¿Quién está matando a Walter Benjamin?

Fernando Flores

El 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin, el filósofo y crítico literario alemán, judío y marxista, se quitó la vida. Su muerte sucedió en la frontera, en Port Bou, al día siguiente de que la policía le denegara la entrada en territorio español. Benjamin pretendía viajar desde España a Estados Unidos y así abandonar una vida de exiliado que duraba ocho extenuantes años.

Se ha escrito mucho sobre las circunstancias de su muerte. Si fue suicidio o asesinato. Si tras el rechazo en frontera iba a ser deportado por los policías fascistas que lo custodiaban. Si estaba solo o acompañado. Sea como fuere, lo que suele repetirse por todos es que a Walter Benjamin lo mató el fascismo, y que si decidió poner fin a su vida fue como última protesta contra el régimen totalitario de Hitler.

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En estos días acaba de traducirse y publicarse por Tirant lo Blanch un muy interesante artículo de Alain Brossat titulado “¿Quién mató a Walter Benjamin?”. En él Brossat recupera el episodio fatal de la muerte del filósofo para rechazar que su (única) explicación resida en la afirmación “fue víctima de la barbarie nazi”, demasiado general e imprecisa. Para el francés la causa inmediata de la condena a muerte de Benjamin en la frontera española fue la no posesión del ‘visado de salida’ (necesario para ser admitido y poder viajar a Estados Unidos) con que debía presentarse ante la autoridad; y la mediata, la realidad de un dispositivo administrativo de precarización, discriminación y estigmatización establecido por el gobierno de Vichy con la clara intención de perseguir a los refugiados.

A partir de este planteamiento, Brossat desgrana las consecuencias que sobre la ya débil y maltratada figura de Benjamin debió infligir el estado de excepción permanente que configuraba el conjunto de medidas restrictivas, de clasificación, aislamiento y separación que se lanzaron sobre los refugiados a partir de 1938. De este modo, más que la pérdida del estatus social y de reconocimiento del que gozaba, el maltrato se lo produjo la imposición de un estado de fluctuación perpetua, de acosmia (Harendt), de desclasificación, de desarraigo y, en consecuencia, de absoluta soledad. Súmese la precariedad económica que lo atenazaba, y con ella la dificultad para encontrar alimento y habitación. Añádanse a los obstáculos culturales y lingüísticos, los procesos kafkianamente administrativos a que se veía sometido, la imposibilidad de trabajar, de relacionarse con normalidad… En fin, imagínese un desgaste persistente y cotidiano que, en una persona como Benjamin (con poca capacidad para “arreglárselas”), pudo sin duda conducirle a la desintegración moral y psíquica.

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Brossat, en su artículo, no parece especialmente preocupado por demostrar con mayores datos los motivos concretos que llevaron al filósofo alemán a la muerte. Lo que en realidad trata de mostrar es que la lógica burocrática y policial que acabó con Benjamin, la que clasifica y separa a las personas, la que aleja unas de otras, la que las despoja de su condición humana, la que las sitúa en una condición de fragilidad extrema, la que las conduce subjetivamente a su lugar; esta lógica, este “producto organizado”, está absolutamente homologada por las instituciones democráticas europeas que nos gobiernan.

¿Qué diferencias con las víctimas del terror hitleriano encontrarán los potenciales solicitantes de asilo (y los simples emigrantes económicos) que hoy, huidos de su país para salvar su vida, se estrellan en nuestra frontera con un dispositivo que conecta y encaja perfectamente con la máquina totalitaria que los persigue? ¿Cómo evitar los paralelismos que evoca esa brutal fosa común de desaparecidos (tampoco fue encontrado el cuerpo de Walter Benjamin) en que se ha convertido el Mar Mediterráneo? ¿Cómo no comparar odiosamente el estado de excepción permanente en que transcurría el régimen de Vichy con operaciones de política migratoria como el Mos Maiorum (ver aquí el reciente el post de Javier De Lucas), que institucionaliza el mensaje del miedo y la xenofobia, así como las medidas discriminatorias, clasificatorias y separadoras de los que “ni son como nosotros ni tienen derecho a estar en este lugar”? ¿Quién puede explicar sin ruborizarse que tratar de legalizar la vulneración de los derechos fundamentales de los más débiles (reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana para posibilitar las expulsiones en caliente) no entronca directamente con las posiciones jurídicas más reaccionarias que articularon los ordenamientos jurídicos de las dictaduras europeas del siglo XX? ¿Quién, como si nada de lo sucedido y aprendido desde su primera muerte tuviera importancia, sigue matando a Walter Benjamin?

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2 pensamientos en “¿Quién está matando a Walter Benjamin?

  1. Lo estamos matando todos. Su artículo me lleva a «Relatos salvajes», donde Ricardo Darín representa como nadie nuestra impotencia frente a la burocracia. La vida de un hombre depende de que pueda saltar una valla. La de una mujer, como mi amiga Silvia, de un visado a Estados Unidos que le han negado, quitándole no solo el derecho a un trabajo que la esperaba, sino, y más importante, a vivir con la persona que quiere. Te matan o te mueres. Vivir es cosa de héroes.

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