Somos transparentes, son opacos

Fernando Flores

¿Qué saben de nosotros sin nuestro permiso? ¿Qué nos ocultan que deberíamos saber? ¿Por qué (en sociedades llamadas democráticas) los ciudadanos somos tan transparentes y los gobiernos son tan opacos?

Ahora que parece que la historia de Edward Snowden se ha estabilizado en Moscú (mientras mantenga la boca callada) y la del soldado Manning ha quedado sentenciada a 35 años de cárcel (una desproporción denunciada con argumentos nada débiles), quizás podamos detenernos un poco más en el aviso urgente que sus acciones revelaron y en las razones por las que la terrible fuerza del sistema estadounidense los ha aplastado.

Por el analista de inteligencia del ejército estadounidense Manning supimos, entre otras muchas cosas, que su gobierno pasó por alto y no investigó cientos de informes que durante la Guerra de Iraq denunciaban violaciones graves de derechos humanos: abusos, torturas, violaciones y asesinatos llevados a cabo por parte del ejército que ocupó Iraq, así como por la policía y el ejército iraquís, aliados de las fuerzas internacionales. Supimos que sí había un registro oficial de víctimas (algo que se negaba reiteradamente), y asistimos al espeluznante y frívola masacre perpetrada desde un helicóptero Apache a un grupo de personas (entre ellas un periodista de Al Jazeera) que no presentaban actitud peligrosa o agresiva, así como de quienes trataron de recoger y proteger a los heridos.

Snowden - Manning

A Snowden, antiguo empleado de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), le debemos la revelación de documentos clasificados sobre varios programas de la NSA, especialmente el conocido como PRISM, dirigido a la vigilancia de ciudadanos estadounidenses que viven dentro y fuera del país. Dicho programa pondría a disposición de la Agencia correos electrónicos, vídeos, chat de voz, fotos, direcciones IP, notificaciones de inicio de sesión, transferencia de archivos y detalles sobre perfiles en redes sociales.

La razón de Manning era la necesidad de que el público conociera cómo operan las Fuerzas Armadas estadounidenses en el exterior. “Pensaba y todavía pienso que estos son algunos de los más importantes documentos de nuestra era”, afirmó en juicio. Dijo además que su país “se había obsesionado con matar gente” en sus operaciones, y argumentó que mucha de la información que manejaba y filtró a Wikileaks no era especialmente sensible para la seguridad nacional estadounidense y que, pese a que tenía el sello de clasificada, “podía dejarse sobre la mesa”.

En cuanto a Snowden, el Washington Post informó de que el motivo de sus filtraciones era destapar el “estado de vigilancia” existente en Estados Unidos, pues en conciencia no podía permitir al gobierno “destruir la privacidad, la libertad en internet y las libertades básicas de la gente de todo el mundo con esta gigantesca máquina de vigilancia que están construyendo en secreto”.

NSA building

Aunque así se ha afirmado por la acusación, no está claro que las filtraciones de Manning hayan puesto en grave peligro personas o instalaciones vinculadas al ejército estadounidense o a las fuerzas de la OTAN, y en el juicio no se pudo mencionar a una sola persona que falleciera a causa de represalias en respuesta a la publicación de dichas informaciones. Sobre las repercusiones que las revelaciones de Snowden hayan tenido sobre la seguridad nacional, están por ver, aunque según el Presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, “la revelación de esta información pone en peligro a los estadounidenses, muestra a nuestros adversarios qué podemos hacer, y es una violación gigantesca de la ley”.

Sea como fuere, la reacción de la administración estadounidense en ambos casos ha sido, desde un principio, implacable. Como decía Bill Keller, del New York Times, “Estados Unidos ha lanzado un mensaje escueto pero claro: si están pensando en incumplir su obligación de guardar secretos, piénsenselo dos veces, porque les buscaremos y les abatiremos. Puede que para algunos (Manning y Snowden) sean soplones beatificados, pero para su Gobierno son traidores”. Este mensaje no ha quedado en palabras y repercusiones negativas para los informadores, ha provocado importantes consecuencias dentro y fuera del país. Por ejemplo, la empresa estadounidense de mail seguro que dio servicio a Snowden –Lavabit–  ha decidido cerrar antes que dar información y datos al Gobierno (por cierto, muy interesante su nota de despedida, en la que argumenta que cierra “para evitar ser cómplice de crímenes contra el pueblo americano”). Y más allá del enfriamiento diplomático con Rusia, no hace falta recordar la penosa situación que han protagonizado varios países europeos (entre ellos España) por su gestión del asunto Evo Morales, aun habiéndose revelado que ellos mismo son “objetivo a espiar” (eso sí con distintas prioridades) por los Estados Unidos.

colateral murder

Sin embargo, desde otra perspectiva que no deja de ser importante –la de los derechos fundamentales–, estos “traidores” revelaron información secreta o clasificada que nos habla de algunas cosas que deberíamos haber sabido sobre la actuación de la Administración estadounidense (y aliadas), y nos habla de cosas que esa Administración sabe sobre la privacidad de los ciudadanos, sin que esos ciudadanos siquiera estén advertidos de que eso puede ser posible. Es decir, esa información nos habla de la negación de nuestro mismo derecho a dar y recibir información; nos habla de la distorsión del derecho al control de los poderes públicos en los sistemas democráticos; y nos habla de la intromisión aparentemente desproporcionada en el derecho a la intimidad personal y familiar, en ese espacio privado irreductible que debe estar a salvo de cualquier intromisión de terceros, más aún si ese tercero es el Estado.

Llegados a este punto, tres son las reflexiones que brevemente me gustaría compartir en este post.

Primera. Me pregunto quién controla la ‘zona oscura’ para evitar que intereses privados se adueñen de ella.

Parto de la dificultad de valorar como ciudadano de a pie las repercusiones ‘ciertas’ que las revelaciones de Manning y Snowden hayan podido tener tanto para los intereses vinculados a la seguridad de los Estados Unidos como para los de España. Intereses que, si fueran legítimos, serían los intereses de todos los ciudadanos. Digamos que esto es lo que debería hacerme sospechar y rechazar la actuación de los dos informadores.

Aquí me enfrento con una realidad y una duda.

La realidad es que la propia naturaleza secreta de lo revelado impide, al menos a los ciudadanos, realizar con el rigor necesario la “valoración de daños” que han podido ocasionar las filtraciones. ¿Hasta qué punto algunos de los datos publicados por Manning han podido poner en peligro la vida o integridad de personas…? ¿Ha hecho Snowden un favor a grupos terroristas como Al Qaeda…? Uno siempre aborda estos temas de la seguridad con el temor (siempre el temor) de frivolizar sobre algo que es bastante serio y complejo, pues es consciente que el ejercicio del poder, a cualquier nivel, requiere para funcionar una zona de reserva o penumbra. Por ello, para superar este inconveniente no queda otra que dirigir la mirada a los representantes y a los medios de comunicación. Es decir, a quienes controlan en sede parlamentaria las acciones del Gobierno (a fin de cuentas ¿no se han habilitado comisiones especiales para que estos temas de la seguridad sean tratados con la reserva necesaria?), y a quienes deben investigar periodísticamente esas mismas acciones e informar verazmente a los ciudadanos.

Y aquí aparece el problema de “la realidad”.

Varios congresistas de Estados Unidos, demócratas y republicanos, han criticado las difíciles condiciones a las que se enfrentan a la hora de realizar una efectiva supervisión sobre los programas de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), reconocen que esos programas se adoptan y aplican sin que los representantes tengan un “pleno conocimiento” de su alcance, y denuncian la existencia de “puertas traseras” o “lagunas legales” que permitirían “interpretaciones secretas” a favor del espionaje a ciudadanos. En estas circunstancias ¿es el control parlamentario una herramienta que funciona al nivel que la seriedad de los temas de seguridad reclaman? ¿Debemos conformarnos con esta ineficacia institucional cuando nos estamos jugando –literalmente- espacios fundamentales de nuestra libertad?

NSA unchained

En cuanto al papel de los medios, resulta revelador que Edward Snowden eligiera al periodista Glenn Greenwald, del diario británico The Guardian, y a la cineasta Laura Poitras, (excelente su documental The Program), para hacer sus revelaciones sobre el programa de vigilancia del Gobierno de EEUU. En palabras del ex asesor de la NSA: “después del 11 de septiembre, muchos grandes medios de comunicación estadounidenses han abandonado su capacidad de supervisión y la propia responsabilidad de la prensa para advertir contra los excesos del gobierno, por temor a ser vistos como antipatriotas y ser castigados por el mercado en un momento en que se intensifica el nacionalismo”.

A la vista de lo anterior no debe de extrañar que existan dudas sobre la honestidad de quienes desde el poder atacan sin matiz el comportamiento de los dos informadores. En definitiva, podría hablarse de una desconfianza razonable sobre cuáles son los verdaderos intereses (y los verdaderos interesados) que se esconden detrás de lo que no se dice y de lo que se espía. Porque cuando lo que está en juego son los derechos y las libertades públicas, la obligación del ciudadano, de sus representantes y de los medios de prensa es desconfiar y exigir control y responsabilidad sobre los actos del poder.

Más aún en el contexto de privatización del Estado (Josep Fontana) que han experimentado las democracias liberales desde el último tercio del siglo XX. Confiar en que el Estado controle el riesgo digital es, como señala Ulrich Beck, confiar en que el lobo guardará las ovejas, pues “es precisamente el Estado, en cooperación con las grandes corporaciones digitales, el que ha levantado ese poder hegemónico para optimizar su interés esencial, que es la seguridad nacional e internacional”. Y pretender que él mismo, a través de las instituciones pertinentes, fiscalice con rigor sus actos relacionados con la defensa y la seguridad, suena más bien a inocente buenismo que a conciencia de cómo funcionan las cosas. Así que, a la vista de ellas, tampoco debe extrañar que se reclame el protagonismo ciudadano y se apruebe la acción de personas como Manning y Snowden.

Utah Data Center1

Segunda. Las revelaciones como actos de desobediencia civil.

La segunda reflexión (más corta, aunque da para mucho) me lleva a ver los actos de los “whistleblower Manning y Snowden (y de otros como ellos menos conocidos) como una especie de actos de desobediencia civil. Es decir, sus filtraciones serían actos conscientemente ilegales que tendrían como objetivo llevar a cabo la denuncia de normas y actos de los poderes públicos que chocarían frontalmente con los principios éticos de los desobedientes, quienes de algún modo “aceptarían” las represalias y consecuencias negativas de sus revelaciones. En el caso de Snowden esto es muy claro, pues asumió desde el principio dejar su vida en Hawai y vivir como un asilado. El de Manning es algo diferente pues fue delatado por un hacker, aunque su declaración en juicio avala su descripción como desobediente ético.

Soy consciente de que el argumento de la desobediencia civil tiene un peso relativo (al menos por sí solo) en la justificación de los actos aquí controvertidos. Sin embargo sí me parece un motivo suficiente como para que al menos enfoquemos nuestra atención más en el interés de lo denunciado (pues en la misma medida que lo denunciado es cierto es grave) que en las peripecias y suerte final de los denunciantes, los cuales, al fin y al cabo, tampoco tenían mucho que ganar con su acción (como así ha quedado demostrado). Esto me lleva a la última reflexión.

Tercera. Qué hay de lo denunciado.

En mi opinión se ha hablado poco (atendida su gravedad) sobre la legalidad o ilegalidad de los actos denunciados. ¿Fue legal la acción por omisión de quienes teniendo la obligación de investigar la vulneración de los derechos humanos por el ejército y la policía (Caso Manning), o denunciar la intromisión desproporcionada en la privacidad de los ciudadanos por partes de agentes de la autoridad pública (Caso Snowden), prefirieron callar, ocultar y ser cómplices? ¿Cuál es la responsabilidad de estos funcionarios? ¿Se les está investigando o juzgando? ¿Por qué no sabemos nada? Y en concreto, ¿puede ser más grave la pena para Manning que para la tripulación del Apache que acribilla primero a personas indefensas en actitud pacífica y más tarde a quienes acuden a socorrerlos para llevarlos al hospital, con un saldo total de una docena de muertos?

Lo cierto es que las revelaciones de los dos informadores muestran indicios de vulneraciones graves y a gran escala de las libertades públicas de los ciudadanos, cuando no de un peligroso agujero en el equilibrio constitucional de poderes del Estado, y no solo del norteamericano. En el caso del riesgo digital, tal y como apuntaba hace poco Gemma Galdon en un artículo sobre “Espionaje y derechos humanos”, desde que Snowden reveló la existencia de PRISM “hemos sabido que Gran Bretaña tiene su propio programa, Tempora, y que la mayoría de gobiernos occidentales comparten felizmente los datos personales e infraestructuras de que disponen, sin que existan garantías legales, ni derechos de acceso, ni capacidad de control ciudadano o político de estas prácticas”. Por no hablar de la implicación de empresas como Microsoft, Facebook, Google, Apple, Yahoo, Skype, YouTube, AOL y PalTalk, que habrían permitido a la NSA a utilizar sus servidores en aplicación del Programa PRISM … ¿Se van a dar explicaciones aceptables sobre todo esto?

Poco consuelo dan los argumentos de la NSA, como el que afirma que la Constitución no prohibiría estrictamente la adquisición de los datos sensibles de los ciudadanos, sino su posterior investigación y tratamiento sin garantías (lo que daría cobertura a que instalaran cámaras en todos los hogares de EEUU); o el que alega que el programa ha sido aprobado por las comisiones de inteligencia de Congreso y Senado (ya vimos con qué límites); o el que dice que se han evitado no menos de 50 actos terroristas (de los que no pueden darse detalles). Todos ellos suponen un “confía (ciegamente) en nosotros” poco compatible con el Estado democrático de Derecho, con el principio de responsabilidad de los poderes públicos y con la prudente desconfianza que debe alimentar el control de los actos de poder sobre los derechos y libertades ciudadanas.

En conclusión, las revelaciones de Manning y Snowden, cada una en su ámbito (en torno a vulneraciones de derechos perpetradas por el ejército y no investigadas, o acerca de la vigilancia de metadatos de teléfonos y correos electrónicos), han refrescado la conciencia sobre un estado de vulneración de la libertad que, como dice Beck, “no duele, no se nota, no se experimenta como una enfermedad, una inundación o una carencia de oportunidades laborales… (ya que la libertad) muere sin que las personas sean heridas físicamente”. Una situación, por ello, más peligrosa.

Si queremos preservar las libertades ciudadanas es necesario despertar la conciencia en la sociedad global de que la seguridad prometida está sigilosa e interesadamente comprometiendo su libertad. Para ello debe fortalecerse la presión ciudadana, la vigilancia parlamentaria rigurosa, las decisiones judiciales garantistas, las instancias supranacionales eficaces, y las “mundialización” de los derechos y sus garantías (hay que superar el Estado de Derecho e ir pensando en crear un Planeta de Derecho). De lo contrario poderes cada vez más opacos controlarán y dirigirán personas cada vez más transparentes e indefensas.

ojo NSA

3 pensamientos en “Somos transparentes, son opacos

  1. Totalmente de acuerdo.
    Pero hay mucha gente que prefiere no reconocer las cosas, y cada dia nos acercamos más a una dictadura global asumida.De hecho el que haya libertad de algo, no significa que seamos libres o nos sintamos libres.
    Tal vez cuando lleguen las elecciones el político comunique que se va a cambiar las cosas, y la inmensa mayoría posiblemente si no reacciona antes, caerá otra vez en la misma trampa.

    Gran_Artículo. )

    Saludos.

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