El guionista de Los Simpson y el legado de Springfield

Teresa Ribera

“El medio ambiente es… la felicidad”, me dijo a principios de abril en tono frívolo y jocoso alguien que, dada su posición y responsabilidades, debería tomarse el asunto mucho más en serio. Menos de quince días después, también en tono burlón, la revista The Economist comentaba las conclusiones del Grupo de Trabajo 3 del Quinto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (5AR del IPCC) en un artículo titulado “Another week, another report”.

Para sentido del humor en cuestiones ambientales y climáticas prefiero, sin duda, a los chicos de Ballena Blanca, revista ambiental de estreno que pondrá a prueba la madurez de los españoles, inspirada –según sus propios promotores- en esa especie de guión de Los Simpson que parecemos estar escribiendo colectivamente en nuestros país  en estos duros tiempos actuales. Más vale tomarse las cosas con un poco de sentido del humor porque, en realidad, no tiene ninguna gracia, e incluso, en función de quien venga el chiste resulta tremendamente irritante.

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La felicidad no sé, pero el “legado” cada vez parece más el de Monty Burns (el dueño centenario de la central nuclear de Springfield). Algo así debe estar pensando un importante sector del Partido Socialista francés, rebelado frente a las políticas de austeridad del recién estrenado Primer Ministro Valls. De este modo se hace visible una socialdemocracia europea desolada que, por primera vez, empieza a mostrar su preocupación por las gravísimas consecuencias de la herencia que dejará esta crisis: décadas de deuda pública que limitarán la capacidad de las políticas, deuda fruto de la socialización de los costes que han dejado los beneficios de unos pocos. Lo que es peor, la deuda lo es también ambiental, incurrimos de forma consciente en una hipoteca cuyos intereses pagaremos con creces y de desigual modo en el futuro.

El 22 de abril se ha celebrado el Día de la Tierra. Una conmemoración que tiene por finalidad, precisamente, recordarnos la importancia de gestionar bien el legado que hemos de dejar a nuestros hijos. Los informes del IPCC son un buen instrumento para ello. Permiten disponer de información solvente, contrastada, resumida y comprensible sobre el comportamiento del sistema climático, los efectos previsibles que conllevaría el cambio climático, y las herramientas disponibles para mitigar las causas que lo originan. Cada uno de estos tres grandes asuntos es tratado por un grupo de trabajo que adopta por consenso entre sus autores y revisores (más de 2000 en total) sus conclusiones. A lo largo de estos últimos meses se han aprobado las conclusiones de los tres grupos de trabajo.

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Las conclusiones dejan poco margen a las dudas. El incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero y su concentración en la atmósfera ha tenido lugar con arreglo a una pauta más intensa y peligrosa que los escenarios más pesimistas que se barajaron en la elaboración del Primer informe de evaluación hace ahora veinte años. Las consecuencias probables que ofrecen los modelos climáticos son dramáticas en términos de incremento de intensidad y frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, ponen en riesgo zonas densamente pobladas en el sureste asiático, dificultan el acceso a agua potable y a alimentos para una gran parte de la humanidad y, asociado a ello, generan un impacto notable en los factores de riesgo de migraciones y seguridad intra y transfronteriza. Todo ello forma parte de una realidad probable para la segunda mitad de este siglo -es decir… para ya mismo- salvo que hagamos un enorme esfuerzo colectivo por evitarlo.

El Grupo 3 orienta sobre el mejor modo de abordar las opciones de mitigación, indicando el grado de confianza y probabilidad de cada una de sus aseveraciones. Destaca la sostenibilidad de los patrones de desarrollo y la equidad como la base más importante para abordar con éxito las políticas de clima; así como la trascendencia que tiene la actuación colectiva frente a respuestas parciales guiadas por intereses particulares y de corto plazo. Es interesante ver cómo los autores subrayan la trascendencia ética y de equidad que pueden tener las decisiones sobre cómo reducir emisiones y, por ello, inciden en la importancia de combinar adecuadamente las políticas de clima con las de erradicación de la pobreza y acceso a formas básicas de bienestar como son el disfrute de agua y energía.

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Las emisiones relacionadas con este último ámbito –producción y consumo de energía- y con los procesos industriales representan el 78% del total global desde 1970 hasta nuestros días. Si no se adoptan medidas adicionales a las ya anunciadas para reducir emisiones, la temperatura media del planeta aumentará entre 3,7º y 4,8ºC hacia fin de siglo. Los escenarios de mitigación manejados por los autores indican que para mantener la probabilidad de que la temperatura no crezca más de 2ºC es imprescindible acometer drásticas reducciones antes de 2050, lo que requiere cambios radicales de gran escala en nuestro sistema energético. Si retrasamos nuestra actuación los costes en términos de impactos y de reducción se dispararán. No pueden evaluar las distintas combinaciones de efectos secundarios positivos y negativos de las alternativas disponibles para la mitigación pero sí advierten de la devaluación de los activos invertidos en energías fósiles si se toma en serio el asunto del clima. Las conclusiones del grupo 3 incluyen información relevante sobre el potencial que tiene adoptar medidas en energía, en agricultura y usos de suelo; en urbanismo e infraestructuras… y concluye describiendo y valorando diversos instrumentos económicos y financieros que han ido aplicándose en estos últimos años como, por ejemplo, los mercados de carbono o herramientas financieras ad hoc.

Y aquí es donde el guionista de Los Simpson empieza a frotarse las manos. Un informe de estas características es una descripción clara y solvente de la bomba de relojería que tenemos entre las manos, con la enorme ventaja de incluir el manual de instrucciones para evitar su explosión y garantizar un legado “gestionable”. Sin embargo, cuesta tanto sacudirse la apatía que no falta quien, impúdicamente, desvíe nuestra atención prometiendo petróleo y gas baratos y juegue con el miedo colectivo de la recesión para retrasar los cambios en lugar de utilizar la necesidad de cambio como oportunidad para la recuperación. ¡Qué guiones!, ¡qué fuente de inspiración a partir de la vida misma! Viva el humor ácido, si sirve como acicate; pero huyamos de la burla cínica y descreída cuyo objetivo final es garantizar el desánimo que nada cambia. Al guionista, le toca repartir los papeles y decidir el argumento. ¿Cambiamos de serie?

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Un pensamiento en “El guionista de Los Simpson y el legado de Springfield

  1. La cuestión es que ninguno de los que leemos estos informes, estará vivo «a finales de siglo».
    Los anglosajones y otros, son capaces de prever con dos décadas de antelación, o poco más. En esta tierra de garbanzos, nos preocupan las elecciones europeas y el tiempo en el verano, por aquello del turismo. Los políticos, pobres, no dan para más.
    No sé ni porqué se molestan en escribirlos.

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