A vueltas con el burka

Ana Valero

El domingo Suiza aprobó en referéndum -con el 52 % de votos- la prohibición del uso del velo integral o burka en los espacios públicos, algo que ya habían hecho anteriormente países como Francia o Bélgica. Quiero comenzar mis reflexiones al respecto reafirmando mi condición de mujer progresista y feminista, atributos que bien podrían predisponer al lector, para desilusionarlo después, sobre la inclinación con la que abordaré una cuestión tan polémica. Sé que me adentro en un debate especialmente sensible en entornos feministas, pero trataré de salir indemne siendo fiel a mi propósito: hablar a favor de la igualdad y la libertad de la mujer musulmana desde una posición que rechaza todo tipo de paternalismo hacia ellas.

Dilucidar si una prohibición de este tipo vulnera derechos fundamentales, requiere comenzar dejando claro que ataviarse con el velo integral constituye una manifestación de la libertad de conciencia de quien lo hace. Por ello, su prohibición no puede entenderse más que como una limitación de ésta que debe, para ser constitucionalmente legítima, cumplir dos requisitos: por un lado, perseguir la protección de otro u otros derechos o bienes constitucionalmente reconocidos; y, por otro, ser una medida proporcional, esto es, necesaria e idónea para alcanzar dicho fin.

El primer derecho en conflicto aducido por los partidarios de la prohibición sería la dignidad y la igualdad de la propia mujer musulmana, al entender que el velo que cubre el rostro es un instrumento de opresión sexista y un símbolo del fundamentalismo islámico, que evidencia cuán lejana se encuentra dicha cultura de los valores de la sociedad occidental. Sin entrar a valorar el significado real del burka y su carácter más o menos imperativo, me limitaré a apuntar la hipocresía de una medida que, adoptada en pro de la mujer, deja de lado su voluntad. Si su finalidad es garantizar la libertad de la mujer en el espacio público, parece incoherente adoptar una medida que puede conducirla a su aislamiento en el ámbito familiar o cultural del que presuntamente proviene la discriminación.

El segundo de los motivos invocados no adolece del carácter paternalista del anterior, pero sí incurre en el desafortunado estereotipo que identifica Islam con terrorismo, pues apela a la seguridad y al orden público como bienes que pueden verse amenazados por el uso de la prenda. A este respecto conviene recordar que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos afirmó en el año 2010, en el caso Arslan contra Turquía, que “el simple hecho de encontrarse en la vía pública un grupo de personas vestidas de una forma concreta -en este caso era un turbante y una túnica negra- no constituye una amenaza para el orden público -en su versión de seguridad pública- o una coacción sobre los demás”. Y ello porque no es admisible limitar “preventivamente” derechos fundamentales sobre la base de hipotéticos y futuribles riesgos o amenazas. Pues, como ha señalado el Tribunal Constitucional español, “para activar la cláusula de orden público no bastan las meras sospechas, sino que es preciso siempre una real alteración del orden (material), entendiendo por tal la que impide el normal desarrollo de la convivencia ciudadana en aspectos que ponen en peligro la integridad de las personas o de los bienes”.

La necesaria lucha por la igualdad no pasa, en mi opinión, por la adopción de normas que proscriben el derecho de algunas mujeres musulmanas a exteriorizar sus convicciones, sino por favorecer su inserción de la forma que les resulte más cómoda en el espacio público. Lo que exige de su reconocimiento aunque sea a través de una rejilla. 

 

6 pensamientos en “A vueltas con el burka

  1. Me pregunto si en los países donde no hay prohibición expresa del uso del velo integral, las mujeres son realmente libres para llevarlo o no. ¿Cuántas de ellas llevan el velo para manifestar su «sumisión a Dios», o en realidad la presión del entorno y la familia es tal que no les deja opción y al final es simplemente un acto de sumisión?

  2. Aún admitiendo la libertad de una mujer para ponerse el burka por decisión propia y con entera libertad por motivos religiosos o culturales o ambos a la vez (cosa que, personalmente, considero muy dudosa), por qué debemos admitir que lo haga en nuestra sociedad occidental cuando, cualquier mujer occidental, debe usar el velo en público en un país musulmán de esos que exigen el burka; le guste o no.
    Creo que debemos respetar las libertades personales, pero dentro de las normas que todos nosotros nos hemos dado.
    ¿Puedo yo andar libremente por la calle o entrar en un banco con un pasamontañas en cualquier país europeo? ¿Debería poder?
    Están las libertades personales, pero también están las normas sociales. Debemos respetar ambas

  3. Desconfío de la verdad de una mujer que asegura que usa burka, hiyab o pañuelo demo do completamente libre y sin condicionamientos religiosos o socio-culturales. Sencillamente no me lo creo. Como tampoco me creo que un mujer con altos tacones, piernas al aire o lencería llamativa a la vista lo haga como expresión de su libertad incondicionada.
    Desconfío, ambas deciden dentro de un marco de construcciones externas interiorizadas. Veo mujeres que se visten de forma hipersexualizada que no se me antoja más libre que la de las que visten Burka. Alguien lo ha llamado “los burkas de occidente”.
    Pero que a mí me parezca una imposición no me lleva a pedir di prohibición. No haría más libre a nadie. En vez de prohibir, porqué no debatimos para ir deconstruyendo marcos impuestos y abrir espacios a la verdadera Libertad, que siempre es la que es capaz de pensarse a sí misma y seguir decidiendo?

  4. El nudismo integral en la vía pública está prohibido. No es delito (afortunadamente) pero no se puede practicar si tus creencias personales (no tienen por qué ser religiosas) así te lo dice. Hace poco en ciudades de playa españolas se ha prohibido así mismo circular por la vía pública en bañador. Y son numerosísimos los locales que no permiten entrar con el torso desnudo. En muchas de nuestras iglesias la mujer no puede entrar en short. Ni tampoco en los museos vaticanos. Hay locales en los que no se puede entrar sin corbata o sin chaqueta. Y no puedes pisar el césped de un campo de fútbol con calzado de calle. Las convenciones de vestimenta pueden respetarse o no, pero quien n lo haga deberá atenerse a las consecuencias que de ello se deriven. Es complicado hablar de un «problema religioso», que es donde lo llevan casi siempre los defensores y detractores del burka. A mí me daría reparo bañarme en una piscina donde haya personas vestidas (sean mujeres u hombres). Y no me gusta la idea de compartir un sitio cerrado con alguien con burka. No sé si es hombre o mujer. Ahora que andamos con la cuestión de sexo y género, me parece que hacer un caballo de batalla de una vestimenta que (digan lo que digan) invisibiliza a la mujer es una cuestión muy menor. Creo que una reunión de varias mujeres con burka las convierte en un número. Luchamos por la liberación femenina y asumir que ciertas mujeres tienen derecho a elegir ir por la calle convertidas en un punto negro no mejora en absoluto su visibilizacición individual. Ponemos el grito en el cielo cuando un machista le dice a su novia que la minifalda es muy corta o el escote muy pronunciado, pero nos parece genial que sea «incoherente adoptar una medida que puede conducirla a su aislamiento en el ámbito familiar o cultural». La «cultura» no puede ser un pasaporte para cualquier cosa, porque damos la razón a los fascistas que hablan de mantener las sagradas tradiciones de la recia y muy católica España.

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