La dictadura de la verdad… y la libertad de expresión

Joaquín Urías

Últimamente se ha puesto de moda entra la prensa “seria” española dedicarle artículos sesudos al tema de La Verdad. Lo más granado y tradicional de nuestro periodismo se rasga las vestiduras ante la falta de rigor de algunos medios en el contraste de sus noticias y la fe injustificada que despierta Internet.

Uno de los detonantes fueron las informaciones (erróneas) de que un jugador de la selección española de fútbol había cortado las mangas de su camiseta para (se decía) borrar cualquier rastro en ellas de unas banderitas rojigualdas. La anécdota ha servido para enarbolar a diestro y siniestro la enseña de la verdad. Así que parece que éste es un buen momento para recordar que esta feroz invocación de la verdad es sin duda el mayor enemigo de la libertad de expresión, seguido de cerca tan sólo por lo políticamente correcto.

Los derechos fundamentales nacen y sirven exclusivamente para proteger a la minoría frente a la mayoría. En términos jurídicos, desde hace siglos la mayoría se expresa a través de la ley. Y la mayoría, -y su ley- tiene siempre la tendencia de machacar a las minorías. Por eso nacen los derechos fundamentales. Frente a la ley. Constituyen ese reducto inalterable, necesario para ser persona, que ni siquiera la expresión de la voluntad mayoritaria puede eliminar.

1. Alejandro Xul Solar - Muros y escaleras

La necesidad de reconocer derecho a las minorías suele explicarse invocando situaciones maximalistas como las de la minoría judía en la Alemania nacionalsocialista o la minoría negra en la Norteamérica racista. En ambos casos los parlamentos elegidos democráticamente dictaban leyes que negaban la esencia misma como persona de algunas minorías sociales. Sin embargo, no hay que irse tan lejos. Basta pensar en el sentido de la libertad de expresión: quien dice en público lo mismo que dicen las leyes y la mayoría de la sociedad no necesita ninguna protección excepcional. Evidentemente el periodista de NODO franquista que era la voz del régimen no estaba ejerciendo ninguna libertad de expresión. Tampoco ahora el presentador de la televisión pública que repite el guión del partido en el poder necesita de una protección constitucional específica. El derecho fundamental sólo se vuelve necesario cuando alguien quiere hacer públicas opiniones críticas con el poder; más aún cuando se trata de ideas incómodas para la mayoría social.

La libertad de expresión, por tanto, no es el derecho a decir cosas agradables que a todos nos parezcan bien y razonables. Es el derecho a disentir, a expresar opiniones molestas y desagradables no compartidas por quien manda.

Esta evidencia es fácil de aceptar en el ámbito del debate civilizado y tradicional entre dos o tres partidos políticos mayoritarios. Sin embargo, cuesta más cuanto más amplia es la mayoría que respalda una opinión y más exigua la minoría que defiende la contraria. Así, no es infrecuente oír o leer –incluso, de tapadillo, en alguna sentencia de nuestro Tribunal Constitucional- la necedad de que la libertad de expresión debe ejercerse en los límites de decoro o el buen gusto. Como si esa conciencia mayoritaria de qué es decente y qué no fuera un límite infranqueable ante el que las minorías no tienen ningún espacio posible.

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Y en estas estamos cuando vuelven los que reclaman la verdad. Lo de la verdad, como concepto, sonaría bonito si no fuera porque es imposible. El problema de la verdad es que no existe. Es esencialmente una entelequia o, en el mejor de los casos, una convención, puesto que en la vida hay poquísimos hechos indiscutibles. La mayoría de nuestro mundo está de un modo u otro sometido a debates y opiniones y las poquísimas cuestiones que pudieran calificarse como verdad indiscutida no bastan por sí solas para sostener ningún discurso con un mínimo de interés.

Pero aunque científicamente la verdad prácticamente no exista, los seres humanos al parecer necesitamos certezas y soñamos con un mundo en el que la verdad nos permita siempre saber a qué atenernos. Así que estamos condenados a creer permanente en ’la’ verdad, que siempre confundimos con ‘nuestra’ verdad. Y no la aplicamos sólo a los hechos –como que en una camiseta hubiera o no banderitas– sino sobre todo a las opiniones. La mayoría de las veces que alguien grita denunciando los ataques desalmados contra la verdad está en verdad defendiendo sus propias convicciones inmutables. Al reclamar el imperio de verdad, en la inmensa mayoría de los casos, no se pretende más que acallar las voces disidentes.

Hace unos días uno de los diarios de mayor tirada de nuestro país publicaba un artículo sobre la necesidad de respetar la verdad firmado por un periodista muy conocido. En el mismo se ponían una serie de ejemplos de mentiras evidentes que al parecer Internet pretende hacer pasar por verdad. Incluía entre estas falsedades obvias el que haya una conspiración de la prensa internacional para presentar a Nicolás Maduro como un dictador o que el auge de Podemos tuviera algo que ver con la abdicación del rey Juan Carlos. A nadie se le escapa que se trata de cuestiones de opinión en las que no se puede llegar a una conclusión científica y definitiva sobre su veracidad. Sin embargo este informador está tan convencido de sus propios criterios que no dudaría en prohibir –en nombre de la verdad– que nadie los contradijera en este punto. Estoy seguro de que el periodista en cuestión se considera un defensor de la libertad de expresión. Tan sólo que entiende que este derecho no da cobertura a la difusión de (lo que para él son) mentiras.

3. xul solar trogloditas

En el autoritarismo el Estado decide cuál es la verdad oficial y ésa es la única que se puede narrar libremente. El resto son mentiras que queda prohibido difundir. Ese esquema odioso no deja de serlo por el hecho de que la verdad oficial se fije a través de los jueces penales. Tampoco gana legitimidad si quien determina la única verdad que se puede difundir es una mayoría social o mediática y a quien se le prohíben las versiones alternativas es a las minorías disidentes.

En última instancia se trata de una tendencia muy vieja: reivindicar la libertad de expresión de las ideas propias, pero negar la difusión ideas contrarias.

Así, los mismos que se indignan porque Felipe González y Juan Luis Cebrián no pudieran hablar en una Universidad considerarían una ofensa de igual rango que en ese espacio sí se dejara hablar a Otegui, por ejemplo. No se cortarían en decir que las ideas de un ex-terrorista no deben tener cabida en un recinto universitario… sin pensar que muchas personas pueden pensar legítimamente que Felipe González es un terrorista y que, precisamente, ése fuera de hecho el argumento usado para impedir que tomara la palabra en una facultad universitaria.

Si se le somete este planteamiento a una persona de orden muy posiblemente responda que es una necedad. Dirá que Otegui es un terrorista “de verdad”, pero que González no. Por más que se recordara el terrorismo de Estado o cualquier otra prueba, el defensor del Estado seguiría pensando en que hay una diferencia ‘objetiva’ entre Otegui y González que lleva a que uno deba poder hablar y el otro no. Este ejercicio valdría del mismo modo para quien boicotea al antiguo líder del PSOE y adora al de la izquierda abertzale. Lo que tiene la verdad es que cada uno la usa contra los otros.

Por eso es tan peligroso mezclar verdad y libertad de expresión. Las opiniones en sí mismas nunca pueden ser dañinas. En una sociedad libre hasta las ideas más aberrantes o equivocadas deben poder circular y tener la posibilidad de ser debatidas en público. La esencia de la libertad es que nadie tiene la razón absoluta. La vida en común nos lleva a prohibir conductas y acciones que dañan a los demás, pero el debate jamás es dañino: abrir la mente a nuevos argumentos, ponerse en la piel del otro o confrontar ideas no puede estar prohibido ni debe tener límites, porque es el camino a la libertad.

Por el contrario, cualquier Estado que intente imponer y defender una verdad habrá emprendido el camino hacia la dictadura a través del ataque a los derechos fundamentales. Así que cuidado con los paladines de la Verdad, porque la libertad que nos venden es sólo la de ser como ellos.

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Ilustraciones: Xul Solar

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