Si San Bernardo levantase la cabeza (sobre funerales de Estado)

Fernando Flores

Si San Bernardo levantase la cabeza estaría la mar de contento con España, pues comprobaría cómo la doctrina de las dos espadas que inventó allá por el siglo XI sigue vigente y en buena forma.

Ayer, una vez más, y en el contexto de una tragedia tan impactante y demoledora para la sociedad como la del accidente de tren que ha costado la vida a setenta y nueve personas, el Estado español mostró su incompetencia para cumplir adecuadamente el artículo 16 de la Constitución. Como en otras ocasiones (11M, incendio de Guadalajara, víctimas del metro en Valencia…) ni se respetó la aconfesionalidad del Estado, ni se respetó, lo que es especialmente grave, la libertad de conciencia y religiosa de los fallecidos (y familiares) que no profesaban la religión católica.

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A las siete de la tarde los representantes civiles del Estado (los Príncipes de Asturias, el presidente del Gobierno Mariano Rajoy, junto a su esposa Elvira Fernández, el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, la duquesa de Lugo, Infanta Doña Elena, que presidieron la misa “oficial”; cuatro ministros, el Fiscal General del Estado, el secretario general del PSOE …) ocupaban sus asientos en la catedral de Santiago. Unos centímetros más arriba de ellos, en el altar, celebraba el Arzobispo Julián Barrio. Esa es la imagen de nuestro país, unas instituciones incapaces de estar a la altura que se requiere, incapaces de consolar a los ciudadanos en sus peores momentos sin un cura de por medio. Suena fuerte pero así es.

Dice el Tribunal Constitucional español, cuyo presidente ocupaba la primera fila de autoridades en el mencionado funeral, que la libertad religiosa “garantiza la existencia de un claustro íntimo de creencias y, por tanto, un espacio de autodeterminación intelectual ante el fenómeno religioso, vinculado a la propia personalidad y dignidad individual…” (STC 177/1996).

Es lo que se ha dado en llamar vertiente interna o negativa de la libertad religiosa. Junto a ella, y completándola, existiría la dimensión externa de la libertad religiosa, que faculta a los ciudadanos para actuar con arreglo a sus propias convicciones y mantenerlas frente a terceros, es decir, para mostrar públicamente las mismas.

Pero no nos alejemos de la vertiente interna. El Tribunal Constitucional dice que la libertad religiosa es esgrimible ante “actos de los poderes públicos que, incumpliendo el mandato constitucional de no confesionalidad del Estado, obliguen a una persona a participar en un acto de culto, en contra de su voluntad y convicciones personales”. Me pregunto si los familiares posiblemente agnósticos o ateos (o judíos, musulmanes, protestantes, budistas…) de las víctimas del accidente tenían opción de abstenerse de asistir al funeral, o estaban “obligados” a presentarse en el mismo. ¿Acaso va a haber otro homenaje de Estado diferente? Además, la sola “opción” de asistir ¿no se entromete ya en la libertad de conciencia del familiar? ¿Dónde queda su “claustro íntimo de creencias vinculado a la propia personalidad y dignidad”, si el hecho de no asistir a la catedral viene a revelar su “posición intelectual ante el fenómeno religioso”?

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El funeral oficiado por un obispo en una catedral católica obliga a los familiares no católicos a renunciar al homenaje del Estado al que tienen derecho, o a asistir a él en el marco de una celebración religiosa que no comparten. Eso vulnera su libertad de conciencia y religiosa. Sucedería lo mismo para los no musulmanes si ese funeral oficial se celebrase por un imam en una mezquita, o para los no judíos si se oficiase por un rabino en una sinagoga.

Se dirá por algunos que no es el momento de hablar de este tema. Nunca lo es. Cuando se argumenta “en caliente”, como es el caso, porque se trata de ruido innecesario que falta el respeto al dolor de los familiares de las víctimas (siempre, claro, que nos refiramos a los familiares católicos y nos olvidemos del dolor del resto, que suman a éste la afrenta de un homenaje a través de un rito ajeno). Cuando se argumenta “en frío”, porque no es un problema que preocupe a la sociedad, porque busca el enfrentamiento y la crispación, porque trata de arrinconar a la Iglesia en lo privado y perseguir a los creyentes.

Sí es el momento, cualquier momento lo es. Al menos habrá de serlo mientras, anclados en el siglo XI, se continúe incumpliendo la exigencia constitucional de neutralidad del Estado (que “veda cualquier tipo de confusión entre funciones religiosas y estatales”, STC 177/1996), y con ella la libertad de conciencia y religiosa de personas que ya tienen suficiente con la tragedia de perder a sus seres más queridos.

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8 pensamientos en “Si San Bernardo levantase la cabeza (sobre funerales de Estado)

  1. Cualquier espacio que se les preste a las confesiones religiosas en la esfera pública pasará a ser considerada por las iglesias como un derecho natural. Ya es tiempo de ponerlas a todas en su sitio, es decir, quitarles cualquier carácter oficial. La aconfesionalidad que ordena la Constitución así lo exige.

  2. Si el suceso hubiera sucedido en país protestante, judío, ortodoxo, musulmán, etc. no pondría ningún impedimento a que a un familiar le hicieran las honras fúnebres más acordes con ese país. Aunque fuera agnóstico; agradecería el detalle y no me rasgaría, hipócritamente las vestiduras.

    • ¿”Más acordes” con ese país? Lo más acorde con el país que se llama España es cumplir la Constitución, que exige neutralidad del Estado y reconoce la libertad religiosa de todos los ciudadanos. ¿”Agradecerías el detalle”? Es cosa tuya si un funeral de Estado te parece un “detalle”, y libertad tienes si quieres agradecerlo, pero la pluralidad de la sociedad no acaba en ti, y hay personas que, no siendo ni religiosas ni hipócritas, prefieren y exigen (porque es su derecho) que las instituciones civiles cumplan con sus obligaciones de forma neutral.

  3. ¿Y a usted quién le ha dado vela en este entierro? Nunca mejor dicho. ¿Se ha quejado algún familiar de alguna víctima? Si no es así ¿quién es usted para decidir lo que es correcto y lo que no en funerales ajenos?
    Mucho me molesta la gente que se erige en representante y defensor de quienes no se lo han pedido.

    • En primer lugar, un funeral de Estado no es algo solo privado, ni un funeral ajeno. Sería ajeno si no fuera oficial, así que como ciudadano opino sobre lo que me parece oportuno si se trata de la cosa pública.

      En segundo lugar, yo “no decido lo que es correcto”, opino con argumentos que me parecen sensatos (no sé si los tuyos lo son, porque argumentos por ahora no has dado), y con la Constitución en la mano. Se pueden compartir o no, obviamente.

      Por último, sobre si se ha quejado algún familiar. Sí lo ha hecho, en este caso, en los mencionados en el post (11M, metro de Valencia, incendio de Guadalajara…) y en muchos otros. Quizás la pregunta es si tú te has molestado en averiguarlo, y si, conociendo a alguna de esas personas, te sentirías menos molesto y cambiarías de opinión. Adivino que no.

  4. Siempre se cumple que los culpables vuelven al lugar de la fechoría,así es como todos esos ipocritas que se mofan en nuestras narices de los derechos de la democracia.corren para sacarse la foto que les retrata como farsantes oficiales de las instituciones usurpadas con mentiras y coacciones.

  5. Cada vez que veo un “funeral de estado” me horrorizo.
    Y pienso que, igual que llevo en la cartera el carnet de donante de órganos, debería llevar una pegatina indicando que NI POR CASUALIDAD, en caso de desastre colectivo, se les ocurriera a las “autoridades” incluirme en ninguna fanfarria de tipo religioso.
    El despido laico que se ha hecho a las victimas en Santiago ayer es un acto mucho mas digno, constitucional y sentido, que todo el paripé anterior.
    Salud y República

  6. Pingback: De toros, religión y derechos | Al revés y al derecho

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