Cadena perpetua: estudios e ideología importan

Juan Carlos Pérez Cortés

Se ha publicado recientemente una encuesta de opinión sobre la cadena perpetua en España en la que las posiciones a favor y en contra se hallan segmentadas en función de las variables “sexo”, “edad”, “estudios” y “orientación política” (partido votado en las últimas elecciones generales).

Una manera útil e intuitiva de interpretar los datos que se presentan así es la de considerar esas variables como “predictores univariantes”. En este caso, una variable constituirá un mejor predictor cuando nos permita estimar de manera más fiable un resultado conociendo únicamente esa variable. Por ejemplo, la variable “fuma” (frente a “no fuma”) es el mejor predictor para estimar la probabilidad de que alguien padezca cáncer de pulmón. Otras variables por sí mismas no nos aportarían tanta capacidad predictiva.

En la encuesta sobre la cadena perpetua los dos mejores predictores son la educación recibida y la orientación política. Conociendo si una persona ha completado estudios de educación universitaria podemos estimar que tiene casi el doble de probabilidad de estar en contra de esta pena. Conociendo si ha votado al Partido Popular o a Ciudadanos sabemos que la probabilidad de estar contra la cadena perpetua es 4 veces inferior a si votó al PSOE o a Unidos Podemos.

Pero, a mi juicio, lo más tristemente relevante de ese estudio tiene que ver con la variable “edad”. Resulta que este eje no es un predictor fiable de la posición de una persona en relación a la cadena perpetua. Esto significa que no hay avance social inter-generacional. Estamos perpetuando en las personas jóvenes valores invariables heredados del enfoque todavía predominante en la población. Un planteamiento inherentemente agresivo y vengativo a la hora de resolver conflictos de derechos que son difíciles de gestionar emocionalmente. Un paradigma en el que se trasladan, en un salto profundamente desatinado, comprensibles e inevitables sentimientos individuales de rabia e ira a una dimensión colectiva y social en la que pierden todo su sentido, justificación y legitimidad, siendo además contraproducentes frente al problema que se pretende resolver.

En EE.UU., por ejemplo, las últimas encuestas respecto a la pena de muerte dan lugar a una situación similar, excepto que hay una pequeña mejora en el segmento más joven de la población. Por otro lado, la desigualdad y probablemente la percepción sobre la neutralidad de la justicia en la sociedad estadounidense provoca que el principal predictor sea en ese caso ser “blanco no hispano”. Concretamente, si una persona es blanca de ascendencia europea la probabilidad de que se oponga a la pena de muerte es casi la mitad de la esperable si tiene otro origen. Los siguientes predictores en importancia son los mismos que en España.

Con un apoyo global de casi la mitad de la población a este castigo inhumano, en los Estados Unidos de América todavía se manifiestan de forma más evidente esos planteamientos primarios basados en el escarmiento y la represalia. Y al mismo tiempo también es mucho mayor el grado de violencia criminal. Curiosamente, si consideramos el nivel de apoyo a la pena capital o a la cadena perpetua como variables, resultan buenos predictores de la criminalidad y la violencia social de un país o territorio. Y lo mismo ocurre con la dureza de las penas. La vigencia de penas más altas predice valores más altos de delitos violentos. Claramente, la “amenaza” de penas extraordinarias no cambia la actitud de las personas que han desarrollado tendencias violentas y no reduce el número de crímenes.

Y, en coherencia con lo anterior, tanto en EE.UU. como en España no se aprecia, ni probablemente quepa esperar, una mejora sustancial en las cifras de este tipo de delincuencia más grave. Si seguimos evidenciando que, en general, como sociedad, consideramos que la revancha y el ajuste de cuentas es el camino, las actitudes profundas frente a la violencia de las personas jóvenes seguirán igual o empeorarán. El miedo a la pena es un factor racional real que no se debe subestimar, pero los factores emocionales se enraízan en aspectos de índole más subconsciente y menos reflexiva. No son aprendidos como una consigna moral o como un dato a tener en cuenta (la dureza del castigo), sino inducidos de un modo subliminal o intuitivo a partir de las actitudes que observamos en las personas de nuestro entorno, sobre todo en las primeras etapas de la vida.

Si no cambia nada en los próximos años, por este camino, en lugar de avanzar en la resolución de los problemas mediante una evolución social que forme personas alejadas de sentimientos y disposiciones violentas, seguiremos instalados en una visión atávica de los conflictos que perpetuará o empeorará la calidad de vida de nuestras sociedades.

Un pensamiento en “Cadena perpetua: estudios e ideología importan

  1. Creo que la pena de muerte, nos lleva a actuar de la misms manera que a las personas que juzgamos por lo que no la apruebo,y la cadena perpetua a mi jucio para casos muyyy. Denigrantes o como lo queramos llamar.

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