23F. Una experiencia compartida

Diego Blázquez

Durante la última semana, tanto los medios de comunicación como la agenda institucional han dedicado un valioso tiempo a la conmemoración de una efeméride particular: los cuarenta años del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

Quizás, para muchos recordar esta efeméride no tenga sentido, ya que evidentemente se trata de un suceso negativo para nuestra historia democrática. Para otros, se trata de un evento lejano en el tiempo y finalmente fracasado, por lo que tampoco le encuentran otro objeto a las páginas, bytes y minutos de información, más que dar cobertura a la agenda política. Finalmente, para otros muchos, especialmente las generaciones más jóvenes, se trata de un suceso histórico más, del que pueden (o no) tener un conocimiento puramente académico.

Y, sin embargo, desde la perspectiva del fomento de la cultura de los derechos humanos, y especialmente los derechos civiles y políticos, esta conmemoración está plena de sentido.

Para comprender el sentido que tiene recordar el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, en primer lugar, tenemos que atender al carácter dinámico de la historia de los derechos humanos. Los derechos fundamentales no son ni un maná caído del cielo enviado por una divinidad celestial, ni fruto de la naturaleza, ni de la lógica, ni mucho menos regalos de quien ostenta el poder (cualquier tipo de poder). Por el contrario, la historia de los derechos humanos, y por lo tanto la historia de la democracia, es una historia de conquista, de lucha y de sacrificios personales y colectivos.

La difícil construcción de la democracia en España desde la muerte de Francisco Franco forma parte de esa lucha, y se explica en esa lucha. Ninguna esfera de libertad individual, colectiva o sus garantías venía dada ni garantizada por la evolución de los eventos políticos o sociales. El hecho de que un grupo de militares, utilizando las armas y la fuerza legítima que el Estado les había confiado, intentara secuestrar a los representantes del pueblo español y condicionar su voluntad, muestra como el reconocimiento de los derechos y sus garantías se hace contra y pese a la voluntad de fuerzas autoritarias, dogmáticas y antiliberales. Por eso, preservar en la memoria el intento de golpe de Estado de 1981 ha de servirnos para guardar cierta épica cívica en la construcción de nuestro sistema democrático frente a sus enemigos.

En segundo lugar, respetar esa épica no solo se debe a la naturaleza histórica dialéctica de los derechos; esa épica también nos tiene que servir como recordatorio de la fragilidad de la democracia y del sistema de derechos y garantías que implica. En este sentido, mantener la memoria del 23F es también mantener la memoria de la excepcionalidad histórica de la organización política, social y económica que suponen los Estados democráticos de Derecho. Todavía hoy, en febrero de 2021, según el Índice de Democracia de The Economist prácticamente la mitad de la población mundial no vive en sociedades democráticas y no llega al 10% la sociedades plenamente democráticas. Tenemos la suerte de vivir en una de ellas gracias los esfuerzos y desafíos que han tenido que superar muchas generaciones de españoles y españolas, y de demócratas a lo largo de todo el mundo.

En tercer lugar, esa épica puede y debe servir como elemento de cohesión en torno a un lenguaje común, como esa cultura de los derechos. Se trata de una épica inclusiva, que se fundamenta, precisamente, en el rechazo de todo discurso violento, excluyente y diferenciador. Es una épica moderna llena de valores profundamente éticos como es el rechazo a la violencia, el respeto a la democracia representativa y el Imperio de la Ley. Y, por tanto, quedan fuera épicas (y éticas) comprehensivas, propias de sociedades cerradas, basadas en identidades culturales, étnicas o religiosas.

Por último, y en esa misma línea, recordar el 23F nos tiene que servir para valorar, siempre con un sentido crítico, la evolución de la democracia en nuestro país. Tener presente que tan solo hace cuarenta años fue perfectamente posible que, por la fuerza de las armas, se violentara la soberanía del Parlamento, se intentará paralizar y subvertir un procedimiento constitucional y suspender el régimen de libertades de que disfrutábamos. Tener presente cuanto hemos andado desde entonces por el largo camino de la libertad y la igualdad, conocer los cambios operados en nuestra sociedad y garantizados por leyes e instituciones; y, evidentemente, también, y sobre todo tiene que servir para ser críticamente consciente de los desafíos que nos quedan por delante, bien por no superados, bien porque se trata de nuevos riesgos que plantea la evolución de la vida política, económica y social.

Para desarrollar esa visión en perspectiva crítica, no podemos olvidar la necesidad de una dimensión o contenido emocional, que también forma parte de cierto “pegamento” social. Todavía tenemos presente la memoria de quienes sintieron esa noche el miedo a la violencia política. Tenemos también entre nosotros el compromiso de los profesionales de los medios de comunicación que mantuvieron informados al país a través de la radio o la prensa escrita. Para toda una generación constituyó un vergonzoso recordatorio de la debilidad de las conquistas obtenidas, y la necesidad de reforzarlas. Frente a la división, se contestó con la unidad de todas las fuerzas políticas en torno a los valores constitucionales de libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. No podemos olvidar que se trata de un patrimonio histórico con un valor incalculable, y que puede servir de útil recordatorio, como cimiento o fundamento, cuando las tensiones políticas y sociales se profundizan y agravan de forma estéril o banal.

Personalmente, viví el intento de golpe de Estado en una pequeña ciudad de provincias, donde las primeras horas fueron de una confusión e incertidumbre que a pesar de mi corta edad pude sentir. Superadas esas primeras horas, tengo todavía el recuerdo de la aliviada alegría de mis padres en una fría mañana castellana. Al día siguiente, acudí a la que sería mi primera manifestación.

Creo que comparto esos recuerdos, sentimientos y vivencias con muchas personas de mi generación. Obviamente, lo viví de manera diferente a cómo lo harían mis padres y mis abuelos. Cada generación busca sus hitos sociales para refrendarse en sus valores. Para unos fue la lucha antifranquista, la consecución de la autonomía o de la amnistía, el 23 F, las protestas por salvar a Miguel Ángel Blanco, las manos blancas por Tomás y Valiente, el 8M, el No a la Guerra o la dignidad de las víctimas del terrorismo.

En todo caso, la lucha por los derechos, el compromiso por la libertad y la igualdad, además de la teorización filosófica, política y jurídica, necesita también esa dimensión personal. El sentimiento de saber que tu contribución es importante, de saber que haces historia, que con tu participación haces posible las conquistas de la libertad de los seres humanos.

No es necesario desterrar las vivencias de los demás. Por el contrario, es necesario generar ese patrimonio compartido de experiencias democráticas, de compromiso generacional e histórico en torno a unos valores comunes que articulen nuestro proyecto compartido como sociedad, y que están por encima de las diferencias.

La victoria de la democracia y los derechos humanos de hace 40 años se tiene que renovar cada día, a pesar de las diferencias y de las dificultades. Para ello, es esencial compartir no solo los valores, pero también una historia diversa y compleja en la que deben caber las vivencias y las aportaciones de todas las generaciones en la larga lucha por las libertades y la democracia. Junto a otros muchos jalones de la historia, el triunfo final de la democracia en España que supone el fracaso del 23F, y las actuaciones de algunos de nuestros representantes y de la sociedad civil, merecen un lugar en ese profundo recorrido.

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