Tetek (III): El origen

José Miguel Sánchez

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La infancia de Tetek son recuerdos de un descampado polvoriento de Yaundé y un terreno mísero donde a duras penas crecen algunas verduras. Él siempre fue el de en medio. Era el mediano de los hijos varones. El terreno familiar estaba frente a la carretera oeste entre otras dos propiedades. Sus tardes las pasaba dando patadas a un balón soñando ser un medio punta.

Un día se sorprendió a sí mismo. No había llegado todavía a los doce. Se mantenía sentado dejando caer distraído la tierra entre sus dedos. Estaba pasmado mirando a Jacques. Fue como… Nunca ha sido capaz de describirlo. Era un cosquilleo en el estómago. No el del hambre. Ese es distinto. Se irritó consigo mismo. Salió corriendo. Llegó a casa. Se acurrucó en un rincón. Abrazó sus rodillas. Anduvo varios días cabizbajo. No hablaba. ¡Que no sea verdad Tetek! ¡Que no sea verdad Tetek! Se repitió una y mil veces. Cuando uno se dice eso, todo está perdido. No hay tiempo para la desesperación. Tampoco merece la pena huir. Nadie corre más rápido que su sombra. Es el momento de la estrategia. La inteligencia ha de sacarte adelante. Tetek dejó de tener los ojos llorosos. Su mirada adquirió ese brillo de los que tiene una misión que cumplir.

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Fueron dos semanas de planificación. Pensaba que mejor en alguno de los descansos en la escuela. Al rato creía que tras el oficio religioso del domingo. Quizás en el descampado. Al día siguiente, ya no estaba tan seguro de qué manera debía hacerlo. Según transcurría el tiempo solo sabía que tenía que hacerlo. Era una obsesión. Sin dormir. Apenas comer. Dejó casi intacto el ndolé que tanto le gustaba. Su madre había hecho un gran esfuerzo para celebrar el 20 de mayo. No pudo aguantar más. Acabó el partidillo de aquella tarde. Supo que había llegado el momento. No era el lugar adecuado. Tampoco el instante propicio. Pero se iba a volver loco. Se acercó a él. Ya no quedaba nadie más. Lo miró fijamente a esos ojos azabache. ¡Qué pestañas! pensó. Jacques le sostenía la mirada. Entre atónito y divertido. Era su mejor amigo. Esas dos últimas semanas su comportamiento le había parecido extraño. Quería saber qué tenía que decirle. Tetek abrió la boca. No articuló palabra. Cerró los ojos. Se acercó. Le dio un beso en la mejilla. Salió corriendo. Tanto pensar cómo iba a decírselo y al final: eso. Un beso. Mierda, masculló entre dientes. Ese día tardó más en llegar a casa. No pudo explicárselo. Vaya reacción estúpida.

Al día siguiente la cabeza le estallaba. Eso dijo a su madre. No era mal estudiante. No tenía porque sospechar ninguna treta de su hijo. Si hubiera sido su hermano mayor, lo habría despachado rápido. Estuvo todo el día acurrucado. Se le oía musitar: ¡vaya estupidez! ¡vaya estupidez! Algún día tendría que enfrentarse a lo que había hecho. Mañana no era mejor ni peor. Al amanecer, se lanzó de la cama. Caminó los veinte minutos de distancia hasta el destartalado colegio. Se paró a menos de veinte metros. Observó a su alrededor para comprobar si ya estaba por allí. Una mano en su hombro. Un sobresalto. Un pinchazo en el estómago. Una corazonada. Volver el rostro. Sus ojos. El abrir de una sonrisa. Una mano que toma la suya. Un suspiro. A disimular eternamente.

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Se veían a escondidas. No era difícil. Tres años de relación. Los murmullos empezaron. Sólo eran rumores. No eran inocentes. El vecino de la familia del Tetek, tras algunos años de inquilinato, había accedido a venderles el terreno. Las inevitables desavenencias. Algo sobre las cuotas. Qué más da. Atacó por el lado más débil. Aprovechó los rumores sobre Tetek. Se dirigió a la Gendarmería. Le denunció. Hechos: le había visto desde su ventana darse un beso con otro hombre. La reacción fue inmediata. Una orden de búsqueda. Bajo una foto de Tetek, un texto nefando.

“Es necesario buscar activamente en toda la extensión del territorio nacional, especialmente en el perímetro urbano de la ciudad de Yaundé y sus alrededores al llamado Tetek (sin más detalles). El interesado ha sido objeto de diligencias judiciales por prácticas homosexuales en lugar público. En caso de encontrarle, interpélenle y condúzcanle a un puesto de policía o a la gendarmería más próxima y avisen urgentemente a la Comisaría de Seguridad Pública del Distrito 12 de la Ciudad de Yaundé”.

Lo sospechó. Dio un beso a sus padres. Se dirigió a casa de Jacques. Lo avisó de la forma acostumbrada. Fueron donde costumbre. Hicieron el amor. No le dijo nada. No le ha vuelto a ver desde entonces. No pasó demasiado tiempo. Se embarcó en un viaje que le llevó por Nigeria, Níger, Argelia y Marruecos destino a la vieja Europa. Miró la verja en Melilla. Le pareció un muro infranqueable. Europa tan cerca. A la mano. ¡Qué lejos quedas!

Mucho después de haberle conocido. Cuando consiguió entender que aquel grupo de compatriotas no era lo único que tenía en España. Entonces, fue cuando le contó aquella historia a mi marido. Quizás por su edad. A lo mejor porque veía en él alguien que también había nacido a muchos kilómetros de distancia. Jonathan le escuchó con atención. Supongo emocionado. Al escuchar su historia, yo intenté evocar como fue mi descubrimiento. Mi primera mirada cómplice. Mi primer beso. Debo ser insultantemente viejo. No los recuerdo.

Quién iba a decirlo. Tetek no saltó la verja en busca del dorado europeo. La saltó huyendo del plomo africano. La cárcel o el exilio. Es un refugiado por orientación sexual.

El artículo 3 de la Ley 19/2009, de 30 de octubre, establece que

“La condición de refugiado se reconoce a toda persona que, debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas, pertenencia a determinado grupo social, de género u orientación sexual, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no puede o, a causa de dichos temores, no quiere acogerse a la protección de tal país (…)”.

Han pasado muchos años. Por fin se ha reconocido legalmente. La persecución por razones de orientación sexual es causa para conceder la condición de refugiado. Ahora queda lo más difícil: que el Ministerio del Interior y, más aún, la jurisdicción española acaben de creérselo.

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Camerún sanciona penalmente los comportamientos homosexuales. No es el único en el África subsahariana. Pueden leerlo en el Informe anual de 2011 sobre esta zona del mundo del Observatorio para los Defensores de Derechos Humanos. España no sanciona estas conductas. Hasta se permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. Está lejos de mostrar la suficiente sensibilidad hacia este problema. Sólo un ejemplo: es reiterada la posición española a inadmitir las solicitudes de asilo instadas por homosexuales con el argumento de que, más allá de la evidencia de su orientación sexual, no acreditan una persecución en concreto por parte de las autoridades del país de origen. En la Sentencia de la Sección Segunda de la Sala de lo Contencioso-administrativo de la Audiencia Nacional núm. 79/2013, de 17 de enero, puede leerse que “aunque aceptáramos, pese a la total y absoluta falta de prueba, que el recurrente ostentase esa alegada condición de homosexual, no consta tampoco en modo alguno que haya sufrido persecución por razón de la pertenencia a ese colectivo y que, además, esa persecución, que debería haberse manifestado en hechos o conductas concretas a las que tendría que haberse referido la demanda con un mínimo de detalle, sin guardar, como hace, total y absoluto silencio al respecto, provenga de las autoridades de su país, bien por ser los protagonistas de la persecución hacia su persona, bien por evidenciar pasividad o abstención frente a supuestas denuncias que no constan formuladas”. De ese modo, la Sentencia de ese mismo órgano judicial núm. 5349/2012, de 27 de diciembre, sí estimó el recurso presentado al apreciar que el solicitante había fundamentado su solicitud en un exhaustivo y coherente relato de persecución penal avalado, entre otros, por copias de dos citaciones por delitos de organización de una manifestación a favor de los derechos de los homosexuales y práctica de la homosexualidad, la orden de búsqueda por esos mismos hechos y la de detención en ejecución de una sentencia condenatoria. No basta con ser homosexual. No basta con que el comportamiento homosexual esté sancionado penalmente. Es necesario que sea concretamente perseguido por ello.

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No es nuevo el problema. Como ha recordado ACNUR, en los casos basados en opinión política o religión, se ha sostenido consistentemente que no se puede esperar que una persona suprima sus opiniones políticas o creencias religiosas para evitar la persecución, ya que lo contrario sería contradecir la esencia verdadera de la protección internacional del refugiado (Directrices sobre protección internacional: la «alternativa de huida interna o reubicación» en el contexto del artículo 1A(2) de la Convención de 1951 o el Protocolo de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados, 2003). Los temas de orientación sexual son otro cantar. La discusión está siendo interminable en relación con valorar que un homosexual practique con discreción o mantenga oculta, no haciendo ostentación pública, su homosexualidad. ¿Es la discreción del homosexual respecto a su orientación sexual una alternativa legítima para impedir el reconocimiento de la condición de refugiado? ¿Puede hacerse recaer la responsabilidad de la persecución en una supuesta indiscreción en cuanto a su orientación sexual? ¿No implica esta exigencia de “discreción” un estándar discriminatorio frente a los supuestos de persecución por motivos de opinión política o creencias religiosas?

Parece que es menos digno ser maricón, que cristiano. El primero tiene obligación de mantener su condición convenientemente guardada en un armario en caso de persecución. Al segundo es una ignominia que se le exija llevar la cruz junto al corazón debajo de la camisa. Por eso, a este se le otorga la condición de refugiado con el mero hecho de la comprobación de que no se le permitiría practicar sus ritos. Aquel tiene la advertencia de que como puede practicar sus ritos de apareamiento sodomita escondido en las catacumbas que dejaron vacios los cristianos, todavía no ha llegado el momento de su plena protección internacional. Algún día se avergonzarán de estos razonamientos. Mientras tanto, más dolor. Más sufrimiento.

Llamé a Javier Galparsoro, de CEAR-Euskadi. Aquella famosa orden de captura era un documento vital, si decidíamos solicitar el estatuto de refugiado para Tetek. Yo lo sabía. Javier tiene amplia experiencia. Es un hombre sabio. Nadie como él pondera la lucha jurídica con la estrategia social. Su opinión siempre es una visión desde una atalaya distinta. Mira los problemas desde muchos años de experiencia. Les pone un chorro de sensibilidad social. Una gran dosis de rebeldía e inconformismo. Su ingrediente secreto es un toque de mala hostia. Lo que te dice, como buen vasco, es el resultado de un equilibrado cocinado. Dio en el clavo. ¿Has valorado que Tetek lleva ya en España demasiado tiempo? Cierto. Otro de los obstáculos siempre presentes para conceder el estatuto de refugiado es el lapsus desde que se entra en España y se formaliza la solicitud. El Estado es poco receptivo a la necesidad de restablecimiento y reflexión de los perseguidos. La solicitud estaría condenada al fracaso. Me queda un consuelo. Tetek no podrá ser expulsado de España. Aquella orden de detención sirve para acreditar un riesgo cierto de sufrir persecución por razón de orientación sexual. No le dará el estatuto de refugiado. Al menos, impedirá que pueda ser expulsado por su situación de irregularidad migratoria.

A Tetek mis tribulaciones jurídicas le dan lo mismo. Aquella orden le alejó para siempre de Jacques. Siente tan lejano el calor de su cuerpo que cree haberlo olvidado.

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Foto 1: Dos homosexuales se besan en un callejón de Nairobi / AFP.
Foto 4: Martín Machapa.
Foto 5: Zanela Muholi.

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