Publicar fotos de muertos y heridos

Joaquín Urías

Los atentados del verano en Cataluña han abierto un cierto debate público sobre la publicación de fotos y vídeos de víctimas de atentados, de los cadáveres de sus autores y de menores implicados en los hechos. El debate ha sido especialmente virulento en las redes sociales, de modo que la polarización ha sido instantánea.

Por un momento pareció que todo el que fuera más o menos conservador o “de orden” tenía que estar a favor de que se publicara todo tipo de imágenes horribles. Primero de las víctimas del atentado, luego de los cuerpos de sus autores. Por otro lado, cualquiera que se calificara de progresista o de izquierdas parecía obligado a indignarse con la publicación de cualquier representación, siquiera lejana, de personas heridas o muertas por esta causa.

A decir verdad, el debate no parecía sincero. La polarización parecía sugerir, de algún modo, que quienes vinculaban a sus autores con el Islam o incluso con la acogida de refugiados tenían determinado interés en la difusión de imágenes tan terribles que golpearan la conciencia de la población para inclinarlos a su causa. Respecto al bando contrario, se ha llegado a insinuar que la oposición a que se viera la tragedia en todo su detalle respondía al deseo de minimizar el impacto público de los atentados. Sin llegar tan lejos, hubo quien apreció en la postura restrictiva de la publicación un cierto buenismo, al parecer propio de sociedades demasiado sensibles y débiles a la hora de responder a las amenazas reales de nuestro tiempo. Incluso un gran escritor y académico recurrió a la publicación de espeluznantes vídeos de ejecuciones para –supuestamente- demostrar que no hay que arredrarse ante la visualización de la violencia explícita y visualizar que estamos en guerra.

En realidad, si descartamos oscuras motivaciones políticas y obviamos las referencias a una sociedad cada vez menos viril, el debate tiene cierta enjundia desde el punto de vista de la ética y del derecho. Para apreciarla habría que abordar la cuestión de modo un poco más sosegado y fijándose en los matices, antes que en el trazo grueso y superficial.

Con esa perspectiva, quizás el debate hubiera debido plantearse entre el daño y la utilidad social que conllevara la publicación de cada imagen. Así, seguramente, dejando de lado intereses políticos más o menos legítimos, puede partirse de que hay dos grandes grupos de intereses en juego: de una parte están los intereses vinculados con el derecho de la sociedad a estar informada; de otra parte los que están relacionados con el derecho de las víctimas y sus familiares a vivir su duelo en la intimidad y a que no resulten expuestos públicamente sus heridas e incluso cuerpos.

Basta esta aproximación para solucionar muchos de los casos supuestamente polémicos. Hay imágenes que no tienen ningún valor informativo, igual que hay otras que no dañan en absoluto los derechos de las víctimas. Unas no deben publicarse, mientras que frente a la difusión de las otras no cabe oponer ninguna pega.

Así, la publicación de primeros planos de una herida o de un cuerpo destrozado parecen responder exclusivamente a un interés morboso que no aporta nada nuevo a la publicación. No pueden venir legitimados por el derecho a informar y recibir información. Por el otro lado, la publicación de imágenes en las que se aprecia a numerosas personas en el suelo, o atendidas por los servicios de asistencia, sin que ninguna de ellas resulte especialmente identificable, no daña los derechos de ninguna víctima concreta y –en cambio- permite a la sociedad entender con fundamento la dimensión de la tragedia y del daño causado.

Así, las imágenes publicadas en las portadas de algunos periódicos, que mostraban Las Ramblas a los pocos minutos del atentado, con numerosos heridos y cadáveres diseminados, sin centrarse específicamente en ninguno de ellos, deben poder publicarse. No hay obstáculo ético o jurídico frente a su difusión y, en cambio, aportan información sobre los efectos reales del atropello. Gracias a esas fotos uno puede hacerse una idea cabal de lo sucedido.

En cambio, la difusión del rostro desfigurado de un terrorista muerto por los disparos de la policía, no tiene ninguna justificación ética ni jurídica. No aporta realmente ningún dato nuevo al hecho mismo de esa muerte y sus circunstancias y, en cambio, puede dañar derechos de su familia, que también los tiene, evidentemente.

De este modo, indagar en el posible daño individualizado o el posible interés informativo podría servir para resolver el debate en términos de lógica democrática menos burdos que el apoyar o repudiar genéricamente la difusión de cualquier fotografía en la que aparezcan víctimas de los atentados.

Respecto a la posibilidad de que una misma imagen tenga interés informativo y al mismo tiempo lesione la dignidad o la intimidad de la persona que aparece reproducida, lo cierto es que es un supuesto muy excepcional. Sólo se plantearía en casos en los que la persona resultara perfectamente identificable y al mismo tiempo la imagen en sí tuviera un contenido informativo propio más allá de la mera narración. No se me ocurre ningún caso de estos días en que suceda algo así, pero el criterio para resolverlo no debería ser muy distinto: plantearse los posibles beneficios y daños específicos que podría causar la difusión de la imagen y decidir en consecuencia.

De lo que no hay duda es de que este tipo de cuestiones no pueden resolverse en una sociedad abierta y plural, ni apelando a instintos más o menos bajos, ni aferrándose a un mundo ideal en el que no puedan verse la maldad y el sufrimiento. Las imágenes de un atentado –como las de una guerra u otra tragedia– no pueden usarse como arma arrojadiza para hacer daño a unos u otros, pero tampoco pueden ser un tabú que oculte la realidad. La justicia social se construye con responsabilidad, asumiendo la auténtica dimensión del derecho a la información y sus consecuencias y evitando daños gratuitos a personas concretas.

Desde luego, mientras estos debates no se aborden con cierta distancia crítica y se sigan generando en el ámbito de unas redes sociales polarizadas y agresivas estaremos muy lejos de esa sociedad responsable capaz de avanzar hacia la justicia social.

Ilustraciones: 1. Joann Sfar. 2. Charlie Ebdo. 3. Jose Sacco. 4. Jonh Romita Jr.

4 pensamientos en “Publicar fotos de muertos y heridos

  1. Me parece muy bien que no se publiquen ni tv ni en prensa las fotos de las personas heridas y fallecidas, sea por el motivo que sea. Ya peino canas y aún recuerdo cuando en el telediario de ponían los heridos y fallecidos por los atentados de ETA y desde luego me parece una falta de respeto por los afectados. En esa época era joven y ya me parecía poco apropiado para quien está en su casa en esos momentos comiendo o cenando. También ocurre ahora con los restos de los fallecidos que están sacando de las cunetas. ME PARECE MUY DESAGRADALE.

  2. En la parte jurídica no me meto, creo que la ley es clara en cuanto a las imágenes de menores y la protección a la intimidad, pero opino que la aparición sistemática de imágenes espeluznantes no es necesaria para nada, yo no necesito ver las imágenes para imaginarme el escenario. Ese niño que se adivinaba muerto, aunque no se le viese cara, ¿alguien cree que sus padres no sabrían que era él?Yo creo que el exceso de imágenes de este tipo terminan adormeciendo la sensibilidad. Las imágenes de la muerte de los terroristas, uno de ellos menor de edad, emitidas en todos los informativos y reproducidas en todos los medios, son vomitivas y las ves sí o sí, quieras o no. La muerte en directo, como quien ve una película. La muerte, la sangre, los cuerpos rotos, son tan cotidianos como el café en el desayuno, ya nos parece normal. Yo hace años que dejé de ver los reportajes de naturaleza de la 2 mientras comía porque me amargaban la comida las escenas en las que se recreaban en la agonía de la gacela en las fauces del león y esto es lo mismo. Sé de la muerte, de las guerras, de la tortura, del dolor, también entiendo la necesidad de dar constancia y poner cara al sufrimiento, pero no creo necesaria esa proliferación de imágenes que nos inunda cada vez que encendemos la televisión o abrimos un periódico. En este caso, creo que menos es más

  3. La visión de la violencia solo puede generar odio y, consecuentemente, más violencia. Pero lo más grave es ver cómo se trata gráficamente a los terroristas.
    ¿Qué sentido tiene publicar la foto de un terrorista en los periódicos con su nombre, apellido y nacionalidad…? Puede que los medios de difusión tengan que atender al interés que tiene la gente por saber los detalles de lo ocurrido, pero se trata de un criminal que, como tal, no necesita ni merece tener otro nombre, y cualquier acercamiento a su identidad personal solo servirá de publicidad para él y de estímulo para sus seguidores.
    La prensa internacional ha convertido a los terroristas árabes en superhéroes que, una vez afamados por las barbaries cometidas, la Yihad se encarga de enaltecerlos como mártires de Alá tras inmolarse camino del paraíso prometido.
    Los terroristas musulmanes presumen de serlo, y es esa prepotencia lo que seduce a la gente más débil y desprotegida que se une a ellos en un intento desesperado por salir de la vacuidad insustancial que les ofrece hoy nuestra sociedad.
    La publicidad es el respaldo fundamental que necesitan y se la estamos regalando en las portadas de los periódicos o en las noticias de la televisión mundial y, entre mayor sea la repercusión social de los atentados, mayor será el atractivo y el interés que despierte en los terroristas.
    Por otra parte, revelar su nacionalidad es una forma xenófoba de descalificar a todos sus compatriotas, que posiblemente sean también víctimas de estos fanáticos. A los terroristas se les persigue porque son criminales no porque sean extranjeros.
    La violencia es una reacción del individuo que puede ser deliberada, aprendida o imitada, y surge cuando el agresor piensa que sus derechos han sido mancillados. Sin embargo necesita que su acción salga a la luz pública para sentirse justificado.
    Es lo mismo que pasa con la violencia de género, que el agresor no se siente compensado si su acción queda en el anonimato.
    Los atentados terroristas deben estar relegados sistemáticamente a la página de sucesos, y si por su gravedad tienen que aparecer en primera página, que sean los hechos y no los culpables los protagonistas de la noticia.
    No es lo mismo que aparezca en las noticias la foto de un delincuente fichado y fotografiado por la policía, que la prensa nos ofrezca la imagen sonriente del sujeto con el comentario: “El presunto terrorista es un joven de aspecto agradable…”. O como la imagen de Bin Laden montado sobre un caballo blanco que suscitó admiración en todo el mundo.
    No podemos hacerles el juego a estos desalmados. A los criminales hay que citarlos por las iniciales de su nombre, sin foto ni nacionalidad.
    No me extrañaría que más de un radicalizado tenga colgada en su casa una ampliación de la foto que publicó la prensa de un Younes Abouyaaqoub sonriente después de haber machacado hasta la muerte a gente inocente que paseaba tranquilamente por las calles de Barcelona y Cambrils.
    Hay que hacer desaparecer la imagen mitificada del terrorista como supuesto defensor de los oprimidos si es que queremos acabar con esta maldita plaga urbana de criminales.

    • Hola, no puedo estar más de acuerdo contigo, salvo que quizá, en mi opinión y pensándolo detenidamente, creo que el primero que “supuestamente”, le interesa la distribución repetitiva de los hechos, es el propio “gobierno” y espero que no se me mal interprete, lo digo con todo el respeto, si respeto que utiliza a su antojo, cuando le interesa utiliza a los medios, a las víctimas y porque no, hasta a los terroristas, cosa que no dudo, y más, cuando repetidamente, se ven las imágenes de uno de los terroristas, que siendo ya abatido se le remata en el paso de cebra, estando en posición boca abajo y sin posibilidad de hacer nada, bien sea por supuesto que este hecho trae controversia y sabiendo que el cinturón de explosivos era falso, pero en fin, mi abuelo diría “muerto el perro se acabó la rabia”, quizá hubiera sido más lógico detenerle y sacarle toda la información, pero claro los servicios de inteligencia, son una cosa y la política otra, primero mato y después pregunto, bien no me voy a extender, dejando claro que me solidarizo con todas las víctimas y sus familiares, espero que este terrorismo y el de los estados no se vuelva a repetir, pero en ningún país del mundo, a mí no me vale eso de que son daños colaterales, todos somos víctimas. Saludos y un abrazo a la redacción.

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