocido como Monti II, que la Comisión Europea se vio obligada a retirar ante el rechazo sindical y social que condujo a diversos Parlamentos nacionales (entre los que no se hallaba España) a activar el procedimiento de “tarjeta amarilla”, que permite contestar iniciativas legislativas europeas, cuando se consideren lesivas del principio de subsidiariedad y por tanto de la soberanía nacional (n. 2 del Tratado de Lisboa).

Ni que se pretenda con la anunciada nueva regulación, introducir un aparato normativo restrictivo del ejercicio de derecho de huelga, que permita reprimir la oleada de protestas que la crisis y la destrucción de empleo y derechos laborales está provocando.

La óptica adecuada sería aquella de considerar el derecho de huelga como una forma de autotutela colectiva de los trabajadores que sirve para compensar la disparidad de fuerzas en el contrato de trabajo y que como tal mecanismo reequilibrador, merece consideración y reconocimiento de derecho fundamental, ponderando al tiempo la necesidad de atender y garantizar la prestación de los servicios esenciales a la comunidad, en nuestro diseño constitucional que no es otro que el del Estado social y democrático de Derecho, que proclama nuestra Constitución.

En referencia a qué elementos debería imprescindiblemente hacerse referencia en ese eventual diseño legal, una de las primeras cuestiones es la definición de servicio esencial.

No es cierto que existiera un vacío en este sentido, puesto que el Tribunal Constitucional ha ido construyendo en su jurisprudencia un concepto de servicio esencial a partir de la afectación a los usuarios de derechos fundamentales, libertades públicas y bienes constitucionalmente protegidos, en la que se ha optado por ponderar las circunstancias concretas concurrentes (gravedad, duración, extensión territorial, ámbitos personales y funcionales afectados…), rechazando la consideración de antemano de una actividad productiva o servicio como esencial (SSTC 26/1981, 8/1992). Se trata de un concepto flexible, en el que partiendo de la obligada atención al interés de los ciudadanos de recibir los servicios considerados esenciales y admitiendo, por tanto, una constricción del ejercicio del derecho de huelga, dicha limitación debe ser entendida de manera restrictiva sin que, en ningún caso, dicho límite puede afectar el contenido esencial del derecho de huelga, dejándolo vacío de contenido por la vía de hacerlo  impracticable.

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Se trata de una cuestión de límites de un derecho fundamental “en la que, en la relación entre el derecho y su posible límite, el criterio de interpretación debe ser el de mayor amplitud posible del derecho y la restricción del límite a lo necesario” (SSTC 40/1995, 183/2006). La consideración de un servicio como esencial no puede comportar la supresión del derecho de huelga de los trabajadores que hubieran de prestarlo, sino “la necesidad de disponer las medidas precisas para su mantenimiento o, dicho de otra forma, para asegurar la prestación de los trabajos que sean necesarios para la cobertura mínima de los derechos, libertades o bienes que satisface dicho servicio, sin que exija alcanzar el nivel de rendimiento habitual ni asegurar su funcionamiento normal” (STC 191/2996; también, SSTC 26/1981, 53/1986, 27/1989, 43/1990).

Por otra parte, “la cláusula abierta de esencialidad” (MERINO SEGOVIA) que el Tribunal Constitucional construye ha permitido la generosa y paulatina introducción de diversos servicios en el amplio concepto de servicio esencial, también incorporado en la doctrina del Tribunal Supremo, así: el servicio de transporte ferroviario, el tráfico aéreo, transporte metropolitano urbano, residencia de ancianos, suministro de energía eléctrica, la estiba portuaria en el caso de un puerto de interés general, la alimentación básica, abastecimiento de agua, suministro de derivados del petróleo, administración de justicia, prisiones enseñanza, finanzas, hospitales, medios de comunicación, limpieza…

Choca esta tendencia propia de nuestro sistema, a la generosa consideración del concepto de esencialidad del servicio con los parámetros internacionales y tradicional doctrina de la OIT, que incorpora un concepto restrictivo al considerar que “al tratarse de una excepción del principio general del derecho de huelga, los servicios esenciales respecto de los cuales es posible obtener una derogación total o parcial de ese principio deberían definirse de forma restrictiva; la Comisión estima, por lo tanto, que solo pueden considerarse servicios esenciales aquellos cuya interrupción podría poner en peligro la vida, la seguridad o la salud de la persona en todo o parte de la población” (“Libertad sindical y negociación colectiva: el derecho de huelga”. Informe III, parte 4B, presentado a la 81 Conferencia de la OIT, 1994, apartado 159).

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Sería necesaria, por tanto, sí, una revisión del propio concepto de servicios esenciales y una definición más precisa del mismo. La amplitud con la que el Tribunal Constitucional ha interpretado la “vaporosa noción” de servicio esencial (BAYLOS GRAU) tiene un indudable potencial invasivo en el ejercicio del derecho fundamental de huelga del que sería necesario desprenderse.

En segundo lugar, siendo loable que el Gobierno haya manifestado su intención de buscar para esta futura norma el consenso con los agentes sociales, imprescindible en mi opinion, siempre que se quiera garantizar la pacífica aplicación de la misma, mayor importancia adquiere, si lo que se quiere es introducer un sistema moderno, democrático, eficiente y alejado de lógicas autoritaria, que se aproveche esta oportunidad para cuestionarse el modelo de decisión gubernativa articulado en el art. 10 del Decreto de 1977, que propicia, en ocasiones, el abuso de derecho en la fijación desproporcionada de servicios mínimos. Siguiendo al Profesor CABEZA PEREIRO, desde el respeto a la intervención y capacidad decisoria final de la autoridad gubernativa, sería el momento de dar carta de naturaleza a la participación de los sindicatos en la determinación de los servicios mínimos, lo que implicaría por otra parte atender a las reiteradas advertencies del Comité de Libertad Sindical al Reino de España, en dicho sentido.

Respondiendo a la pregunta que da título a este post, una nueva regulación del ejercicio de derecho de huelga en los servicios esenciales ¿resulta imprescindible y urgente? En mi opinion, no  ¿Podría ser positiva? Sí, siempre que la misma se realice sin urgencias, rehuyendo populismos, sin introducir en el debate la ficticia contraposición del interés de los usuarios al de los trabajadores huelguistas, buscando el consenso social y confiriendo el protagonismo necesario e imprescindible a los agentes sociales en la misma y desde la perspectiva de que lo que se pretenda sea introducir un sistema más eficiente, moderno y democrático de gestión en los procesos de huelga en servicios esenciales, escrupulosamente respetuoso con el contenido esencial del derecho fundamental a la huelga.

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Los derechos en España también son derechos humanos

Patricia Goicoechea y Lydia Vicente

La situación de los derechos humanos en España en 2013 ha llamado la atención de varias organizaciones internacionales de las que nuestro país es miembro. El Relator Especial de la ONU sobre formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia visitó España en enero. En junio fue el Comisario para los Derechos Humanos del Consejo de Europa y, unos días después, llegaba la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU que aprovechó la celebración en Madrid del Congreso Mundial contra la pena de muerte para informarse de primera mano de la situación en España. A finales de septiembre, vinieron en misión oficial el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de la ONU y una delegación de observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

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El objetivo de estas visitas era comprobar el grado de protección de los derechos humanos en España y el cumplimiento de los compromisos internacionales adquiridos. Es necesario recordar que nuestro país forma parte de la Comunidad Internacional, es miembro de la ONU, Estado parte del Consejo de Europa y uno de los fundadores de la OSCE, lo cual implica el deber de cumplir con las obligaciones y compromisos que le corresponden. Es cierto que España ha ratificado la mayor parte de los Tratados Internacionales en materia de derechos humanos. Pero este es sólo el primer paso y, quizás, el más fácil de asumir. Ser miembro del sistema internacional de protección de los derechos humanos implica, sobre todo, adecuar las normas y prácticas internas a esos convenios o tratados internacionales para garantizar que las personas puedan beneficiarse de los derechos reconocidos. También significa informar de forma honesta y veraz a los órganos constituidos por comités de expertos, encargados de supervisar la aplicación del tratado en cuestión, sobre los progresos y dificultades a la hora de aplicarlos. Tales comités, así como otros procedimientos especiales del sistema –como Relatores y Grupos de Trabajo– emiten recomendaciones para ayudar y guiar a los Estados en el cumplimiento de sus obligaciones.

El Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa visitó Madrid y Sevilla a fin de evaluar el impacto que la crisis y las medidas de austeridad están teniendo sobre los derechos de los ciudadanos. En su Informe, publicado el día 9 de octubre, se incluyen varias conclusiones y recomendaciones a las autoridades. Merece destacarse que en este informe se reitera una protección insuficiente de los derechos humanos en nuestro país, en particular respecto del derecho a la libertad de reunión y de la impunidad de los funcionarios de policía que cometen malos tratos o torturas. A este respecto, señala el Comisario que

“los malos tratos por los miembros de los organismos encargados de hacer cumplir la ley y la impunidad de la que dichos miembros gozan es una cuestión de derechos humanos sumamente inquietante y de larga data en España”.

Subraya el informe que

“en una serie de casos llevados ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Comité contra la tortura de Naciones Unidas se ha concluido que España ha incumplido las normas de derechos humanos que prohíben la tortura”.

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Precisamente, en mayo de este mismo año, el Comité para la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa hizo públicos dos informes sobre visitas realizadas a España en 2011 y 2012. El Comité ponía de relieve las mismas trabas encontradas en años anteriores para acceder a algunos centros y, en particular, expresaba preocupación por lo poco o nada que se había hechoen relación con ciertas recomendaciones clave hechas en informes previos”.

Ante la preocupación sobre la posible existencia de vulneraciones al derecho a la libertad de reunión, la Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos (ODIHR) de la OSCE solicitó permiso a las autoridades españolas para enviar una misión de observadores internacionales, con ocasión de la manifestación que tuvo lugar en Madrid el pasado 28 de septiembre. Estas misiones de observación tienen por finalidad comprobar cómo se protege el derecho a la libertad de reunión en los países miembros de la OSCE, identificar posibles restricciones al ejercicio de este derecho y, en su caso, emitir recomendaciones a los estados. Cuando los seis miembros de la delegación se encontraban ya en Madrid, apenas veinticuatro horas antes de que comenzara la manifestación y tras haber obtenido previamente permiso de las autoridades españolas, el Ministerio de Asuntos Exteriores les comunicó que el Gobierno había cambiado de opinión y ya no deseaba que realizasen sus labores de observación. El Director de ODIHR emitió un contundente comunicado expresando su decepción y sorpresa por esta decisión de último minuto. En efecto, es decepcionante y muy preocupante. El compromiso estatal con la defensa de los derechos humanos supone proteger el ejercicio de los mismos, pero también aceptar que las organizaciones a las que el estado pertenece puedan vigilar el cumplimiento de las obligaciones adquiridas, informar sobre ello y, en su caso, realizar las observaciones que consideren apropiadas.

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Por su parte, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias ha examinado las principales iniciativas y políticas respecto de las desapariciones forzadas o involuntarias de personas y, en concreto, las cuestiones relativas a la justicia, verdad y reparación. Tras su visita, el Grupo puso de relieve que si bien ha habido avances, éstos han sido gracias principalmente a iniciativas de familiares de las víctimas o de la sociedad civil, y que el “Estado debería asumir su responsabilidad para asegurar que estas iniciativas sean parte de una política de Estado comprensiva, coherente y permanente”. El Grupo ha resaltado que “es lamentable la situación de impunidad para los casos de desapariciones forzadas ocurridas durante la Guerra Civil y la dictadura. No hay ninguna investigación judicial efectiva en curso ni ninguna persona condenada” por lo que también instó a “priva[r] de todo efecto la Ley de Amnistía de 1977, como ya ha sido recomendado por distintos organismos internacionales.” Igual de contundente ha sido el Comité contra la Desaparición Forzada tras examinar en noviembre el informe de España, al

“exhorta[r] a[l Estado español a] que asegure que todas las desapariciones forzadas sean investigadas de manera exhaustiva e imparcial, independientemente del tiempo transcurrido desde el inicio de las mismas y aun cuando no se haya presentado ninguna denuncia formal”.

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Inquietantes son también las conclusiones a las que ha llegado el Relator de Naciones Unidas sobre Racismo tras su visita a España. Tras poner de manifiesto que la crisis económica ha causado el retroceso de los avances en relación con los derechos humanos de los migrantes, señala que “la legislación que ha restringido su acceso a la sanidad es una novedad lamentable”. Es la situación de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) la que supone, para el Relator, el mayor reto en materia de derechos humanos, dada la ausencia de criterios objetivos respecto de las condiciones de quienes están allí internados, de asistencia sanitaria o de la asistencia letrada. Asimismo, por lo que respecta a las denuncias por malos tratos sufridos por internos, el Relator recomienda que se instaure un sistema de acceso periódico a estos centros por parte de actores independientes, como las ONG de derechos humanos.

La responsabilidad fundamental en la protección de los derechos humanos la tienen las instituciones y poderes del Estado, pues los tratados internacionales contienen obligaciones que son jurídicamente vinculantes para ellos. Este es el punto de partida y el de llegada. Los estados son los que pueden y deben crear los mecanismos y llevar a cabo las reformas necesarias para cumplir con dichas obligaciones. Y, en el cumplimiento de este objetivo, es de gran importancia la asistencia de las recomendaciones emitidas por las organizaciones internacionales. En el recordatorio al gobierno sobre la indisponibilidad de los derechos fundamentales tiene un papel importantísimo no sólo tales recomendaciones sino las aportaciones de la sociedad civil. Así nos lo dijo la Alta Comisionada de la ONU este verano, quien aseguró priorizar el trabajo con las ONG para que éstas recuperen los espacios que les han sido recortados en la esfera política.

¿Le queda algún derecho a Ricart?

Fernando Flores

Miguel Ricart está en Barcelona … el condenado por el crimen de Alcàsser ha llegado esta tarde procedente de Córdoba. Se desconoce si el traslado es provisional o definitivo… La Dirección general de la Policía ha comunicado a los Mossos d’Esquadra este traslado con el aviso de que deben mantener un ‘seguimiento no invasivo del sujeto’”.

Mientras alguna prensa catalana avisa a los ciudadanos de que el delincuente peligroso anda cerca, y que lo tienen controlado, en Valencia Las Provincias mantiene la agitación de la parroquia con un titular de la hermana del concejal asesinado por ETA, Miguel Ángel Blanco. “Europa defiende la impunidad”, se dice que manifestó (refiriéndose al Tribunal de Derechos Humanos) mientras estrechaba la mano del President Alberto Fabra, quien acababa de homenajearla. A pesar de que la Audiencia provincial de Valencia ha estimado que Ricart “ha superado extensamente” el tiempo que debía de permanecer en prisión, para María del Mar y quienes la aplauden los veintiún años que aquél ha pasado en la cárcel no son computables a efecto alguno.

Antes (el martes), el subdelegado del Gobierno en Córdoba declaraba que se iban a extremar las medidas de vigilancia ante la posibilidad de que Ricart llegase a la ciudad. Además, como esto no debió parecerle suficientemente efectista, el subdelegado quiso dejar bien claro (sin importarle si sus palabras constituían delito) que si aquél les visitaba, lo “lamentaría”.

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Hace un par de días el diario La Razón publicaba, en portada completa, el retrato del excarcelado ya envejecido, con un titular en su frente: “La cara del diablo”. Si se preguntara a sus editores por los motivos de esa elección injuriosa (y a las Noticias de La Sexta –y a algunos otros– por hacerse cumplido eco del rostro y la portada), probablemente argüirían que para cumplir el servicio público de informar a la gente y mantenerla segura. Un servicio que al parecer no se les había ocurrido ofrecer hasta ahora, pues desde hace años (y sin necesidad de anulación de doctrina Parot alguna) cada día han salido y salen a la calle personas condenadas por asesinatos, violaciones y otros delitos espantosos que, habiendo cumplido su condena conforme a ley, quedan en libertad y, anónimas, se confunden en la sociedad.

Pero esta sociedad enferma en la que vivimos (con políticos irresponsables y miedosos, medios de entretenimiento voraces e inmorales, instituciones débiles e incumplidoras, ciudadanos acomodados y dirigidos), no le ha concedido a Ricart el anonimato. Sin él, y sin familia o colectivos amables que le protejan (como sucede a los etarras que regresan al País Vasco), Ricart no va a recuperar ni la intimidad, ni el honor, ni la propia imagen, ni la presunción de inocencia para el futuro. Nadie le admitirá en una asociación, no le alquilarán una vivienda, le caerán a golpes los transeúntes si decide manifestarse pidiendo piedad o justicia (“él, que no la tuvo con las niñas”, dirán). ¿Acaso se lo imagina alguien votando en un colegio electoral? No va a tener trabajo. Entonces, ¿no le queda más que la vida, o el derecho al exilio?

Hoy ha muerto Mandela y la gente habla y hace discursos en todos los medios acerca de su figura y su coraje, alaba su pasión incondicional por la defensa de los derechos humanos, admira que su reivindicación por las víctimas no le impidiera perdonar a los verdugos… Aquí no se pide eso. Tan solo se pide que, habiendo cumplido la condena que la ley le impuso por los crímenes que cometió, se deje a Ricart con sus derechos y deberes constitucionales y en paz, si en su soledad puede alcanzarla.

Naciones Unidas y las desapariciones forzadas en España

Javier Chinchón Álvarez

Con motivo del día internacional de las víctimas de desapariciones forzada, el pasado 30 de agosto nuestro Gobierno declaraba solemnemente que “[e]l compromiso de España en esta materia se manifiesta de manera aún más patente este año 2013, ya que en el mes de septiembre España recibirá la visita del Grupo de Trabajo de Desapariciones Forzadas o Involuntarias, de Naciones Unidas (…) [y] asimismo, en el mes de noviembre el Comité contra la Desaparición Forzada de las Naciones Unidas examinará el primer informe que España ha presentado sobre su grado de cumplimiento de las obligaciones establecidas por la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas”.

A fines del mes de septiembre, al hacerse públicas las primeras conclusiones y recomendaciones del Grupo de Trabajo tras finalizar su visita, escuché como un ex-alto dirigente del Partido que hoy nos gobierna sentenciaba sobre ellas, en tertulia al uso, que “las Naciones Unidas no se enteran de nada”. La razón fundamental que ofrecía como sustento de tal valoración podría resumirse en que frente a lo que el Grupo de Trabajo había constatado y señalado respecto a la situación de las víctimas de desapariciones forzadas que comenzaron durante la Guerra Civil y el franquismo, la realidad no era otra que los españoles ya habíamos decidido dejar atrás todo aquello hace muchos años; de tal suerte que ponerse ahora a hablar de esto era algo absurdo, sin sentido, impertinente.

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Unas semanas después, en la fase final del examen del Informe presentado por España al Comité contra la Desaparición Forzada, la representante española sostuvo que la Convención era un instrumento de futuro, cuyo sentido y razón de ser (básicos por no decir únicos) no estaban referidos a los actos cometidos en el pasado. Estas palabras condensaban una posición de orden técnico que nuestro país sostuvo con denuedo ante el Comité, jurídicamente legítima aunque desde luego más que discutible; sobre la que de cualquier modo no quiero incidir en este momento, ni es necesario volver a rebatir. No obstante, aunque a una distancia dialéctica ciertamente sideral, esta última consideración y lo que reprodujimos antes parecieran presentar cierta coincidencia de fondo; esto es, una suerte de convicción de que sea como fuere, lo relativo a las víctimas de desapariciones forzadas que comenzaron durante la Guerra Civil y el franquismo es algo que sólo pertenece a un pasado más o menos remoto, pero sin duda superado.

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