Becas y tasas. Las clases a clase

 Pepe Reig

El inmoderado ministro Wert celebra que las movilizaciones cívicas y estudiantiles contra su ofensiva privatizadora no tengan la contundencia que se acostumbra en otras latitudes. El estilo bronco del ministro de educación sólo puede considerarse inadecuado, si se busca un Pacto Educativo; pero no lo es en absoluto si se pretende arrasar un modelo defectuoso, pero solidario, solidario para implantar uno clasista. Y parece que ese es el plan.

La propuesta de apadrinamiento de estudiantes que defendió Adelaida de la Calle, presidenta de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas) ante la brutal subida de tasas, representa el grado cero de la idea de un derecho universal a la educación. La indignación con que fue acogida por sindicatos y partidos de izquierda, asociaciones de estudiantes y por algunos rectores, da cuenta del deterioro de los consensos educativos básicos en el país. Pero los argumentos contra esta alternativa bienintencionada, aunque absolutamente dentro de la lógica neoliberal del gobierno y tan en línea con la conversión de la Universidad en un territorio de negocio, no han tenido la profundidad suficiente para afectar a su línea de flotación. Así que no descarto que nos encontremos de pronto ante el mecenazgo dieciochesco de talentos, a manos de nobles empresarios o sponsors de hoy en día.

El debate en España está siendo alicorto y conformista, porque se niega a llegar al fondo de la cuestión: el modelo de universidad que se pretende para una sociedad democrática europea del siglo XXI.

El efecto combinado de los recortes y reformas de Wert, junto a la subida de las tasas y el endurecimiento del acceso a las becas es la inversión de una tendencia que compartíamos hasta hace poco con la mayor parte del mundo. La tendencia a la democratización del acceso a los estudios superiores que se había ido registrando sin interrupción desde mediados de los noventa.

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En efecto, entre 1995 y 2009  se produjo, al decir de los expertos, una apertura generalizada del acceso a los estudios superiores de 22 puntos porcentuales de media en los países de la OCDE. Esto significa que “casi el 60% de las cohortes de edad relevantes acceden a la universidad” (Jorge Calero). Esto no ocurre solo, ni siquiera principalmente, porque se mejoren los indicadores de equidad en nuestras sociedades –todo indica que ha ocurrido justo lo contrario desde que el neoliberalismo es la religión oficial-, sino porque lo requiere el sistema productivo. La universidad como espacio de elite y privilegio había ido quedando atrás por razones de justicia y eficacia social. España había llegado a estar levemente por encima del objetivo marcado por la Unión Europea para 2020, pero los expertos creen que se acaba de invertir la tendencia.

La barrera de las tasas

Al igual que el Reino Unido, nos encaminamos a un modelo clasista de universidad. Partiendo de una tasa de universitarios 20 puntos por debajo de la media OCDE, acabamos de entrar, con el RD 14/2012 de 20 de abril, en un túnel cuya salida nos llevará a algún  punto del pasado. Antes de la subida impuesta por ese decreto, éramos el décimo país más caro de la Europa-25 en estudios universitarios. Las tasas han subido ahora de modo desigual, porque las comunidades autónomas tenían libertad para elegir el porcentaje del coste de la enseñanza de Grados y Masters que se hacía recaer sobre el estudiante, dentro de un rango entre el 15 y 25%, para la primera matrícula. Algunas, como Galicia o Andalucía, se han mantenido cerca de los mínimos y otras como Madrid, Cataluña o Valencia han aplicado los máximos. Esto se ha traducido en subidas respecto al año anterior que rondan el 20% de media, aunque ha llegado al 66% en Cataluña y al 51% en Madrid. Lo que este Real Decreto consagra es la realidad de que en España, cada vez más, las clases sociales no tienen la misma probabilidad de ir a clase.

De acuerdo con el OSU (Observatorio del Sistema Universitario), que complementa un estudio de la Comisión Europea para el que el ministerio no había aportado datos, el panorama del acceso a la universidad en Europa es como sigue:

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 Precios mínimos y máximos de un curso de grado (barras con medidas en el eje derecho) 
y porcentaje de estudiantes que los pagan (eje izquierdo, barras verdes). 
Curso 2011-12 menos para España (2012-13).

En el otro extremo de la ecuación, el de las ayudas que deberían compensar aquellos precios discriminadores, no tenemos mejores noticias. El cambio de características de las becas terminará de completar lo que la crisis y las tasas no hayan podido hacer. El debate se centró al principio en la barrera del 6,5 de nota para acceder a beca, y en el efecto de exclusión social que el ministro Wert se negaba a ver. Los estudiantes brillantes, se decía, llegarán a la universidad y completarán sus estudios. Lo que no se dijo es que los estudiantes mediocres también llegarán, pero sólo si son hijos de clases pudientes, porque unos dependen de sus resultados y los otros no. Lo que se oculta es que un mal estudiante rico acabará la carrera aunque sea por aburrimiento, mientras que a su colega de pocos recursos le echamos vía tasas y matrículas y le rematamos negándole la beca. La larga marcha hacia la democratización del acceso a la universidad, será sustituida, cada vez más, por una obsoleta elitización que no ha sido la norma en los últimos años en el entorno europeo, pero puede llegar a serlo. Las clases, algunas sólo, a clase.

Pero después de que el ministro Wert tuviera que recular parcialmente desde el 6’5 hasta el 5’5 (para matrículas, pero no para becas), lo que se viene a poner en evidencia son los otros aspectos del proyecto: reducción de las cuantías, endurecimiento de los requisitos y, sobre todo, preparación para el desembarco de las llamadas “becas-préstamo” que convierten a los estudiantes en “clientes” del MEC y de los bancos.

La combinación de tasas/matrículas y sistema de becas muestra resultados muy variables en Europa. Eso indicaría que no hay un modelo dominante en el continente. Algunos países ofrecen grados y másteres gratis o por una matrícula apenas simbólica (Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia) y otros cobran al estudiante porcentajes elevados del coste total del puesto universitario (Irlanda, Reino Unido, Hungría y Rumanía). En España hemos pasado en poco tiempo al grupo de los más caros. Algunos países ofrecen becas a casi todos los estudiantes y otros racanean en torno a 15 ó 20% de afortunados que reciben becas mínimas, apenas equivalentes a una mensualidad. Vuelven a ser los países nórdicos, cuyas matrículas son gratuitas, los que disponen de mejores becas anuales –becas salario- y las ofrecen a más estudiantes. En todo ese panorama, España se halla siempre en el segmento bajo, con apenas un 23% de alumnos becados (datos del Observatorio del Sistema Universitario).

Pero si no hay unanimidad en Europa en cuanto al valor de las tasas y las ayudas, no es difícil ver una línea divisoria clara entre los países con un fuerte Estado del Bienestar y aquellos otros en que éste no ha tenido la oportunidad de desarrollarse o ha sido ya decididamente socavado por las políticas neoliberales.  El eje nórdico es el paradigma de gratuidad y Alemania el ejemplo de qué es lo que se juega en un debate sobre las tasas.

Lo que está detrás del proyecto de encarecimiento de las matrículas y recorte de las becas es, naturalmente un concepto empresarial de la universidad. Un concepto en el que el derecho a la educación deja de ser la prioridad y la idea de poner la universidad al servicio del sistema económico ha llegado a ser el nuevo horizonte.

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La idea de que los/as estudiantes deben ir asumiendo cada vez una parte mayor del coste real de su formación, presentada con visos de sensatez y realismo, es el mantra con que se quiere introducir por la puerta falsa un cambio radical en el concepto de enseñanza universitaria. Esta enseñanza deja de ser parte de un derecho genérico a la educación, para ser una opción de consumo: se contrata un servicio y se tiene derecho a él, si se paga adecuadamente. La universidad pasará de este modo a ser una empresa de servicios y como tal será gestionada. Todo derecho que sea susceptible de convertirse en negocio, dejará, más pronto que tarde, de ser un derecho: barreras económicas en forma de tasas-matrículas, reducción de las ayudas públicas y progresiva conversión de las becas en “préstamos bancarios”, que redondean el sometimiento del sistema al designio capitalista. Estos son los requisitos de un cambio de paradigma. Mejor dicho, son los requisitos del lado del acceso. En el lado de los contenidos tampoco estamos a salvo: cuando parecía que la autonomía universitaria se consagraba en todas partes frente a injerencias del poder político, nos encontramos con que la amenaza viene del mercado, el nuevo Leviatán. El Espacio Europeo de Educación Superior se ha proyectado, expresamente, para asegurar la excelencia y la competitividad de la economía europea. Con ese objetivo se diseñan currícula y crean o se destruyen masters. La autonomía del pensamiento, la investigación crítica y la creatividad, deben sacrificarse al sistema económico. No importa que el discurso se envuelva en etiquetas de calidad y excelencia, el fondo de la cuestión es claro como el agua.

Universidad como derecho

Frente a este cambio de paradigma no cabe una crítica superficial, que se limite a señalar el “abusivo precio de las tasas”. Ni siquiera basta con denunciar el efecto de exclusión social, con ser gravísimo y profundamente antidemocrático, del recorte de las becas. Es preciso pasar a un discurso ofensivo que replantee el sentido de la universidad y su papel en nuestras sociedades. La convergencia de intereses entre el mundo empresarial y la universidad, no puede cancelar el derecho a la educación, ni ponerse por delante de él. El mismo sistema económico que propició la progresiva extensión del acceso a la Universidad durante las últimas décadas, no puede servir de coartada para invertir ese proceso.

Esta encrucijada no es nueva y ya conocemos algunas de sus derivaciones. En los años 90 y siguientes asistimos a un debate en el mundo político alemán sobre este asunto. Sindicatos de estudiantes, profesores y asociaciones cívicas se unieron en una plataforma contra las tasas académicas. No contra una cantidad u otra, no contra tal o cual incremento de su cuantía, sino contra el concepto mismo de tasa y la barrera social que representa en la consecución del derecho a la educación. Los partidos de izquierda, socialdemócratas y verdes, asumieron programáticamente la propuesta y combatieron la ola neoliberal que ridiculizaba a la sazón toda sugerencia de gratuidad. Hoy sólo dos Lander mantienen las tasas y la batalla de la opinión se está ganando a favor de una educación gratuita.

Algunas plataformas internacionales están definiendo los perfiles de lo que consideran uno de los derechos Económicos, Sociales y Culturales, apoyándose en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que en su Artículo 26 proclama que “toda persona tiene derecho a la educación” y que “el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos”. Resoluciones de la UNESCO, Conferencia Mundial sobre Educación Superior, Conferencias Internacionales sobre Educación y Desarrollo, Comisión Mundial sobre la Cultura, etc. Se trata, como señala el Pacto Internacional  de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de hacer accesible la Educación superior “por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita”.

Los términos del debate no debieran mantenerse en torno a la cuantía de tasas y becas, y mucho menos en torno al mecenazgo o apadrinamiento. Esos no serían más que distracciones del verdadero problema: el problema de si se quiere una universidad dirigida desde y para el mundo privado y el negocio, o se reivindica el derecho a estudiar en una universidad de servicio público que mantenga su autonomía y su función social. Aunque quizá eso sea mucho pedir para unas fuerzas sociales que, según el ministro, hacen “fiestas de cumpleaños” en vez de protestas.

3 pensamientos en “Becas y tasas. Las clases a clase

  1. Gracias, Sr. Reig por este impagable escrito, un impagable escrito lleno de sabiduría, rigor y compromiso. La derecha española tiene claro que la educación es uno de los campos de batalla determinantes para sus intereses y su modelo de sociedad, y bebe de las fuentes británicas neoconservadoras, en las que se encuentra el pensamiento más elaborado sobre el papel de la educación como transmisión de ideología y reparto de la riqueza y del trabajo. Ese pensamiento está en la perfecta descripción que ud. hace en su magnífico artículo. Enhorabuena.

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