El (es) tupido velo del paternalismo

Por Ana Valero

El Tribunal Supremo acaba de anular una Ordenanza del Ayuntamiento de Lleida que prohibía el uso del burka en los espacios públicos. Así, con una sentencia, de catorce de febrero de 2013, anula el Acuerdo del Pleno del Consistorio de 8 de octubre de 2010, que, modificando la Ordenanza Municipal de Civismo y Convivencia, prohibía el acceso o permanencia en los espacios o locales destinados al uso o servicio público a las personas que porten velo integral. Impidiendo, además, acceder con dicha prenda al archivo municipal y obligando a los que lo portaran a identificarse ante el personal de transporte de viajeros bajo amenaza de multa de hasta 600 euros.

Soy mujer, progresista y constitucionalista, atributos, los tres, que bien podrían predisponer al lector, para desilusionarlo después, sobre la inclinación con la que abordaré en estas líneas una cuestión tan polémica como el uso del velo islámico integral en los espacios públicos. Sé que me adentro en un debate especialmente sensible en entornos feministas, pero trataré de salir indemne siendo fiel a mi propósito: hablar a favor de la igualdad y la libertad de la mujer musulmana desde una posición que rechaza de lleno el paternalismo de la cultura social dominante, aquélla que, cuando prescinde de que la dignidad reside en el respeto por la libre voluntad, corre el riesgo de limitar ilegítimamente el ejercicio de los derechos fundamentales básicos.

burka

Varios son los derechos y principios constitucionales implicados en la prohibición del velo integral y, como expondré, el Tribunal Supremo no pasa de puntillas sobre ellos. Sin embargo, es una cuestión de carácter competencial la que conduce al Supremo a anular la ordenanza municipal cuestionada, abriendo la puerta a una futura ley que pudiera prever tales límites. Pero vayamos por partes.

La primera cuestión a abordar es si ataviarse con el velo integral constituye una manifestación del derecho a la libertad de conciencia, en este caso religiosa, de quién lo hace. El Tribunal Supremo es claro y, haciéndose eco de la reiterada jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, afirma que ello es innegable, con independencia de que las auténticas fuentes de la religión islámica contemplen esta conducta o no como un verdadero deber. Y ello porque es indiscutible que existe una motivación de conciencia en la decisión de vestirse con el burka y no corresponde al Estado valorar su legitimidad.

Parece, pues, que si no existe duda de que el uso del velo integral responde a una motivación de conciencia, su prohibición no puede entenderse más que como una limitación del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa que debe, para ser constitucionalmente legítima, cumplir dos requisitos. El primero, perseguir la protección de otro u otros derechos o bienes constitucionalmente reconocidos y, el segundo, la proporcionalidad de tal limitación, esto es, a grandes rasgos, la necesidad e idoneidad de la misma.

Veamos pues cuáles son esos otros derechos o bienes constitucionalmente protegidos llamados a ser ponderados con la libertad ideológica y religiosa, para examinar, después, si merecen la consideración de “términos de ponderación”, pues es aquí, desde mi punto de vista, donde reside el principal punto de flaqueza de quienes defienden la prohibición del uso del velo integral en el espacio público.

Sin circunscribirme a la Sentencia del Tribunal Supremo que motiva estas líneas trataré de exponer, para rebatir después, los motivos aducidos, no sólo por el consistorio de Lleida, sino también por el legislador francés o belga, que han aprobado leyes que imponen una prohibición general al uso del burka, y que están motivando otras propuestas legislativas en diferentes países europeos.

En este marco, se aduce la incompatibilidad del uso del burka en la esfera pública con los pilares basilares del orden democrático-liberal occidental, entre los que se encuentran la dignidad de la mujer y la igualdad de género. El velo que cubre el rostro de la mujer es, para el legislador francés o para el ayuntamiento de Lleida, un instrumento de opresión sexista que niega la dignidad de la mujer y un símbolo del fundamentalismo islámico que manifiesta lejanía a los valores de la sociedad occidental y que denigra a la mujer musulmana. Otro de los motivos invocados carece de tales tintes moralistas y adquiere un carácter más represor, apelando a la seguridad y al orden público como principios que pueden verse amenazados por el uso del burka en el espacio público. Pero son, quizás, aquéllos sobre los que pivota la ordenanza municipal enjuiciada y otras adoptadas con posterioridad a su aprobación en 2010 en distintos municipios catalanes, los más llamativos, pues apelan a un genérico “derecho a no ser molestado“ o a la no perturbación de la tranquilidad de los vecinos que puede verse alterada por el ocultamiento del rostro de la mujer.

Por lo que se refiere al carácter sexista y opresor del velo integral, creo que cualquier análisis o reflexión al respecto debe partir de la siguiente idea: no es extraño que la sociedad de acogida plantee reticencias hacia lo desconocido y ofrezca resistencia frente a los estereotipos que sitúan a la mujer musulmana en una situación de subordinación dentro grupo étnico o religioso al que pertenecen o como sujetos que padecen la discriminación sexual frente al varón en el seno de su propia comunidad. Dichos estereotipos –que sin duda pueden conducir a la islamofobia, mujeres musulmanas víctimas, cuasi-esclavas de la religión– determinan que la situación en la que se encuentran estas mujeres en las sociedades occidentales sea doblemente preocupante en la medida en que el riesgo discriminatorio puede provenir, al menos, de dos instancias distintas: por un lado, del propio grupo social al que pertenecen y, por otro, de la sociedad de acogida, habida cuenta que la mayor parte de ellas son mujeres inmigrantes.

Cuando se plantea la prohibición del uso del velo islámico integral en los espacios públicos, desconcierta observar que los poderes públicos parecen ignorar las exigencias que derivan de la Constitución a la hora de plantearse la limitación de cualquier derecho fundamental. Así, resulta paradójico ver cómo se enarbola la bandera de la libertad e igualdad de la mujer para protegerla de los imperativos de una religión dominante, dejando de lado la voluntad libremente expresada de ésta. Pero es que, además, si el móvil no es otro que el de garantizar la libertad de la mujer en el espacio público, parece no ser del todo coherente adoptar medidas que pueden producir el efecto opuesto al pretendido, esto es, la desaparición de la mujer del espacio público y su aislamiento en el ámbito familiar o cultura del que presuntamente proviene su discriminación, imposibilitándole, con ello, contrastar lo allí inculcado y su visión de la vida con el pluralismo de opciones presente en una sociedad plural como la española.

Tras la apelación al orden público y a la seguridad para justificar la prohibición del uso del burka en el espacio público reside un nuevo estereotipo social, el que vincula el Islam con el uso de la violencia y el terrorismo. Han transcurrido veinte años desde que en 1993 Huntington publicara en la revista Foreign Affairs su polémico y premonitorio artículo “Choque de Civilizaciones” y diversas han sido las acciones que podrían confirmar, al menos en parte, sus tesis. A partir de los atentados de Nueva York del 11 de septiembre y los consiguientes ataques occidentales a Irak y Afganistán es indudable que en Europa se ha producido un repliegue identitario que tiende a situar, en palabras de Huntington, a la “civilización islámica” como rival de la occidental por su sistema de valores contrapuestos. Las disposiciones que prohíben con carácter general el uso del velo integral en el espacio público podrían ser un paso más en dicho intento de reafirmar los valores occidentales frente a toda amenaza. Así, no cabe olvidar la tentativa de incluir infructuosamente en el Preámbulo del no aprobado Tratado de Roma de 2004, por el que se establecía una Constitución para Europa, una mención expresa a las raíces cristianas de ésta; o la invocación del principio de laicidad republicano por parte del legislador francés para prohibir en 2004 a las niñas musulmanas acudir a la escuela pública ataviadas con el foulard islámico; así como los múltiples conflictos jurisdiccionales relativos a la presencia del crucifijo en instancias educativas o administrativas públicas.

En dicho contexto me pregunto ¿el hecho de que las mujeres que libremente lo decidan vistan con el velo integral incrementa los riesgos de que se produzcan atentados u otro tipo de actos lesivos de la seguridad ciudadana? Es importante disipar dicha incógnita ya que sólo si existe una relación directa de causa-efecto entre ambos hechos podría limitarse el ejercicio de dicha conducta de una manera constitucionalmente legítima. Y ello porque, como han señalado los Tribunales Supremo y Constitucional, para activar la cláusula de orden público no bastan las meras sospechas, sino que es preciso siempre una real alteración del orden (material), entendiendo por tal la que impide el normal desarrollo de la convivencia ciudadana en aspectos que ponen en peligro la integridad de las personas o de los bienes”. Pero el orden público no puede ser nunca empleado como una cláusula preventiva frente a eventuales riesgos que en su expresión máxima son ciertamente infinitos, porque en tal caso ella misma se convierte en el mayor peligro para el ejercicio del derecho de libertad. Y dicha real y directa alteración del orden público no se da en el caso que nos ocupa, pues, tal y como afirmó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el año 2010, en el caso Arslan contra Turquía, “el simple hecho de encontrarse en la vía pública un grupo de personas vestidas de una forma concreta -en este caso era un turbante, un “salvar” y una túnica negra- no constituye una amenaza para el orden público -en su versión de seguridad pública- o una coacción sobre los demás”. Ante lo que cabe concluir que cualquier disposición que prohibiese con carácter general el uso del burka para proteger “preventivamente” el orden público y la seguridad, no superaría el test de proporcionalidad que debe regir toda limitación que se imponga al ejercicio de un derecho fundamental.

Por último, conviene que atendamos a las finalidades relacionadas con un pretendido derecho ciudadano a que todas las personas respeten un modelo preconfigurado de “actuaciones cívicas” en el espacio público. El consistorio de Lleida aduce la perturbación de la tranquilidad ciudadana que genera la ocultación del rostro y ante ello me pregunto ¿puede un genérico derecho a no ser molestado en el espacio público de acuerdo a los cánones occidentales de vida en comunidad anteponerse a un derecho constitucional como la libertad ideológica y religiosa de las mujeres adultas musulmanas que usan el velo integral para relacionarse con sus vecinos? ¿es necesario recordar a las autoridades municipales, como se recordó El Principito a sí mismo, que “lo esencial es invisible a los ojos”?

Creo que en este último caso no es preciso si quiera atender a las exigencias del principio de proporcionalidad para rechazar la medida limitadora, pues no existe ni tertium ponderable. No existe un derecho a no ser molestado que pueda ser ponderado con el derecho fundamental de libertad de conciencia, no procede si quiera comprobar la correcta nivelación la balanza para garantizar la fiabilidad de la ponderación.

Quiero concluir aplaudiendo la reciente Sentencia del Tribunal Supremo que rechaza de plano concepciones pretendidamente benefactoras para la mujer, pero sin contar con ella, y me reafirmo en la idea de que la lucha por su igualdad no pasa por la adopción de normas que proscriben el derecho de aquéllas a exteriorizar sus convicciones sino, más bien, por favorecer su inserción, de la forma que les resulte más cómoda, en el espacio público. Concebir el espacio público municipal como un lugar idóneo para la puesta en práctica de los valores constitucionales de convivencia exige, como presupuesto obligatorio, el re«conocimiento» de la especificidad del «otro», aunque sea a través de una rejilla. 

Photo © Olivia Arthur/Magnum Photos
Jeddah. SAUDI ARABIA. 2009

 

 

8 pensamientos en “El (es) tupido velo del paternalismo

  1. Bajo el rigorista integrismo islámico las mujeres deben cubrirse (o más bien encarcelarse) bajo el oprobioso burka desde que comienzan a menstruar bajo la impresentable justificación de que ello les protege de miradas lascivas y de agresiones sexuales. ¿Porqué perseguir a los forajidos sexuales cuando cometan la fechoría si podemos encerrar en una cárcel andante a todas las mujeres del país para evitar el delito? No me digan que no es una solución genial que elimina de un plumazo los problemas del colapso de la justicia. Si es que son listos de verdad estos integristas musulmanes. Además también podríamos dejar que las niñas islámicas decidan en aras de su sacrosanta libertad musulmana si quieren mutilarse genitalmente, casarse con un anciano desdentado (que ya posea otras cuatro o cinco esposas) a cambio de un par de docenas de cabras para su progenitor o lapidar a aquella de sus compañeras que muestre tendencias hacia el nefando pecado del lesbianismo que como se sabe está prohibido por Alá el misericordioso. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com.es/2011/10/libertad-religiosa-privilegios.html

    • Estoy completamente de acuerdo contigo en que la respuesta no debe ser exclusivamente represiva, todo lo contrario. Ahora bien, el Derecho no está para ser retorcido con el fin de prohibir lo que no nos gusta. A mí tampoco me gusta el burka.

      Creo que las respuestas deben ser de otra índole, principalmente educativas. Por eso sería deseable que, en lugar de adoptar normas que prohíban el ejercicio de un derecho fundamental, los poderes públicos adoptaran medidas de tipo educativo que contribuyeran a formar ciudadanos verdaderamente libres, con independencia de su origen nacional, étnico o religioso.

      Solo a partir del contraste de las propias creencias con el pluralismo de opciones existentes en la sociedad puede surgir la duda y el cuestionamiento , y sólo a partir del cuestionamiento pueden hacerse elecciones verdaderamente libres y conscientes…y no creo que ese cuestionamiento pueda favorecerse relegando a la mujer musulmana al ámbito de la privacidad, más bien al contrario.

      • Ana
        Que causalidad que la mayoría de los niños hijos de musulmanes sean también musulmanes, al igual que ocurre con los católicos o con cualquier otra confesión. Pero eso sí, los niños siempre han elegido voluntariamente, sin coacción y sin adoctrinamiento alguno en particular la religión de sus padres y no otra cualquiera. Qué raro que ahora ningún niño del mundo elija libremente adorar a Zeus o a Mitra con lo bonitos y pintorescos que quedarían? Y yo me pregunto en mi infinita maldad de ateo ¿Será que no existen actualmente padres seguidores de estos ancestrales dioses que les inculquen el virus del mitraísmo o de la antigua religión griega? En resumen, que caemos en la falacia de respetar las creencias “libremente” impuestas por unos padres o su entorno cultural a una hija en nombre de la libertad religiosa. Siguiendo con ese mismo argumento, miedo me da cuando un llegue un pedófilo que haya convencido a sus hijos o a menores próximos a él de que libremente han aceptado mantener relaciones sexuales con viejos verdes. Lo único que tienen que hacer esos criminales para mantenerse dentro de la legalidad sin ser molestados por la justicia y además estar protegidos en sus asquerosas actividades, es decir que esa violación infantil es parte de las creencia de su religión y que son los dictados de un piadoso y todopoderoso (pero por supuesto también indetectable) dios de la pedofilia y asunto arreglado. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com.es/2013/02/hasta-las-ninas-mas-pequenas-deben.html

      • Me vienen un montón de ideas a la cabeza que no soy capaz de ordenar y expresar aquí con serenidad porque las querría soltar todas de golpe y emitiría, en lugar de un escrito, un alarido al mundo.
        Sólo destacar dos cosas que me chirrían cuando aparecen juntas por escrito: “Libertad Religiosa”.
        Creo que nadie dispone de libertad a la hora de optar por cualquier religión, más bien nos es heredada de padres a hijos e impuesta por la sociedad que nos ha tocado vivir y, por otra parte, ninguna religión libera a nadie, más bien nos encadena. Tenemos un claro ejemplo en nuestra propia sociedad.
        Pero ya si tocamos el tema del burka, unido al de la expresión de “libertad religiosa” y se da el caso de que asiste una mujer con esa vestimenta para recoger un premio en una Universidad Pública, es el decorado más tétrico y vergonzoso jamás visto y la demostración más patética de lo que cuesta avanzar a cualquier mujer a niveles igualitarios de género y de condición humana. Es un atentado a la educación, la cultura y los derechos humanos de cualquier persona Libre. No soy jurista, pero creo que no me hacer falta serlo para poder discernir entre lo que significa ser libres e igualitarias o estar encadenadas a una sociedad machista y de un extremismo religioso que quiere borrar y hacer invisible la condición de mujer de la faz de la tierra.
        Occidente no debe hacer el juego sucio a esas ideologías extremistas y permitir semejante aberración. Parece una broma macabra.

  2. Estimada Ana, Jurídicamente impecable. Pero, si bien para el Principito “lo esencial es invisible a los ojos”, también… “Es tan misterioso el país de las lágrimas”. Soy mujer, no puedo identificarme como feminista, y me siento muy molesta ante una mujer con burka. Sinceramente, no sé exactamente si estoy frente a una mujer, un hombre, o una “cosa”. Ante esto, ¿tú te sientes segura? Y en el supuesto de que pudieras asegurar que es una mujer, ¿no te sientes incómoda? Yo sí. Un saludo,

    • Hola Ascensión, no, no me siento molesta y mucho menos insegura. Siento curiosidad eso s’i y sobretodo respeto, aunque jamás me pondría uno.

      • Ver a una mujer con un burka no me hace sentir inseguridad, lo que sí me produce es un gran dolor e impotencia de que un ser humano sea tratado como un ente carente de nada enjaulada en una mordaza, por mucho premio que le otorguen o medalla que le impongan.

  3. Uf… Espinosa cuestión… Mi diablillo ateo me dice que los argumentos del colega de anti-credo no son sólo muy ciertos sino que los suscribe con el máximo entusiasmo, y que los redoblaría o multiplicaría por mil… Pero mi diablillo anarco me dice que mucho cuidado con prohibir. Que para prohibir algo, tengo que tenerlo “muy, muy claro”. Y esto sólo lo tengo “muy claro”. Repito: Uf…

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