derechos sin Derecho, emoción sin razón, terror sin «por»

Jesús García Cívico

En un ensayo que tuvo gran predicamento a final del pasado siglo, el pensador francés Gilles Lipovetsky describía el advenimiento de una era donde el antiguo deber moral, rigorista y categórico, quedaba eclipsado en beneficio de una cultura inédita incapaz ya de renunciar al bienestar y por ello tendente a una suerte de ética indolora y a una concepción del deber que no sabía ni podría renunciar al hedonismo.

Creo que aquel tratado sobre los nuevos «nuevos tiempos» (con todos los excesos y ambigüedades típicas de la filosofía francesa del momento) incluía, junto a no pocos desatinos y alguna simplificación, un diagnóstico más que certero de las mutaciones en lo que podemos llamar expresión exterior de la moral, canalizada incipientemente entonces en manifestaciones solidarias del tipo macro-conciertos de ayuda al SIDA, loterías con fondo benéfico frente al hambre, subastas televisivas de enseres de famosos, etc.

No era, pues, difícil acordarse de El crepúsculo del deber estas semanas de gestos, micro-textos, imágenes, declaraciones y editoriales emotivas sobre fenómenos aparentemente desconectados entre sí, como eran la extraordinaria indignación social ante el (mal llamado) «caso Juana Rivas», la profusión inmediata de gestos estéticos de solidaridad tras los atentados de Barcelona y, como colofón natural de éstas (enseguida diré por qué), la integración de banderas independentistas o contra-independentistas en una acto cuyo motivo principal no estaba desligado, sino más bien al revés, del elemental respeto a los muertos de un crimen excesivamente reciente.

Sobre el «caso Juana Rivas», mal llamado así, digo, porque es propio de casos de naturaleza similar la existencia al menos de dos partes (y, concretamente en su «caso», la existencia de dos casos) y de otros bienes (básicamente, y como se dijo prontamente y bien: el bienestar de los menores); sobre ese caso, decía, no es mi intención entrar en cuestiones de derecho procesal o filosofía del derecho (ya tratadas extensa y lúcidamente en este mismo blog) sino sólo señalar que era evidente la impresión de que se estaba extendiendo en esa parte de la ciudadanía visibilizada en los canales de participación social on line, la idea, ciertamente rara para los juristas, de que es posible hablar y defender «derechos» al margen del Derecho.

Esa interpretación lega de lo que aquellos que nos dedicamos a la enseñanza del Derecho entendemos por derechos subjetivos no apuntaba a las facultades de un sujeto protegidas o legitimadas por el Derecho, sino que se parecían inquietantemente más a una inolvidable (inolvidable en un sentido negativo) respuesta por parte de un alumno que tuve hace años en la asignatura Teoría del Derecho: derechos subjetivos son «lo que cada uno opina de los derechos».

Paralelamente, y ya en lo que toca a los atentados de Barcelona, quizás todo empezara con una, para mí igualmente desconcertante, prioridad, expresada en cascada por diversas redes sociales: había que impedir, velar o condenar la difusión de las imágenes de las víctimas del atentado. Prioridad, ya digo, para mí singular por innecesaria y que me recordaba, a su vez, aquel ensayo de otro coetáneo francés, Baudrillard, sobre la falsa guerra de Irak, y, sobre todo, el lema con música de oxímoron, de las «guerras sin víctimas» o «guerras sin muertos», con el que el mundo convive tras la tremendamente perjudicial, en términos de imagen e imaginario colectivo de la belicosa política exterior de EEUU, guerra de Vietnam.

En ese mismo contexto de reacciones tras el atentado criminal de Barcelona la narrativa de la realidad semejaba ese uso cinematográfico de la pantalla fraccionada o split-screen (explorada por cierto ya en el Napoleón de Abel Gance, 1927) con la que coquetearon en los años 60 y 70 directores tan distintos como Richard Fleischer o Brian de Palma: todos los actores se movían sincrónicamente, con distintas intenciones y desde distintos lugares, hacia al foco de la noticia. La aparente unidad, como se demostró pronto, era tan solo una cuestión de superposición temporal de movimientos en espacios emocionales muy distintos.

La cultura de la autodeterminación narcisista de la que hablara, con ambigüedad posiblemente calculada, Lipovetsky, parecía ya no manifestarse solo en la esfera de una moral desprovista de sufrimiento o sacrificio (tan extraña, por ejemplo, a la envergadura moral de los protagonistas de La peste, de Albert Camus), sino en el ámbito de la sensibilidad colectiva: las primeras, casi inmediatas, reacciones consistían en adhesiones de tipo ornamental: pintadas de apoyo en las Ramblas, dibujos, canciones y poemas en la red, gestos de futbolistas, tuits de famosos y un largo etcétera de guiños y mohines, tan bien intencionados como desconcertantes por la prioridad informativa que se les concedía. No todas las manifestaciones emotivas de la solidaridad estética (de deportistas, políticos, actrices, etc.) eran ni solamente estéticas, ni irreflexivas, ni insinceras ¡por supuesto que no! Tampoco se trataba en puridad de ninguna novedad. Lo que sí creo que constituye una novedad es el predominio de ese tipo de reacciones sobre la sobriedad del duelo, el luto, el sufrimiento, el silencio o la consternación.

A los pocos días, cerrada la ‘split-screen’, o cegada la polivisión, los ecos de la tragedia comenzaban a formar un extraño Babel de sentimientos, una cacofonía de emociones y se percibía débilmente el tránsito de aquella nueva «caridad sin deber» hacia una suerte de solidaridad ornamental como apéndice de un tipo de «obligación caritativa» o hacia algo que aún no conocemos bien del todo, y uno escuchaba así con creciente estupor en la televisión pública comentarios del tipo: «tal o cual ciudadano no se lo pensó dos veces y acudió a socorrer a las víctimas. Pero, ¿no es algo elemental, incluso obligado, socorrer a las víctimas de un atropello? ¿a qué pensarlo dos veces? ¿podría alguien no ayudar, no acudir ante un cuerpo pisoteado por una camioneta en pleno centro de la ciudad? ¿iban a actuar como esos jóvenes perfectamente ordenados en cordón mientras otros le propinaban a un joven italiano una paliza de muerte en una discoteca otro día de verano?

Como evolución imparable de esa «obligación caritativa», la solidaridad se mostraba en los medios de comunicación como solidaridad ambivalente. Una solidaridad, pronto lo comprobamos, mínima, intermitente y perfectamente compatible con la primacía del «yo» (como primacía del «nosotros» frente a los «otros» en la manifestación posterior) o, peor, aún, como primacía de un «yo» proyectado en el foco del dolor ajeno e incorporado a la manifestación de la «singularidad colectiva» bien a través de la expresión artística, o mejor, estética, bien indistinguible ya de una expresión de auto-afirmación identitaria.

Saben los que la han padecido, que la muerte abrupta de un hijo, de un hermano o cualquier ser querido es algo tan desgarrador e íntimo que jamás hay verdadero consuelo ni comprensión posible. De ahí, la inseguridad, la timidez, el silencio que, como señales de un profundo respeto, rodean desde antiguo los velatorios, los funerales y los homenajes a los cuerpos separados de forma criminal y abrupta de la vida como los de Barcelona. Algunos expresamos entonces la sincera convicción de que ponerse a menear una banderita (por supuesto, cualquier banderita) o a gritar algún tipo de eslogan o recriminación política más o menos oportuna nos parecía de una repugnancia moral realmente insoportable. Era una acción semejante a repartir flyers o a dar una clase de derechos humanos ante una concurrencia reunida para otra cosa, una acción instrumental afín a aquellos que reparten tarjetas de abogados entre las cenizas de un enorme incendio, un acto egoísta como el que insiste en hablar sólo de su libro aprovechando el escenario, sacando partido de que se haya reunido la gente o esté la televisión por ahí.

Era ese, justamente, el peligro del predomino de eslóganes positivos («No tinc por»), poemas sentimentaloides (que no sentimentales), reivindicaciones individualistas (deportistas saliéndose del guión para mostrar ante las cámaras su solidaridad con las víctimas), dibujitos inspirados en la muerte como expresión de un paradójico e improcedente deseo de regreso inmediato a la felicidad, obras artísticas que jamás trascenderían la exposición cautiva de un grupo de familiares y amigos de barrio, frases hechas como extraídas de un anuncio de colonia postmoderno, y otras expresiones auto-afirmativas del tipo de las que siguieron irreflexivamente a los atentados de Barcelona. Había, según lo veo, una relación compleja e inquietante entre esos dos tipos de reacciones que se dan en un contexto en el que las emociones, la «emopolítica» tal como expresa mi colega Pablo Miravet, sustituyen paulatinamente el uso de la razón.

En realidad, tanto las religiones como los nacionalismos atraviesan al menos un momento de su larga vida en el que se evidencia una naturaleza severa e intransigente. El peligro es que la mayor parte del tiempo esa naturaleza apenas está latente, esperando el momento irreversible, el grito afónico de la historia por decirlo en la bella expresión de ese magnífico escritor que fue W. G. Sebald. Lo preocupante entonces ya no es sólo el encaje de lo severo en el discurso público de la democracia, de la «emopolítica», sino el bolillo irresoluble que se forma de repente entre aquella suerte de neo-moralismo que describíamos al comenzar y los tics de una civilización hedonista, que paradójicamente en la época de las manifestaciones nacionalistas y las aspiraciones colectivas, sigue siendo sustancialmente individualista.

En ese contexto complejo, se hacían pertinentes las reflexiones, por citar sólo algunas de las últimas y más conocidas, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han acerca del insaciable impulso hacia la divulgación voluntaria de todo tipo de información que raya en lo obsceno o en lo pornográfico. De acuerdo con La sociedad de la transparencia, los dictados de nuestra época imponen un sistema totalizante de apertura a expensas de otros valores sociales como la vergüenza, el secreto y la confidencialidad.

Han pasado ya suficientes días desde los asesinatos de Barcelona y Cambrils y parece que ya es posible hacerse una idea, entre perpleja y resignada, entre abatida y escandalizada, del estado de las cosas. Al mismo tiempo, es posible pensar que en el futuro seguirá siendo de agotadora actualidad el caso, mal llamado «caso de Juana Rivas», sólo que con otros nombres. Una noticia, o unas noticias que ilustrarán bien tanto la deformada percepción social más actual del llamado, entre nosotros, «fenómeno jurídico», como de aquella temprana advertencia de Sánchez Ferlosio (‘Vendrán más años malos y nos harán más ciegos’) acerca de que nuestra época no se caracterizaría por la invasión de lo público en lo privado, al modo de las siniestras policías de regímenes criminales como la España de Franco o la URSS de Stalin, sino por la invasión de lo público por parte de lo privado. El enemigo hoy no es lo público, lo público es lo agredido y el enemigo es lo privado. Es así, que la idea que de la realidad se puede hacer «una persona normal» a partir de esos medios de comunicación que tienen, recordémoslo, la obligación de ofrecer una información plural, objetiva y veraz, se construye a través del sumatorio de casos hiper-subjetivos, o, al menos particulares, situaciones no solo privadas, sino íntimas, comentadas, enfocadas no por expertos capaces de simplificar lo complejo sino por aficionados interesados en complejizar lo más simple…

Decir que se está contra el terrorismo de Daesh, cuando nadie a su lado está a favor del terrorismo de Daesh, como exclamar que no se tiene miedo ante un terrorismo global y desorganizado que no señala a nadie en particular, es una auténtica banalidad. El recurso a eslóganes excesivos como «el turismo mata», la inclinación a no juzgar de forma razonada, o peor, a hacer tabla rasa (como comparar, no hace tanto, alegremente a Hillary Clinton con el racista y misógino Donald Trump), los comentarios televisivos refractarios a la idea de igualdad (impagable el rótulo sobre el futbolista Lucas Digne bajando a las Ramblas «como uno más»: ah, ¿qué no es uno más? ¿por qué?), clubes de fútbol «mostrando el lado humano del deporte» (¿cuál es el otro?). La nómina es interminable.

Atentados que se apresuran a esconder las imágenes de las víctimas, titulares que se refieren a los asesinos en términos animalescos («Cazado» rezaba el titular de un medio que había interpretado como desafío bélico el «No tenim por»), apresurado terrorismo indoloro o «sin miedo» (en un formato extemporáneo mal importado de otro terrorismo, así el de la ETA más oscura y extorsiva, donde hablar de miedo sí tenía un triste sentido), solidaridad sin esfuerzo, ventajista o socialmente retribuida. Como me recordaba mi amiga Carmen Monteagudo, la obra de Susan Sontag Ante el dolor de los demás se volvía igualmente pertinente: «nuestra simpatía proclama nuestra inocencia además de nuestra ineficacia…» Sólo aquellos que jamás han hecho el bien desconocen las profundas desventajas que éste lleva consigo.

Las declaraciones del Jefe de los Mozos de Escuadra en Barcelona relativas, nada más ni nada menos, al ocultamiento de información de otras fuerzas policiales sorprenden no solo por su contenido, sino por la inmediata y frívola referencia a «las flores que la gente pone en los furgones», e inquietan, sobre todo, porque se sustancian en las coordenadas de un tipo novedoso de diálogo en el que la primera palabra es también la última palabra. Al salir de esa declaración, efectivamente, los vehículos de «sus», o «nuestras» fuerzas del orden se encontraban decorados con las mismas flores que protagonizaron no pocas de las imágenes de esas revueltas del 68 como precedente de nuestra ambivalente frivolidad.

De forma análoga, y por ir concluyendo, creo básicamente que el mal llamado «caso Juana Rivas» apuntará definitivamente en la dirección de las justicias sin Justicia o de unos derechos sin Derecho, como expresión de una hiper-subjetividad que afectará, ya no sólo a las interpretaciones y a las valoraciones, sino a la cuestión de los hechos, convertidos en superfluos frente a las emociones.

Con todo, la estrecha perspectiva temporal de ambas noticias aún aconseja no ir excesivamente lejos en algunas conclusiones. Nuestra época se caracteriza, entre muchas otras cosas, por una extraña urgencia por la formulación de juicios, por un raro apremio. Es evidente que el estado de algunas cosas aún pendientes relacionadas con los atentados en Cataluña tiene que ver con la frivolización de las convicciones morales, con la identidad, el exhibicionismo, la neo-victimización y con la emotividad (o la «nueva emotividad»), nociones difíciles que requieren perspectiva, pero sin las cuales parece improbable que podamos concentrarnos algún día para entender las urgencias de esta época de marginación, aplastamiento del débil, miseria, tortura, escandalosa desigualdad social e irreversible deterioro medioambiental que nos ha correspondido ¿felizmente? vivir.

Fotos: 1. Juana Rivas (EFE). 2. Pantalla fraccionada. 3. Manifestación de Barcelona (EFE). 4. Gol dedicado a las víctimas de los atentados. 5. Portada de La Razón. 6. Las Ramblas.