Gestación subrogada y mercantilización: debatámoslo

Gabriel Moreno González

En la actualidad se potencia hasta el absurdo una confusión entre el deseo individual y la categoría, cada vez más desfigurada, del derecho subjetivo. No todo deseo personal se ha de convertir en derechos garantizados por el Estado, pues éstos son el fruto del consenso social en torno a la necesidad de articular cauces de protección y promoción de bienes públicos que están indisolublemente unidos a valores y principios superiores. Lo mismo ocurre hoy con la denominada eufemísticamente como “gestación subrogada”, cuya ausencia de regulación está impulsando uno de los debates más interesantes de los últimos tiempos por lo que refleja de las concepciones en juego y por el grado de descomposición social que ilustra.

La persona ha venido siendo considerada desde hace siglos como una esfera indisponible en su dignidad para el mercado. Sin embargo, éste ha ido copando cada vez más ámbitos, hasta el punto de mercantilizar las propias relaciones sociales que antes se daban en campos de gratuita y alegre fraternidad. La búsqueda única del propio interés, la monetarización de todo lo que nos rodea y la valorización del mundo de las cosas sobre el mundo de las personas, son características hoy de nuestra decadencia moral y ética como comunidad. Pero el cuerpo humano, materialización más prístina de aquel núcleo de dignidad indisponible, parecía hasta ahora ajeno a la mercantilización absoluta. El Código Penal español, por ejemplo, prohíbe la venta de órganos propios, aun cuando ello sea una decisión supuestamente libre y autónoma del sujeto.

Los vientres de alquiler, sobre los que hoy se discute, pueden ser la última lanza de vanguardia que rompa con la sacralidad de la persona y su dignidad para que el mercado, y sus intereses espurios, entren en el último reducto que resistía. No nos engañemos: detrás de la venta del derecho de uso del vientre materno habrá mayoritariamente una posición de desigualdad material de la madre biológica, sí, pero aun en el hipotético caso de que no la hubiera, estaríamos dando entrada a que los meros deseos individuales de algunos ciudadanos se conviertan en derechos garantizados por el Estado. Pretendidos derechos que no tienen reflejo ni pueden cobijarse en ningún valor o principio, pues la dignidad de la persona es la que debe sustentarlos, y no hay algo más vejatorio contra la dignidad que la utilización del propio vientre, de nuestro propio cuerpo, para la satisfacción personal de terceros. Claro que aquí entra en juego una concepción de lo corpóreo que hemos heredado desde los comienzos de la Modernidad y que quizá, incluso en el seno del propio feminismo, entra en contradicción con el rechazo a la gestación subrogada.

El sujeto moderno se ha construido sobre la base del “cogito” de Descartes, de un “yo pensante” separado de un cuerpo al que se posee y que es distinto de ese “yo” consciente, interno y, a veces, oculto. Lo material es extraño a la sustancia que piensa, es su propiedad y una mera extensión que puede ser troceada a disposición del sujeto soberano. La concepción liberal del derecho de propiedad se extiende así sobre el cuerpo, fundamentándose en un dualismo que no es del todo ajeno a la tradición antigua y cristiana, pero que la supera en su radicalidad. En la teología cristiana la idea de “encarnación” aúna ambas realidades en la sacralización de la persona como un todo, como un sujeto que piensa (alma) y como materia que conforma sagradamente ese propio sujeto (cuerpo). Cuerpo y alma son uno y no por casualidad el mismo Dios se hace “hombre”, se encarna y sacraliza con su decisión a lo humano como totalidad. Siguiendo a Roger Scruton, “yo y mi cuerpo no somos dos cosas, sino una, ya que con la venta de mi cuerpo se endurece y pervierte el alma”. Lo sagrado, hemos de recordarlo, ha constituido siempre un ámbito de indisponibilidad, de alejamiento intangible para la acción humana, de ahí que sea también una res extra commercium, algo con lo que no se puede mercadear, vender o comprar. El “sobre mi cuerpo yo decido” que blande el movimiento feminista no cabría, pues, en esta concepción unitaria de la persona, ni muchos menos la venta que ese “cogito” cartesiano moderno pretende hacer del uso del cuerpo para satisfacer a un tercero, se mueva o no por intereses mercantiles. Entre esta última intención y el primer lema, el cual ilustra ciertas concepciones patrimonialistas que se han heredado (y es normal) de la Modernidad, subsiste un fundamento dualista último que no puede pasar desapercibido, y menos en una cuestión tan controvertida.

            Por la existencia de estas contradicciones, por la concurrencia de paradigmas opuestos e intereses contrapuestos, se hacen necesarios el debate y la discusión teórica, académica y política en torno a la gestación subrogada. Muchos estamos en contra de su regulación, por los motivos expuestos en torno a la mercantilización o la utilización individualista que de lo humano supondría, pero eso no implica que rechacemos de plano a quienes sostienen otras posturas o el intercambio de opiniones fundamentadas y razonables sobre tan espinosa cuestión. De ahí que en su momento decenas de profesores universitarios firmáramos un manifiesto contra la intención de ciertos grupos de boicotear e impedir, en el foro de la academia, un congreso sobre la materia. Mis motivos de rechazo a la gestación subrogada pueden ser religiosos, éticos, morales o filosóficos, pero quiero y deseo que se confronten con quienes dicen blandir justificaciones liberales o individualistas, y más si ese encuentro se produce en la Universidad, en ese espacio sin condición que debería volver a situarse en el centro de la palestra de nuestra comunidad política. Y ello desde la serenidad y sin histrionismos.

Además, si el debate es profundo y sincero, podrán aparecer en escena las aristas que definen hoy muchas de las problemáticas sociales actuales. ¿Puede disociarse la libertad del sustento material que la apoya en su realización? ¿Hasta dónde queremos que llegue la mercantilización del mundo de lo real, de todo lo que nos rodea? Las consecuencias biopolíticas del neoliberalismo más obsceno pueden y deberían aquí argüirse no sólo como barreras frente a los vientres de alquiler, sino también como palancas desde las que idear nuevas formas de pensar lo social, más fraternas y humanas. La cuestión de la gestación subrogada y la profundidad ética que alcanza abren, de este modo, una espita en la pirámide de un orden político, el actual, que se basa en falsos mitos y principios. Por ello, nuevamente, la discusión es más necesaria y conveniente que nunca, y puede ser una oportunidad única para introducir consideraciones morales y éticas, tan denostadas hoy, en el actuar teórico de unas ciencias sociales demasiado autorreferenciales en sus pretensiones de cientificidad.

Así que…sí, por mi parte: rechazo pleno a la regulación de la gestación subrogada y apoyo pleno, también, a la celebración continua de un renovado debate sobre la misma. Las mujeres han de ser libres, pero esta libertad no puede confundirse con una falsa autonomía neoliberal, sino con la eliminación de las barreras, sociales, culturales y económicas que, en una sociedad cada vez más mercantilizada y venial, le impiden hoy serlo de forma integral. Debatámoslo.

5 pensamientos en “Gestación subrogada y mercantilización: debatámoslo

  1. Una buena parte del feminismo defiende la libertad absoluta de una mujer para abortar sobre la base de que una mujer es dueña de su propio cuerpo. Dejando a un lado que un embrión es bastante discutible que sea parte del cuerpo de su madre, no entiendo que este tipo de feministas se opongan a los vientres de alquiler (ni, ya de paso, a la prostitución) porque si una es dueña de su cuerpo, lo es a todos los efectos. Es verdad que no todas las feministas defienden ese argumento, pero sí una fracción significativa, quizá mayoritaria, que no parece ser consciente de esa, creo yo, palmaria contradicción.

    • Hay una diferencia grande entre «decidir» que no puedes o no quieres traer un hijo (el cual todavía no existe como tal) al mundo por cuestiones económicas, sociales, de salud o preferencias, y verte en la tesitura de «decidir» someterte a un embarazo para vender (y esa es la clave) a un bebé y que otras personas disfruten de lo que dicen, es su derecho (derecho que no existe). Para mí no hay libertad; nadie con dinero y estabilidad se somete a un embarazo para otros/as. Sin embargo, alguien que tiene una buena situación sí puede elegir libremente ser o no ser madre, analizando muchos factores. En el caso de los vientres de alquiler, como en el de la prostitución, la libertad personal es solo una excusa para justificar la mercantilización del cuerpo. Quizás las «feministas» que defienden ambos procesos son en realidad mujeres sin ninguna conciencia de clase.

  2. Yo siempre he creído, y sigo creyendo, que la persona ha de ser libre para hacer con su cuerpo lo que crea conveniente (mientras ello no produzca menoscabo de derechos de otras personas); por eso soy favorable al derecho al aborto, al derecho al uso de los denominados «vientres de alquiler», a la prostitución voluntaria, al suicidio y a la eutanasia, así como al consumo de drogas, debiendo, además el estado amparar esos derechos y regularlos en la medida en que pueden colisionar con otros derechos (por ejemplo, hay que perseguir el uso de coches y maquinaria bajo la influencia de drogas).
    Respecto a la mercantilización de los «vientres de alquiler», no siempre hay mercantilismo, ya que se han dado casos en los que el amor filial ha provocado que una hermana ponga su capacidad gestante al servicio de su hermano o hermana: por amor, no por dinero.

  3. Esas feministas y otros muchos nos oponemos a los vientres de alquiler porque las gestantes son mujeres con necesidades que aceptan por dinero, y esa es una forma de esclavitud evidente. Sino, habría muchas más familiares y mujeres cercanas a las que no pueden tener hijos, que se ofrecerían en libertad y gratuitamente, por nada a cambio, a tener el bebe de las que no pueden gestar. Pero eso no ocurre.
    La prostitución se ejerce porque a la mujer no le queda más remedio, también por necesidades materiales y es también otra forma de esclavizar a las mujeres. Si la excepción son mujeres que se ven en algunos documentales, universitarias, jovenes y formadas que dicen que han optado por esa vía de manera libre, esa excepción sería la que confirma la regla (y aún así habría que ver a esas mujeres caso por caso).
    La mujer debe ser dueña de su cuerpo a todos los efectos, para actuar con su cuerpo en total libertad, abortar o gestar, pero nunca coaccionada por la necesidad. Eso no es libertad.

  4. confusión entre el deseo individual y la categoría, cada vez más desfigurada, del derecho subjetivo.

    Esto resume lo que ha estado sucediendo en relación con la reproducción asistida en el mundo. autonomía sin responsabilidad para las futuras generaciones.
    Todo se puede hacer en nombre de la autonomia.
    La inseminación post mortem es un ejemplo del hecho de que esta autonomía se superpone con el hecho legal de la muerte.
    Ahora puedes hacer todo … libertad en planificación familiar

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