La desmemoria de la Educación

Gabriel Moreno González

Si la democracia necesita de ciudadanos informados, cultos, críticos, forjados con la palabra y el debate, en pocos años podremos dar por finiquitada esa concepción.

Quiero ser conciso y trasladar un mensaje más que alarmante, fatídico: se ha perdido la memoria.

Durante siglos la educación, reservada para unas élites y repartida desigualmente, y a veces por goteo, entre gran parte de la población, había creado un imaginario colectivo en el que sus destinatarios se sentían miembros. Un conjunto de lugares comunes, de mitos, figuras literarias y narraciones constituían el fondo compartido que unía a gentes de países lejanos entre sí, cuando no remotos. Ese sustrato tuvo unas características singulares y definidas en Europa gracias a esa In varietate concordia que en estos días de tribalismo y genuflexiones ante los altares del grupo parece difuminarse. Las imágenes e intuiciones culturales de Troya, Ulises, el beatus ille del campo romano, Antígona… olvidadas y luego recogidas en la Baja Edad Media, sumándose así a las virtudes cristianas y al poder metafórico de las escenas del Evangelio, y agrupado todo ello en la gran simbiosis del Renacimiento y el humanismo; las figuras de Fausto, el don Juan, nuestro Quijote; referencias todas ellas a imaginarios colectivos compartidos, no ya por grupúsculos aislados, sino por las decenas de pueblos que han habitado este pequeño terruño que es Europa. El guante de esas imágenes y referencias lo recogieron luego, ya en pleno siglo XIX, los diversos nacionalismos que empezaron a pulular por el viejo y ajado continente, convirtiendo algunas de ellas en símbolos propios, potentes, sugestivos. Los niños ingleses se aprendían el “brave Horatius” en inglés y enlazaban el nacionalismo británico con las viejas ideas republicanas y patrióticas de Roma; los españoles se aprendían hasta hace poco algunos poemas del romanticismo español, que nos hablaban de lugares tan comunes como la libertad del individuo frente a la tiranía de la sociedad totalizadora, y que estaban más inspirados en Virgilio que en los efluvios patrios. Había, para bien o para mal, con más o menos aciertos, marcos comunes de referencias culturales y simbólicas, de adscripciones colectivas que, más allá del “suave” yugo de las leyes, vinculaban a las personas con una idea, quizá falsa pero idea al fin y al cabo, de pertenencia a algo mayor que no tenía por qué frenarse en las fronteras nacionales. Pues bien, creo que todo eso se está comenzando a perder de manera acelerada, o quizá, o probablemente, ya se haya perdido irremediablemente.

            Fundamentalmente están operando en los diversos niveles educativos dos conjuntos de circunstancias antes insospechados y que hoy, en pleno siglo XXI, cuando todo el mundo ha accedido en nuestros países occidentales a la educación reglada, están anulando por completo las posibilidades de transformación social que la transmisión de saberes comportaba. El primero de ese conjunto de circunstancias viene presidido por el individualismo atroz que consume cualquier proyecto, por mínimo que sea, de acción colectiva, lo que conlleva un solipsismo embrutecedor alimentado por el ego desbordado que impulsa y favorece la tiranía actual de la imagen instantánea, de la red social en permanente cambio y estímulo. Los jóvenes, entre los que me encuentro, ya no tenemos aliciente alguno para sentirnos parte del sustrato común que nos une al diferente, al “otro”, al de enfrente. Ni siquiera compartimos mínimos marcos comunes, por débiles y mendaces que podían llegar a ser antes. Un ejemplo: entre mis alumnos nadie, o casi nadie, ve el telediario. ¿El telediario es informativamente enriquecedor? Me temo que poco, o muy poco, pero al menos proporcionaba un conjunto común de problemas, de comportamientos colectivos y referencias supraindividuales que ahora empiezan a difuminarse a una velocidad de vértigo. La información no les llega por unos canales unitarios, sino de manera dispersa por decenas (sino cientos) de fuentes o, incluso si lo desean, no les llega por ningún sitio. La “vida Netflix”, que permite la supuesta elección libre e individual de los contenidos que queremos y podemos ver continuamente y a todas horas, ha dinamitado los mínimos referentes comunes que antes nos ofrecían las cadenas generalistas. Y esto sólo a modo de ejemplo, repito, con el telediario o la televisión, pero dicha realidad podemos trasladarla al resto de actividades de ocio, a la literatura que “se consume”, al día a día fuera de las instituciones sociales/políticas, a esas vidas a veces atomizadas, carentes de objetivos y fines, sumidas en una permanente y errante huida.

            El segundo conjunto de circunstancias es aún más preocupante, puesto que afecta directamente a quienes estamos encargados de la educación institucionalizada, la cual podría ser el único contrapeso a las tendencias disgregadoras de la actualidad. La pérdida de los referentes comunes es también una consecuencia del olvido de la memoria, impuesto por las escuelas, en aras del “aprender a aprender” y de las nuevas pseudopedagogías abrazadas por diversos sectores que rinden culto a la supuesta libertad intrínseca de los estudiantes y de los niños, olvidándose por completo del aserto de Epicteto de que “sólo los instruidos son libres”. Pero claro, estos profetas de la nueva educación, ¿cómo se van a acordar de lo que dijo hace miles de años un esclavo grecolatino si desprecian la memoria y la adquisición de conocimientos? Hacen hincapié en la necesidad de que se potencien las habilidades inherentes del estudiante (“destrezas”, “competencias”, en la neo-jerga), y está bien, pero se olvidan de que una mente crítica y ordenada necesita una materia que ordenar y de la que extraer los elementos para ser, precisamente, crítica. Rechazar que la educación consiste sobre todo en instrucción, en transmisión vertical de conocimientos y del rico legado de quienes nos precedieron con más acierto, lanza un torpedo contra la línea de flotación de cualquier marco común y compartido, que debe ser conservado siempre por la disciplina de la memoria y el ejercicio, racional, de ordenación de sus riquezas acumuladas.

            Las escuelas, convertidas muchas veces en máquinas del olvido, no cumplen mínimamente la función de la antigua paideia griega, y es algo que vienen denunciando los pocos baluartes de los estudios humanísticos que sobreviven en España y en el resto de Europa (véase, en nuestros lares, García Gual, Moreno Castillo, Fernández Liria…). La conjunción en nuestros centros docentes de los dos conjuntos de circunstancias antedichas, unido al uso desaforado de las nuevas tecnologías en el aula (y en la Universidad), con la consiguiente pérdida de la capacidad de concentración y esfuerzo, crean el campo de cultivo de la ignorancia generalizada, de la desmemoria conscientemente impulsada y, por tanto, de los diversos dogmatismos que hoy vuelven a acosar a lo común de lo humano. Si la democracia necesita de ciudadanos informados, cultos, críticos, forjados con la palabra y el debate, en pocos años podremos dar por finiquitada esa concepción. Y es que no es de extrañar que la propia cultura de los derechos humanos, que debería pertenecer a aquel sustrato que comenzábamos con Troya o Antígona, es decir, al patrimonio común de la humanidad, esté también en crisis y asediada. Hagan una prueba si son docentes, o si son padres: pregunten a una persona ya mayor de edad, universitaria o no, qué fue el Holocausto y qué supuso. Yo lo he hecho, y por culpa del mutis, la incredulidad o el balbuceo generalizado de las respuestas que recibí, he escrito estas líneas. Fíjense si la situación es fatídica ya: ni siquiera se comparte entre todos el hecho que ha cambiado por completo la condición humana y nuestra historia; ni siquiera se tiene memoria de ello. Recordemos las palabras de Hannah Arendt: “Corremos el riesgo de olvidar y tal olvido significaría que nos privaríamos de una dimensión esencial: la de la profundidad de la existencia humana”.

No nos extrañe, pues, el regreso de viejos fantasmas con renovadas armas, porque hemos destrozado los anticuerpos que podían hacerles frente desde la defensa, a ultranza, de la democracia.

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