Cuatro reflexiones a propósito de Kigali y los HFCs

Teresa Ribera

Kigali ha sido testigo de un gran paso en la lucha contra el cambio climático. En la madrugada del sábado 15 de octubre se ha adoptado una enmienda al Protocolo de Montreal a la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono. Reclamada desde hace años por grupos ecologistas y un buen número de países, en los últimos meses se ha convertida en una de las prioridades diplomáticas del fin del periodo Obama. Con su adopción se pretende la eliminación de determinados gases de “vida corta” –los HFCs– que, sin embargo, presentan una tendencia de uso al alza poco deseable. Esta decisión es considerada por muchos como la medida individual más relevante de todas las tomadas hasta la fecha en materia de cambio climático.

Técnicamente, la enmienda acordada incorpora el compromiso de los firmantes de prohibir y retirar de la circulación de forma gradual la familia de gases hidrofluorocarburos –HFCs–, refrigerantes de uso común en neveras y aires acondicionados y con un elevado potencial de calentamiento. Con ello se permite no sólo ayudar a la recuperación de la capa de ozono sino también a evitar la emisión a la atmósfera de alrededor de 70 mil millones de toneladas de CO2 equivalente entre 2020 y 2050. Una cantidad que equivale a las emisiones de 500 millones de vehículos y se equipara al incremento de medio grado centígrado en la temperatura media del Planeta. Sigue leyendo

El primer paso de una nueva marcha por el clima

Teresa Ribera

Algo ha cambiado en muy poco tiempo. Y puede hacerlo de forma todavía más rápida. Sea por la certeza de que respirar aire contaminado acarrea graves problemas de salud, por la indignación que provoca el fraude continuado de VW o por la dulce ausencia de frío a punto de empezar el mes de diciembre, lo cierto es que hoy, más que nunca, los ciudadanos reivindican a las instituciones tomarse en serio el asunto del clima.

Se acabó el miedo a qué pierdo en la transición y llegó la época de la indignación por el coste que nadie parece estar dispuesto a evitar. Que tomen buena nota los más de 150 líderes que participarán en la Cumbre del Clima de París en estos días. Rajoy dice haberlo hecho también. La historia, no la de dentro de 50 años sino la de mañana mismo, será severa con quien teniendo ocasión de hacer no hizo lo suficiente.

Baron Pierre Paulus de Châtelet (Belgian 1881 – 1959 ) , Clouds

Este mismo es el análisis que empieza a extenderse en el ámbito financiero. Inversores de largo plazo y compañías de seguro y reaseguro empiezan a salir de su tradicional y conservador silencio para advertir: invertir en combustibles fósiles es arriesgado financieramente y velaremos porque nadie cometa un error con nuestros recursos hasta el punto de exigir responsabilidades a quien, sabiéndolo, no tome las precauciones suficientes. Pero hay quien va más lejos y apunta a la inmoralidad de obtener pingües beneficios en un negocio que tanto daño causa en el mundo, cebándose muy en particular en los colectivos más frágiles y vulnerables.

¿Significa todo ello que París es “pan comido”? Ni mucho menos. Todavía resuenan los ecos de quienes dudan sobre la necesidad de renunciar a combustibles fósiles para ofrecer progreso; las voces de quienes reclaman un ajuste financiero final con la historia pasada antes de iniciar una nueva etapa… Se mezclan motivos legítimos de preocupación con inercias y manipulaciones. Nadie saldrá ganando de un no-acuerdo y todos, sobre todo los más pobres, saldremos perdiendo de la falta de liderazgo compartido en la transición a un mundo bajo en carbono. Pero un equilibrio justo requiere el compromiso de la comunidad internacional en la búsqueda de respuestas para los que más sufren los efectos del cambio climático, para quienes aspiran a un bienestar que deberá construirse de un modo distinto y, en último término, para quienes corren el riesgo de perderlo todo… hasta el suelo sobre el que construyen sus casas y siembran su alimento.

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De vuelta a casa, en España, será importante asegurar que los hechos acompañan las palabras, que las agendas políticas, la vida municipal y las estrategias empresariales se aprestan a buscar la coherencia que todavía nos falta. ¿De verdad nos creemos las utopías gasistas y petroleras? Necesitaremos acompañar a los mineros –que no al carbón– en un proceso de transición justa hacia un modelo económico viable para ellos y sus familias en sus comarcas. Se requerirá pensar y poner en práctica ese 100% renovable para mediados de siglo que tanto bueno puede aportar a la economía, la innovación, la factura energética y el medio ambiente. Y exigirá también corregir la escandalosa invitación a enladrillar la costa con la que este último gobierno nos ha obsequiado, a reinterpretar el demagógico “agua para todos” y en cualquier circunstancia para afirmar un “agua para que todos podamos beber” hoy y mañana pero ni para todo, ni esquilmando los escasos recursos de los que disponemos, ni a cualquier precio.

Hay mucho y bueno en el horizonte. Atisbamos por primera vez la oportunidad de asentar las bases de un nuevo modelo de prosperidad global, más inclusivo y coherente con los límites físicos de nuestro entorno. Esto va en serio y genera una nueva forma de entender las políticas públicas, la regulación y los sistemas fiscales, las relaciones comerciales y de cooperación, las estrategias empresariales, la aplicación del conocimiento y la rendición transparente de cuentas para aprender juntos a construir nuestro futuro común.

Ojalá, ojalá… En quince días podamos celebrar el primer paso de una nueva marcha por el clima a la luz del sol.

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Elogio del ‘buenismo’

Fernando Flores

Un buenista es un ‘tonto incompetente no pocas veces irresponsable’ al que dentro de unos años homenajearán por visionario (‘que se adelanta a su tiempo o tiene visión de futuro’) los que hoy lo desprecian, o sus descendientes.

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El buenista es habitualmente de izquierdas o cristiano de base, cree y practica la solidaridad, defiende que se trate como seres humanos a los inmigrantes (sí, también a ‘los económicos’), asume –incluso le gusta– el multiculturalismo, le espanta la guerra, reivindica los derechos sociales y las acciones positivas (con dinero público, obviamente) para conseguir la igualdad y dignidad mínima de todas las personas, defiende el medio ambiente, rechaza la tortura como medio para sacar información a los terroristas y, probablemente, sea o sería partidario de la educación y salud pública y de calidad para todos.

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Eran conocidos buenistas Jesús de Nazaret, Bartolomé de las Casas, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Clara Campoamor, Manuel Azaña, Albert Einstein, y mi maestro de música, José Señer… (menos el último, todos tienen estatuas y calles en su honor). En la actualidad, probablemente lo sean Belén Gopegui, Emilio Lledó, Wangari Maathai, José Mujica, Aung San Suu Kyi, Wyoming y Ada Colau.

Con fijarse un poco en las declaraciones que en los últimos meses vienen realizando buena parte de nuestros ‘pensadores públicos’ respecto de cuestiones como la ola de refugiados hacia Europa o la defensa contra el terrorismo yihadista, uno no tiene más remedio que sacar la conclusión de que defender en serio los derechos humanos –protegerlos, promocionarlos, extenderlos–, luchar contra el cambio climático y reclamarse pacifista, es propio del buenismo más retrógrado. Es decir, de ingenuos, sentimentales, tibios, relajados, incoherentes, fantasiosos y desubicados.

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En la era de la simplificación resulta fácil escribir un post de brocha gorda como este. Si muchos conspicuos políticos y opinadores, de los que se denominan a sí mismos ‘responsables’ (y a los que coherentemente podríamos denominar como ‘malistas’), acusan sin mayores argumentos de ajenos a la realidad a quienes rechazan bombardear y mandar tropas a Siria, proteger los derechos laborales de la clase obrera o abrir las puertas a los refugiados, no veo por qué no puede ventilarse una contestación con los primeros párrafos de este texto.

Pero esto no es así, no debería ser así. Abordar las cuestiones importantes debería exigir algo más de seriedad y, por qué no decirlo, de pedagogía, aunque fuera de la más sencilla. De este modo, creo que el análisis riguroso de la realidad, unido a la voluntad de mejorarla, en el sentido de aproximarla a lo que nuestros contratos sociales establecen (las constituciones, los tratados internacionales, los principios que justifican el trabajo de organizaciones internacionales como la ONU, el Consejo de Europa o la propia Unión Europea) exige, de una parte, el rechazo radical contra quienes reducen despectivamente a buenismo la defensa real, y no solo proclamada en discursos vacíos, de los derechos y valores que esas normas y organizaciones representan.

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De otro lado, nada impide –más bien, se exige– que a la defensa férrea de los derechos y el pacifismo se unan propuestas serias para tratar de debatir y encarar ahora los graves problemas que todas las sociedades complejas provocan. Lo que sucede, y lo que sucede es el quid de la cuestión, es que no pocas de esas propuestas (que sí existen) chocan frontalmente contra algunos de los intereses creados en el marco de un sistema que debería tener como centro al ser humano y que, sin embargo, se ve dominado por las relaciones del poder y el dinero.

Así que la posición política de quienes, por ejemplo, firman el manifiesto No en nuestro nombre, no es ni ‘mística’ ni ‘blanda’. Es sencillamente una posición y perspectiva absolutamente legítima (y en este caso, como en muchos otros, estrictamente legal) de una parte de la sociedad que no cuenta con el apoyo mayoritario de quienes gestionan y publicitan aquellos intereses creados, pero que representa valores esenciales de la sociedad, valores que deben ser tenidos muy en cuenta por quienes en último término adoptan las decisiones de gobierno.

Despreciar esa posición, humillarla con motes despectivos, es evitar (y muchos lo hacen sin inocencia alguna) la puesta en cuestión de un modelo político estatal y global que se aleja a marchas forzadas de los intereses de los ciudadanos, de los que son y de los que de algún modo aspiran a serlo. Además, es rechazar la imprescindible (aunque dura) reflexión y debate sobre cómo deben ser interpretados y aplicados los derechos humanos en momentos complicados o en situaciones límite. En suma, es impedir que se haga realidad lo que hasta ahora veníamos llamando ‘el funcionamiento normal del sistema democrático’.

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El guionista de Los Simpson y el legado de Springfield

Teresa Ribera

“El medio ambiente es… la felicidad”, me dijo a principios de abril en tono frívolo y jocoso alguien que, dada su posición y responsabilidades, debería tomarse el asunto mucho más en serio. Menos de quince días después, también en tono burlón, la revista The Economist comentaba las conclusiones del Grupo de Trabajo 3 del Quinto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (5AR del IPCC) en un artículo titulado “Another week, another report”.

Para sentido del humor en cuestiones ambientales y climáticas prefiero, sin duda, a los chicos de Ballena Blanca, revista ambiental de estreno que pondrá a prueba la madurez de los españoles, inspirada –según sus propios promotores- en esa especie de guión de Los Simpson que parecemos estar escribiendo colectivamente en nuestros país  en estos duros tiempos actuales. Más vale tomarse las cosas con un poco de sentido del humor porque, en realidad, no tiene ninguna gracia, e incluso, en función de quien venga el chiste resulta tremendamente irritante.

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La felicidad no sé, pero el “legado” cada vez parece más el de Monty Burns (el dueño centenario de la central nuclear de Springfield). Algo así debe estar pensando un importante sector del Partido Socialista francés, rebelado frente a las políticas de austeridad del recién estrenado Primer Ministro Valls. De este modo se hace visible una socialdemocracia europea desolada que, por primera vez, empieza a mostrar su preocupación por las gravísimas consecuencias de la herencia que dejará esta crisis: décadas de deuda pública que limitarán la capacidad de las políticas, deuda fruto de la socialización de los costes que han dejado los beneficios de unos pocos. Lo que es peor, la deuda lo es también ambiental, incurrimos de forma consciente en una hipoteca cuyos intereses pagaremos con creces y de desigual modo en el futuro.

El 22 de abril se ha celebrado el Día de la Tierra. Una conmemoración que tiene por finalidad, precisamente, recordarnos la importancia de gestionar bien el legado que hemos de dejar a nuestros hijos. Los informes del IPCC son un buen instrumento para ello. Permiten disponer de información solvente, contrastada, resumida y comprensible sobre el comportamiento del sistema climático, los efectos previsibles que conllevaría el cambio climático, y las herramientas disponibles para mitigar las causas que lo originan. Cada uno de estos tres grandes asuntos es tratado por un grupo de trabajo que adopta por consenso entre sus autores y revisores (más de 2000 en total) sus conclusiones. A lo largo de estos últimos meses se han aprobado las conclusiones de los tres grupos de trabajo.

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Las conclusiones dejan poco margen a las dudas. El incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero y su concentración en la atmósfera ha tenido lugar con arreglo a una pauta más intensa y peligrosa que los escenarios más pesimistas que se barajaron en la elaboración del Primer informe de evaluación hace ahora veinte años. Las consecuencias probables que ofrecen los modelos climáticos son dramáticas en términos de incremento de intensidad y frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, ponen en riesgo zonas densamente pobladas en el sureste asiático, dificultan el acceso a agua potable y a alimentos para una gran parte de la humanidad y, asociado a ello, generan un impacto notable en los factores de riesgo de migraciones y seguridad intra y transfronteriza. Todo ello forma parte de una realidad probable para la segunda mitad de este siglo -es decir… para ya mismo- salvo que hagamos un enorme esfuerzo colectivo por evitarlo.

El Grupo 3 orienta sobre el mejor modo de abordar las opciones de mitigación, indicando el grado de confianza y probabilidad de cada una de sus aseveraciones. Destaca la sostenibilidad de los patrones de desarrollo y la equidad como la base más importante para abordar con éxito las políticas de clima; así como la trascendencia que tiene la actuación colectiva frente a respuestas parciales guiadas por intereses particulares y de corto plazo. Es interesante ver cómo los autores subrayan la trascendencia ética y de equidad que pueden tener las decisiones sobre cómo reducir emisiones y, por ello, inciden en la importancia de combinar adecuadamente las políticas de clima con las de erradicación de la pobreza y acceso a formas básicas de bienestar como son el disfrute de agua y energía.

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Las emisiones relacionadas con este último ámbito –producción y consumo de energía- y con los procesos industriales representan el 78% del total global desde 1970 hasta nuestros días. Si no se adoptan medidas adicionales a las ya anunciadas para reducir emisiones, la temperatura media del planeta aumentará entre 3,7º y 4,8ºC hacia fin de siglo. Los escenarios de mitigación manejados por los autores indican que para mantener la probabilidad de que la temperatura no crezca más de 2ºC es imprescindible acometer drásticas reducciones antes de 2050, lo que requiere cambios radicales de gran escala en nuestro sistema energético. Si retrasamos nuestra actuación los costes en términos de impactos y de reducción se dispararán. No pueden evaluar las distintas combinaciones de efectos secundarios positivos y negativos de las alternativas disponibles para la mitigación pero sí advierten de la devaluación de los activos invertidos en energías fósiles si se toma en serio el asunto del clima. Las conclusiones del grupo 3 incluyen información relevante sobre el potencial que tiene adoptar medidas en energía, en agricultura y usos de suelo; en urbanismo e infraestructuras… y concluye describiendo y valorando diversos instrumentos económicos y financieros que han ido aplicándose en estos últimos años como, por ejemplo, los mercados de carbono o herramientas financieras ad hoc.

Y aquí es donde el guionista de Los Simpson empieza a frotarse las manos. Un informe de estas características es una descripción clara y solvente de la bomba de relojería que tenemos entre las manos, con la enorme ventaja de incluir el manual de instrucciones para evitar su explosión y garantizar un legado “gestionable”. Sin embargo, cuesta tanto sacudirse la apatía que no falta quien, impúdicamente, desvíe nuestra atención prometiendo petróleo y gas baratos y juegue con el miedo colectivo de la recesión para retrasar los cambios en lugar de utilizar la necesidad de cambio como oportunidad para la recuperación. ¡Qué guiones!, ¡qué fuente de inspiración a partir de la vida misma! Viva el humor ácido, si sirve como acicate; pero huyamos de la burla cínica y descreída cuyo objetivo final es garantizar el desánimo que nada cambia. Al guionista, le toca repartir los papeles y decidir el argumento. ¿Cambiamos de serie?

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Clima, se acerca la hora de la política

Teresa Ribera

Sometida a una creciente polaridad insana, la respuesta política al cambio climático parecía haberse alejado de esa base común que los británicos identifican con “los intereses del Reino Unido”. El empuje de otras épocas se había ido, poco a poco, diluyendo durante el mandato de Cameron, con bandazos en política energética y sometido a una fuerte presión procedente del euro-clima-escepticismo del ala tory más a la derecha y, sobre todo, del amenazante UKIP. Tampoco el laborismo de Ed Milliband parecía estar dispuesto a arriesgar demasiado capital político en esta materia tras las tensiones internas con los sindicatos, así que sólo se animó a dar una desconcertante pero llamativa campanada electoral: si gana las elecciones en 2015, congelará la factura eléctrica.

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Como la naturaleza tiene sus propias reglas, ocurrió lo que los modelos climáticos muestran como escenarios más probables en el medio y largo plazo: que amplias zonas bajas del suroeste británico quedaron bajo metro y medio de agua. No un día ni dos. Llevan semanas y con relevantes afecciones para los vecinos y sus casas, además de cortes en suministros de todo tipo de servicios públicos como el transporte y la electricidad.

Algo parecido pasa a escala europea donde, a fuerza de repetir medias verdades, la gente se ha creído eso de que Europa ya ha hecho mucho y que deben ser los otros los que hagan más. Es como si la lectura frívola e irresponsable de considerar este asunto una carga decorativa hubiera encontrado acogida definitiva entre las élites europeas. Merkel duda sobre si asumir el liderazgo y empujar la agenda, o si mantenerse prudente a la espera de los acontecimientos para no correr riesgos ante un amplio sector industrial conservador; Gabriel evalúa los riesgos políticos de presionar la agenda del clima y la transición energética; Van Rompuy parece haber decidido evitar cualquier riesgos de agrios debates en el Consejo; Tusk todavía no ha entendido que las políticas de clima también benefician a Polonia y que forman parte de un acervo común europeo al que ningún político con vocación de ejercicio para las próximas décadas debiera renunciar; Hollande quiere y se esfuerza por superar escollos pero todavía no ha encontrado la manera de hacerlo, y aquí en España nos entretenemos con una vuelta al pasado en energía y haciendo oídos sordos a la ciencia (¡y a las olas!) pensando en el dinerito y la satisfacción que da decir que todo el mundo puede hacer lo que quiera en primera línea de playa o en otras zonas vulnerables. Cuando lleguen las desgracias y los malos ratos, nos acordaremos de las imágenes dramáticas de un pasado en el que acostumbrábamos a ocupar sin pudor el cauce seco y las zonas de máxima –aunque sea inusual- crecida de los ríos.

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Pero el mundo sigue su curso y Kerry, cuyo compromiso con la agenda del clima era bien conocido y cuyas habilidades diplomáticas lo son cada día más, ha decidido recuperar el tiempo perdido. Y sabe que lo más importante, tanto para el clima global como para la opinión pública estadounidense, es un fructífero acuerdo de trabajo común con China. Y eso hace. Cooperación política bilateral en clima, intercambio de información, desarrollos industriales y tecnológicos conjuntos… Incluso, si es verdad lo que anuncian en su último comunicado, concertación de cara a la negociación de Naciones Unidas. Es decir, un G2 que da sus primeros pasos y del que la torpeza común europea parece habernos dejado fuera.

Todavía hay tiempo –poco- y excelentes ocasiones para recuperar el tren: tenemos un Consejo Europeo a mediados de marzo (¿será verdad que no dirán nada? Menudo papelón para los gobiernos europeos y sus líderes tras los pronunciamientos de la Comisión y el Parlamento Europeos); elecciones europeas inmediatamente después; una Cumbre convocada por Ban Ki Moon sobre este asunto en septiembre en Nueva York… Y tenemos cada día y cada líder o aspirante a serlo que debiera pronunciarse muy seriamente sobre este asunto. ¿Superan la prueba nuestros compatriotas?

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Una estrategia de seguridad global para Europa y cómo invertir en seguridad climática

Teresa Ribera

El Consejo Europeo de diciembre incluye en el orden del día un punto sobre la estrategia de seguridad europea. Hay varias cuestiones importantes que requieren un debate a fondo entre los líderes de los 28. Destacan la necesidad de actualizar la identificación y características de los grandes asuntos incluidos entre las prioridades en materia de seguridad común y los pasos a dar para abordar la consolidación de una verdadera estrategia de seguridad a 28 frente a la fragmentación sectorial y nacional que todavía impera. Hay además muchos y variados aspectos sobre los que reflexionar en un momento en el que Europa descubre las debilidades que conlleva el desplazamiento del protagonismo político y económico del Atlántico al Pacífico y una clara reordenación de las debilidades y herramientas para hacerles frente.

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La importancia intelectual y estratégica de este debate queda reflejada en la reciente proliferación de comentarios y artículos al respecto. Entre ellos, uno especialmente acertado es el publicado por el European Council of Foreign Relations (ECFR) titulado “Why Europe needs a global strategy”, escrito por S. Dennison et al. Los autores proponen que el Consejo le encargue a la señora Ashton una reflexión estratégica global e identifican seis grandes ideas que han de estar presentes en cualquier ejercicio serio sobre el papel de Europa en el mundo, en una época caracterizada por ser periodo de transición y por el despertar político global de actores no occidentales. Señalan, en primer lugar, las dificultades y límites de la versión tradicional del soft power que hasta ahora tantos éxitos ha permitido cosechar a Europa. Además, describen los retos que plantean la limitada eficacia de la ayuda y cooperación económicas en un momento en el que ya hay otros actores con mayor capacidad de gasto –incondicional, o con condiciones distintas a las europeas–; las dificultades crecientes de un “multilateralismo eficaz”; las penurias que atraviesa el “intervencionismo liberal”; la progresiva desvinculación de EEUU del eje atlántico y la necesidad de ver Asia como algo más que un mercado o un gigante económico.

Uno de los elementos que debería formar parte de esa reflexión global sobre Europa en el mundo y los aspectos clave para la seguridad es el de los límites del clima y su incidencia no sólo en seguridad física/ambiental sino también en seguridad económica e incidencia política y bélica. Es un asunto que fue apuntado ya en la revisión que Javier Solana hizo en 2008 a la Estrategia de Seguridad Común aprobada por el Consejo en 2003. La seguridad climática requiere de Europa un planteamiento claro y decidido. Un planteamiento que, hoy por hoy, aparece desdibujado -más allá de la retórica-, como consecuencia de las presiones por la vuelta al pasado y por las múltiples distracciones energéticas que hacen que para muchos se olvide, incluso, cuando definen los retos más elementales a los que debe hacer frente cualquier escenario de seguridad energética.

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Esta necesaria reflexión sobre cuál debe ser la estrategia global de Europa coincide en el tiempo con la obligación de llegar a un nuevo acuerdo global sobre clima en una cita que tendrá lugar, de nuevo, en territorio europeo. Pues bien, si Europa quiere tener éxito en París en 2015 debe extraer las consecuencias que se derivan de estos mismos dilemas planteados por S. Denninson y compañía.

La defensa del clima ha sido una de las banderas de la acción exterior de la UE más importantes y exitosas. De hecho, podemos considerarla una referencia esencial de softpower y multilateralismo que, durante mucho tiempo, ha permitido escapar –y orientar– las dificultades de otras agendas globales. Pero hemos entrado en la edad adulta de las políticas de clima. Este asunto ha dejado de ser algo “cool” con lo que adornar decisiones de empresas o gobiernos. Esto va en serio. Hemos iniciado una nueva etapa radicalmente distinta en la que, a menos que haya un compromiso inteligente y con altísimo respaldo político, no será posible garantizar que el resultado de París sea algo más que un mero acuerdo formal, sin contenido suficiente para abordar el cambio climático con éxito. El primer síntoma de inteligencia y compromiso político del Consejo Europeo -y, si logra el mandato para contarnos que piensa al respecto, también de la Sra. Ashton- debería ser la inclusión de los límites del clima como uno de los condicionantes más relevantes a los que prestar atención desde el punto de vista de la seguridad global. La segunda señal de voluntad real por parte de Europa sería la evolución progresiva de su estrategia exterior en materia de clima.

No cabe pensar –por ahora, al menos- en intervenciones físicas de los ejércitos, pero se  advierte con claridad la complejidad moral que implica el uso de la fuerza y cualquier actuación coercitiva en la defensa de fronteras o la disponibilidad de recursos básicos frente a dramas migratorios masivos fruto de fenómenos meteorológicos extremos, problemas serios de acceso a agua potable o tensiones asociadas a seguridad alimentaria.

Por otro lado, las negociaciones de clima siguen siendo, en gran medida, un pulsómetro adelantado de los cambios en la geopolítica. Es un espacio en el que las distracciones o el fracaso serían muy costosos para todos. Por ello, es uno de los ámbitos más propicios para ensayar nuevas fórmulas de multilateralismo eficaz. Y, sobre todo, ofrece a Europa una fantástica plataforma para reorientar la relación con Asia y recuperar una cooperación clave en un eje Atlántico ampliado hacia el sur. Quizás sea también el mejor vector para fraguar consensos globales sobre los principios que han de orientar la asistencia económica y la cooperación para un mejor desarrollo (cómo y para qué se presta el dinero). Poco sentido tiene reclamar que los 100.000 millones de dólares anuales prometidos en Copenhague a los países más pobres procedan exclusivamente del presupuesto público de países occidentales como correctivo histórico por sus emisiones pasadas y olvidarse de lo demás, consintiendo que el resto del “dinero” discurra por sendas que, o agravan el problema, o no prestan demasiada atención a los efectos de un clima distinto que deberán enfrentar.

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Si lo que de verdad se pretende es reorientar el modelo de desarrollo integrando como premisa la seguridad climática, es evidente que una buena parte deberá proceder de las arcas públicas de los países industrializados, pero eso no basta. Se trata de una precondición clave en términos de credibilidad de Occidente y un argumento moral de primer orden, pero es imprescindible abordar con honestidad y a fondo el debate real e impulsar un acuerdo al respecto entre quienes tienen “chequeras”. Ni 100.000 millones anuales es suficiente dinero para afrontar los problemas del clima, ni la atribución exclusiva de esa obligación a los parlamentos occidentales se corresponde con la realidad económica internacional actual, ni soluciones de este tipo abordan de raíz las causas y las soluciones a la cuestión del clima y sus múltiples amenazas para la seguridad global. Sin embargo, hay espacio y necesidad para trabajar a fondo en la consecución de un acuerdo político global que oriente los principios básicos de la cooperación económica de la banca de desarrollo –multilateral, regional o nacional- incorporado dos premisas tan sencillas como coherentes: la transparencia en la intensidad de carbono propia de cada nuevo proyecto o programa de inversión y la resistencia a los impactos de un clima distinto.

¿No es ésta una buena agenda para trabajar juntos de un nuevo modo en seguridad global?, ¿no es una buena ocasión para que Europa aprenda a pensar en los nuevos dilemas de su estrategia global con uno de los casos prácticos de nueva seguridad más relevantes?

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Respiren hondo

Teresa Ribera

“Respiren hondo prestando atención. Somos la primera generación de humanos que con cada bocanada de aire inhalamos 400ppm de CO2e”. Con esta gráfica referencia inauguró Christiana Figueres, la Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático la Conferencia de las Partes 2013 el pasado 11 de noviembre en Varsovia.

Cinco días antes, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmaba el dato: la medición de la concentración promedio de gases de efecto invernadero en la atmósfera durante 2012 superó las 397 partes por millón, muy por encima de las concentraciones promedio en la era preindustrial, en el entorno de 278ppm, e incomparable a ningún otro registro reportado por los estudiosos del clima en los últimos 800.00 años.

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Si se mantiene la tendencia, el incremento promedio de la temperatura de 0,8ºC vivido en las últimas décadas podrá ser de hasta 4.6ºC a finales de siglo XXI.

Afortunadamente, los gobiernos de 189 países se comprometieron hace unos años a tomar las medidas precisas para que la temperatura media no se incremente más de 2ºC. Eso nos hará convivir con muchos cambios, nos obligará a adaptarnos a un clima distinto y, para muchos, supondrá amenazas tan serias que será imprescindible que la comunidad internacional responsa solidariamente con los más vulnerables. Mantengamos viva en la retina la imagen de desolación de Filipinas: una realidad meteorológica que, compatible con las proyecciones, podría llegar a ser parte de la nueva normalidad climática.

La alarma suena de nuevo cuando el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente nos recuerda que, a pesar de ese compromiso de no permitir que la temperatura supere 2ºC más, las medidas identificadas y comprometidas hasta la fecha todavía quedan muy por debajo de los rangos de probabilidad de éxito y muy por encima de lo recomendable desde el punto de vista de distribución de esfuerzos y costes en el tiempo. Es decir, estamos aún muy lejos de saber qué vamos a hacer para asegurarnos un futuro menos cálido y un incremento exponencial de los riesgos a los que ya hoy estamos expuestos. Es lo que, en la jerga climática, se conoce como “emissions gap” que, a escala global, nos obliga a identificar medidas para reducir entre 8 y 12 GtCO2e adicionales al año de aquí a 2020 (a modo de referencia, en 2010 emitimos anualmente alrededor de 50GtCO2e y para mantenernos en una senda de probabilidad de éxito razonable deberíamos emitir alrededor de 44GtCO2e en 2020, 40GtCO2e en 2025, 35GtCO2e en 2040 y 22GtCO2e en 2050).

Muchas medidas para reducir la distancia que todavía existe para cumplir nuestros compromisos son claras, factibles y tienen ventajas mucho más allá de la preservación del clima. Benefician también nuestra salud, nuestro bolsillo y las arcas públicas; inducen actividad industrial, innovación y empleo y, sobre todo, reducen la factura en vidas humanas y pobreza que dibujan las proyecciones de clima. La gran dificultad para llevarlas a cabo es, sobre todo, política: las implicaciones que los cambios tienen en nuestro modelo económico actual, la estructura empresarial y financiera construidas sobre la premisa de la alta rentabilidad de las inversiones en combustibles fósiles y la demanda de un esfuerzo social colectivo que puede generar irritación en el corto plazo a votantes y consumidores; aun cuando, en el medio plazo, reporte muchas más ventajas que cualquier escenario tendencial de los que se manejan.

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Hay una gran coincidencia al señalar dos grandes áreas sustantivas de actuación: energía y agricultura/bosques. Empezando por la primera, se requiere una inmensa apuesta por la eficiencia energética a todos los niveles, incluida la creación de herramientas específicas para que cualquier ciudadano con intención de invertir en la reducción drástica de su consumo energético en el hogar pueda acceder fácilmente a la financiación inicial que requiere con cargo a los ahorros futuros. Es imprescindible, además, eliminar las billonarias subvenciones a combustibles fósiles que la Agencia Internacional de la Energía cifra en más de 519 billones de dólares/año; en su lugar sale más barato y eficaz económicamente subvencionar directamente a las rentas bajas o a los trabajadores de sectores especialmente afectados como los de la minería del carbón ineficiente. Si a eso sumamos un amplio despliegue de las energías renovables que son ya hoy viables a un coste razonables tenemos gran parte de la ecuación resuelta.

En agricultura, las recomendaciones de mayor impacto son las relativas a una reducción del uso de fertilizantes nitrogenados, una mejor gestión de las emisiones de metano y otras buenas prácticas agrícolas y de usos de suelo que eviten la deforestación y aprovechen al máximo el potencial de fijación de CO2 que ofrecen las plantas.

Con esta agenda, compleja pero positiva, se reanudan las negociaciones internacionales para adoptar marcos globales que faciliten la reducción de emisiones. Lástima que en menos de 48 horas, Japón haya anunciado que renuncia a cumplir sus compromisos de reducción por las dificultades originadas por Fukushima y el nuevo gobierno de Australia haya confirmado su declarado entusiasmo por el carbón y su nula intención de mantener la palabra dada por el anterior en materia de clima y energía.

Es decir que, cuando el viernes 22 de noviembre Christiana Figueres vaya a clausurar la conferencia, no es descartable que tenga que apostillar su entrada: “respiren hondo y disfruten porque, quizás, ésta sea una de las últimas ocasiones en las que inhalen menos de 400ppm en cada bocanada de aire”.

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¿Quién tiene miedo al cambio climático?

Teresa Ribera

¿Qué tienen en común Lampedusa, la bahía de Bengala y Acapulco? Los tres son atractivos destinos de vacaciones. Los tres han sentido en menos de seis semanas lo que puede llegar a ser una pesadilla cotidiana de la que no es nada fácil salir: los terribles efectos, directos e indirectos del cambio climático en sus vidas cotidianas. India y México intensamente azotados por corrimientos e inundaciones que obligan a desplazar a cientos de miles de personas, arruinan cultivos y generan grandes destrozos en casas e infraestructuras –incluidas las que garantizan educación y asistencia sanitaria, agua potable y electricidad…–. Lampedusa, símbolo de una tragedia que no hará sino aumentar: gentes que huyen del hambre y los conflictos y mueren ahogados a nuestra puerta generando un estremecimiento de horror y vergüenza que en pocas semanas queda convertido en vago recuerdo e indiferencia para todos aquellos que no han sido protagonistas directos del naufragio o el  rescate.

Iguales en libertad y derechos, empezando por el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de las personas. Derechos humanos tan elementales, tan difíciles de garantizar y tan amenazados por las consecuencias que un clima distinto, intenso en fenómenos meteorológicos extremos, que está cambiando las condiciones en las que se desenvuelve la vida cotidiana del hombre. Hay zonas especialmente vulnerables y, sobre todo, hay colectivos que lo son todavía en mayor medida: pobres, residentes en zonas bajas, próximas a cauces de ríos o al litoral, barriadas de viviendas frágiles, dependientes de economías precarias basadas en actividades agrícolas… Tensiones asociadas al acceso a agua potable y alimentos, dificultades para satisfacer una demanda energética basada en monocultivos fósil … serán algunas de las constantes en los próximas décadas si no hacemos nada para remediarlo.

No son escenarios de ciencia ficción. Son, simplemente, algunas de las consecuencias asociadas a lo que los modelos climáticos ofrecen como escenarios probables si no se producen cambios drásticos inminentes en nuestros patrones de vida y consumo. Convivir con 2ºC más en la temperatura media no es tarea fácil, pero conseguir que el incremento quede limitado a 2ºC todavía está muy lejos de estar garantizado.

En septiembre, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático aprobó el capítulo de su Quinto Informe de Evaluación dedicado a la ciencia del clima. Actualiza de forma resumida los datos más relevantes del clima observado y proyecta los datos que los más sólidos y contrastados modelos ofrecen para final de siglo. El resultado es todavía más demoledor que el que ofrecían los cuatro informes de evaluación precedentes.

Cambio-climático

Uno de los problemas más grandes a los que nos enfrentamos quienes hemos querido –o queremos– actuar contra esta amenaza es, paradójicamente, que no tenemos suficiente miedo. Los datos son abrumadores pero están relacionados con realidades poco comprensibles o lejanas en el tiempo y en el espacio. Hay, a la hora de la verdad, poca conciencia de que convivimos con ello ya, de que nos afecta de cerca y que lo hará en mucha mayor medida y no necesariamente de forma lineal. Incendios, canícula y sequía es una combinación poco atractiva y, sin embargo, altamente probable en gran parte de la península ibérica para una buena parte del año. Hambrunas, conflictos y migraciones masivas son referencias constantes en los escenarios para África, generando inevitablemente un incremento del tráfico “irregular” de personas en el Mediterráneo. ¿Qué igualdad, qué seguridad, qué educación, qué asistencia sanitaria, qué libertad y qué derecho a la vida podemos garantizar a quién? Podríamos seguir con otros ejemplos… ¿apátridas del clima con países enteros engullidos por el mar?, ¿justicia climática o, dicho de otro modo, quién repara el daño generado por la pérdida de “todo” ocasionadas por terceros?; niños y adultos, mujeres y hombres, ¿se ven afectados en la misma medida?… O podemos, incluso, pensar en realidades más sofisticadas: ¿quién garantiza pensiones a quienes colocaron sus ahorros en acciones de las empresas más seguras y con más alta cotización en bolsa –pero enormemente vinculadas a un modelo llamado a desaparecer-?, ¿qué efectos tienen las reivindicaciones de soberanía y el deshielo del Ártico para la seguridad global?

Trabajar para minorar los riesgos de que las proyecciones más duras se conviertan en realidad es hoy una tarea de “elemental sentido común”, que diría nuestro Presidente de Gobierno. Esto requiere reducir las emisiones que originan el problema, pero requiere también integrar masivamente la variable de adaptación preventiva a las condiciones climáticas más probables, de forma que se reduzca la vulnerabilidad a la que están expuestos, sobre todo, los que, de por sí son más frágiles en nuestras sociedades. Lo que es insensato y peligroso es, sobre todo, no hacer nada, esperar pacientemente al límite…

La carretera