Orden

Noelia Pena

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Se dice que las sociedades modernas eran verticales. La perfección de su modelo de vigilancia se plasmó en el plano arquitectónico de las prisiones conocido como panóptico, una construcción ideada por Jeremy Bentham, en el siglo XVIII, en forma circular alrededor de una torre central. El panóptico permitía el control de un grupo numeroso de presos sin apenas esfuerzo. El centinela podía encargarse, sin necesidad de moverse, de la vigilancia de las celdas, que eran visibles en su totalidad desde la torre, sin puntos ciegos o de sombra. De ese modo los presos no sabían, no podían saber, cuándo estaban siendo observados. Esta imposibilidad de verificación afectaba a la naturaleza de la condena. La perfección del dispositivo de vigilancia, la eficacia de su transparencia, era tal que podría seguir funcionando aunque el vigilante no se encontrara en su puesto de guardia en la torre –algo que, eventualmente, podía suceder.

En nuestras sociedades horizontales todo el mundo vigila a todo el mundo. Cada vez son más los medios que se habilitan para poder verificarlo. Análisis estadísticos de los contadores de visitas de las páginas web, hora de cada visita, región, ciudad, idioma, navegador, sistema operativo, sexo, número de “clicks” en los enlaces que compartimos… Son solo algunos de los parámetros que nos dan una información cada vez mayor -y en tiempo real- de las personas que están viendo lo que hacemos. Ser observado en cada momento ha dejado de ser un sinónimo de condena. Lo terrible hoy sería lo contrario: no ser el objeto de la atención de nadie; no despertar ningún interés.

Con el tiempo algunos de los viejos panópticos se han convertido en museos. Así ha sucedido con el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Vigo o el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC) de Badajoz. La vigilancia ha cambiado de aspecto. Absolutamente. Desde que Edward Snowden reveló, a mediados de 2013, la existencia de un programa de vigilancia masiva (PRISMA) por parte de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de los Estados Unidos para controlar a las comunicaciones de sus ciudadanos, nos sabemos potencialmente en el punto de mira de unos organismos de los cuales solo habíamos oído hablar en películas de espionaje, cuyas tramas siempre nos resultaron demasiado fantasiosas para tener algo que ver con nosotros. La ficción es hoy una realidad. Recientemente hemos conocido que también el Bundesnachrichtendiest (BND), equivalente alemán de la NSA estadounidense, ha espiado a ciudadanos, esta vez europeos. Son solo dos ejemplos de una vigilancia de masas que alcanza rincones insospechados de la vida privada de ciudadanos que no están cumpliendo ninguna pena privativa de libertad. Esta vigilancia estatal masiva vulnera el derecho a la intimidad, el secreto de las comunicaciones y la protección de datos; amenaza las libertades de expresión e información y la libertad ideológica. Pero más aún, pone al descubierto la médula autoritaria de los estados democráticos occidentales en los que habitamos.

La vigilancia gubernamental no es la única que ha aumentado en los últimos años. La presión de la observancia y la censura ciudadana son cada vez más evidentes. Hace tan solo unos meses un humorista se veía obligado a pedir públicamente perdón a su audiencia por uno de sus sketches; más recientemente, un libro recibía la ira de lectores y no lectores que reclamaron su retirada de librerías. La censura popular se adueña de las redes sociales, vapulea desde una frase mordaz al humor negro. El debate sobre el progresivo recorte de libertades, como consecuencia del creciente conservadurismo y la corrección política, no se restringe a una nueva clase de teleespectadores e internautas justicieros sino que alcanza ya a las universidades de Reino Unido y Estados Unidos. Hasta ahora el ámbito universitario ha sido considerado el espacio de producción de conocimiento especializado por antonomasia y, por esa misma razón, un garante de la libertad de expresión, sin la cual se hace imposible cualquier discurso crítico y científico.

Los espacios se estrechan y los medios, con hábiles tácticas de captura de nuestra atención, nos fabrican nuevas distracciones. La facilidad con la que hemos hecho nuestros los mecanismos que nos permiten censurar una ficción (un chiste, un libro) contrasta con nuestra impotencia para poder detener el curso de las cosas que suceden en la realidad (los ahogamientos cada día en el Mediterráneo; la desaparición de menores no acompañados en territorio de la Unión Europea; la pérdida de derechos laborales; la exclusión sanitaria; los recortes en educación…). Sin embargo, algo nos ha hecho asumir este orden y esta impotencia. Ya centinelas, el interés -a quién sigo y vigilo; quién me sigue y me vigila- se convierte en la cifra de la soledad de nuestros puestos de guardia en una torre. Permanentemente alerta. Permanentemente distraídos. Hasta ahora el aumento de las medidas de vigilancia siempre se ha justificado por razones de seguridad. Pero, ¿a qué tenemos, en verdad, miedo? Cualquiera que haya tenido la oportunidad de experimentar alguna vez la fuerza que irradian varias personas concentradas en una idea sabe que nada amenaza tanto el orden como que estemos juntas. Quizás por eso se prohíbe, lo prohibimos, de tantas maneras.

Foto: Afra Rigamonti. Tokio (2015).

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