Doñana otra vez

Teresa Ribera

Los activistas de Greenpeace han logrado, una vez más, parar una actividad que consideran peligrosa para el medio ambiente y, sobre todo, hacer visible para la sociedad un problema complejo sobre el que es importante debatir. En esta ocasión, el objeto de protección es especialmente simbólico: Doñana. Se suman así a la campaña internacional emprendida por WWF “Salvemos Doñana”, con enorme repercusión más allá de nuestras fronteras.

Doñana tiene valor histórico y ambiental; es uno de los espacios emblemáticos más importantes de Europa; representa el origen del movimiento ambientalista ilustrado en nuestro país. Y, sin embargo, esto no ha impedido la aparición y permanencia de presiones antropocéntricas que ponen en riesgo la preservación de sus tesoros: freseros y arroceros buscando agua, delirios de –trasnochada- grandeza persiguiendo la entrada de grandes cruceros hasta Sevilla y, más recientemente, Gas Natural buscando yacimientos y emplazamientos geológicos adecuados para almacenar gas.

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Algunas de estas actividades son defendidas por tratarse de usos históricos de la población local. Ocultan que hace mucho sobrepasaron los límites de lo razonable y lo permitido y que no se trata de pequeñas economías de supervivencia sino de grandes negocios de una agroindustria poco respetuosa con el entorno y dispuesta a socializar costes ambientales para mantener su diferencial de beneficios. Se oculta también las dificultades de las autoridades llamadas a velar por el agua –de superficie y subterránea– y por los ecosistemas protegidos para imponer la disciplina ambiental que marca la norma.

Otras, como el famoso –y faraónico, y ¡afortunadamente frustrado!– dragado del Guadalquivir, fueron defendidas con ahínco por algunos que todavía confunden desarrollo con desarrollismo y soñaban con la entrada en Sevilla de fastuosos cruceros de 20 pisos cargados de miles de turistas, dejando un buen peaje en puerto y un incierto impacto beneficioso en la economía local. Aquello fue especialmente estrambótico: el banco Europeo de Inversiones acordó financiar parcialmente el proyecto que, sin embargo, era manifiestamente incompatible con la protección de las márgenes del Guadalquivir y planteaba serias dudas sobre impactos indirectos desde el estuario hasta el centro mismo de Sevilla. Pues bien, ha costado más de 15 años desterrar definitivamente un proyecto que más que beneficio generaba una hipoteca vital para la zona con un elevadísimo coste económico y ambiental. Puesto en contexto, ¡qué contentos estarían los venecianos de haber tenido una segunda oportunidad!

Hay algunas sorprendentes, como la intención de recuperar la actividad minera de Aznalcóllar, olvidando el desastre medioambiental de hace 20 años y obviando las numerosas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto en el medio plazo.

Aznalcóllar2 - ecologistas en acción

Ahora se suma Gas Natural. Argumentan que cumplen con su mandato social, la legislación y la política energética vigentes. Tienen razón cuando dicen que hace más de 15 años se hizo una gran apuesta por el gas como combustible fundamental para garantizar el suministro energético en nuestro país. La tienen también cuando indican que, siendo coherentes, conviene explorar –y explotar– nuestros recursos así como garantizar suficiente capacidad de almacenamiento. Sin embargo, hay algunos otros datos no tan conocidos. Por ejemplo: España se tomó tan en serio sus deberes que se ha convertido en la primera potencia en regasificación en Europa, que la sobreinversión y la sobrecontratación nos han dejado con una serie de infraestructuras infrautilizadas –útiles para la transición energética en su primera fase, difícilmente rentables y compatibles con el perfil energético que debe imperar en 20/30 años– a las que pretendemos dar salida convirtiéndonos en un “hub” de gas para el sur de Europa. Son infraestructuras cuyo coste corre a cargo de la tarifa del gas (o la electricidad, en el caso de las infrautilizadas centrales de ciclo combinado). Es verdad que el proyecto de Gas Natural no afecta el espacio del Parque Nacional, sino el del preparque y que cuenta con declaraciones de impacto ambiental que introducen las cautelas para que la actividad sea segura –o mejor dicho, razonablemente segura; el impacto cero no existe y el margen estadísticamente menor de imprevistos sí. No es tan conocido que, en primera instancia, empezaron a tramitar el proyecto “a trozos”, motivo por el cual tardamos un poco en darnos cuenta de que no se trataba de un “pinchazo” sino de un queso gruyere unido por tuberías y que, desde entonces, las dudas sobre su oportunidad no han hecho sino aumentar.

Doñana1

Pero sobre todo, lo que no se cuenta, lo que no se discute… es qué sentido tiene todo esto puesto en perspectiva de futuro. Una cosa es hablar de los últimos 30 años y otra decidir dónde invertimos colectivamente para los próximos 30. Vivimos una etapa de cambio de paradigma inevitable, todavía con incertidumbres y en fase de aprendizaje pero, ¿es ésta la mejor opción colectiva en un momento de clara e irreversible transición energética? La decisión puede ser conforme a derecho pero si nos sobran gas y CO2 y nos motiva la preservación de nuestros recursos, ¿no ha llegado la hora quizá de cambiar el marco jurídico y cambiar el orden de prelación y valores, siendo mucho más selectivos en nuestro recorrido gasista?, ¿es quizás éste el motivo por el que corre prisa empezar las obras, hacerlo antes de que cambie la norma y la política energética o la ambiental?

Veremos qué hace Gas Natural. No estoy segura de que sea buena idea liderar una compañía cuya actividad sea fuertemente contestada por la sociedad y sus clientes. Nestlé aprendió la lección en una campaña similar sobre el uso de aceite de palma en sus productos y la estrecha relación de esta sustancia con la deforestación a gran escala. Su primera reacción fue una contestación arrogante a Greenpeace, promotora de la campaña. “Fue la peor de las decisiones”, confirma la compañía públicamente. Poco después, Nestlé dio marcha atrás e inició un proceso de aprendizaje y mejora codo con codo con organizaciones sociales y ambientales que va más allá del aceite de palma e incluye otras materias primas básicas relevantes desde el punto de vista del impacto de la cadena global de valor y los efectos del gran consumo sobre la biodiversidad y las poblaciones locales en las zonas de producción.

Más allá del gas, del arroz, el algodón, las fresas y de los cruceros, lo cierto es que Doñana sólo debería tener un recorrido: protección total como el santuario ambiental y arqueológico que es, y un plan de eliminación de presiones antropocénicas acompañado de una propuesta de usos viables, prudentes y compatibles con su preservación. Consigamos desterrar la tragedia de los comunes, empezando en nuestro territorio por la tierra de Doña Ana. Si son comunes, si representan valor, seamos valientes y encontremos otra respuesta colectiva para los espacios emblemáticos y sus habitantes; para que su defensa y preservación sea un modo de vida y una garantía de sostenibilidad en el tiempo. Ha llegado el momento de buscar propuestas de progreso y prosperidad sin hipotecar la riqueza colectiva. Somos capaces y creativos. Deberiamos tomarnos este asunto mucho más en serio: las personas en el centro de nuestras decisiones, los límites ambientales como condición de contorno que en ningún caso deberíamos trampear.

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