El primer paso de una nueva marcha por el clima

Teresa Ribera

Algo ha cambiado en muy poco tiempo. Y puede hacerlo de forma todavía más rápida. Sea por la certeza de que respirar aire contaminado acarrea graves problemas de salud, por la indignación que provoca el fraude continuado de VW o por la dulce ausencia de frío a punto de empezar el mes de diciembre, lo cierto es que hoy, más que nunca, los ciudadanos reivindican a las instituciones tomarse en serio el asunto del clima.

Se acabó el miedo a qué pierdo en la transición y llegó la época de la indignación por el coste que nadie parece estar dispuesto a evitar. Que tomen buena nota los más de 150 líderes que participarán en la Cumbre del Clima de París en estos días. Rajoy dice haberlo hecho también. La historia, no la de dentro de 50 años sino la de mañana mismo, será severa con quien teniendo ocasión de hacer no hizo lo suficiente.

Baron Pierre Paulus de Châtelet (Belgian 1881 – 1959 ) , Clouds

Este mismo es el análisis que empieza a extenderse en el ámbito financiero. Inversores de largo plazo y compañías de seguro y reaseguro empiezan a salir de su tradicional y conservador silencio para advertir: invertir en combustibles fósiles es arriesgado financieramente y velaremos porque nadie cometa un error con nuestros recursos hasta el punto de exigir responsabilidades a quien, sabiéndolo, no tome las precauciones suficientes. Pero hay quien va más lejos y apunta a la inmoralidad de obtener pingües beneficios en un negocio que tanto daño causa en el mundo, cebándose muy en particular en los colectivos más frágiles y vulnerables.

¿Significa todo ello que París es “pan comido”? Ni mucho menos. Todavía resuenan los ecos de quienes dudan sobre la necesidad de renunciar a combustibles fósiles para ofrecer progreso; las voces de quienes reclaman un ajuste financiero final con la historia pasada antes de iniciar una nueva etapa… Se mezclan motivos legítimos de preocupación con inercias y manipulaciones. Nadie saldrá ganando de un no-acuerdo y todos, sobre todo los más pobres, saldremos perdiendo de la falta de liderazgo compartido en la transición a un mundo bajo en carbono. Pero un equilibrio justo requiere el compromiso de la comunidad internacional en la búsqueda de respuestas para los que más sufren los efectos del cambio climático, para quienes aspiran a un bienestar que deberá construirse de un modo distinto y, en último término, para quienes corren el riesgo de perderlo todo… hasta el suelo sobre el que construyen sus casas y siembran su alimento.

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De vuelta a casa, en España, será importante asegurar que los hechos acompañan las palabras, que las agendas políticas, la vida municipal y las estrategias empresariales se aprestan a buscar la coherencia que todavía nos falta. ¿De verdad nos creemos las utopías gasistas y petroleras? Necesitaremos acompañar a los mineros –que no al carbón– en un proceso de transición justa hacia un modelo económico viable para ellos y sus familias en sus comarcas. Se requerirá pensar y poner en práctica ese 100% renovable para mediados de siglo que tanto bueno puede aportar a la economía, la innovación, la factura energética y el medio ambiente. Y exigirá también corregir la escandalosa invitación a enladrillar la costa con la que este último gobierno nos ha obsequiado, a reinterpretar el demagógico “agua para todos” y en cualquier circunstancia para afirmar un “agua para que todos podamos beber” hoy y mañana pero ni para todo, ni esquilmando los escasos recursos de los que disponemos, ni a cualquier precio.

Hay mucho y bueno en el horizonte. Atisbamos por primera vez la oportunidad de asentar las bases de un nuevo modelo de prosperidad global, más inclusivo y coherente con los límites físicos de nuestro entorno. Esto va en serio y genera una nueva forma de entender las políticas públicas, la regulación y los sistemas fiscales, las relaciones comerciales y de cooperación, las estrategias empresariales, la aplicación del conocimiento y la rendición transparente de cuentas para aprender juntos a construir nuestro futuro común.

Ojalá, ojalá… En quince días podamos celebrar el primer paso de una nueva marcha por el clima a la luz del sol.

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Respiren hondo

Teresa Ribera

“Respiren hondo prestando atención. Somos la primera generación de humanos que con cada bocanada de aire inhalamos 400ppm de CO2e”. Con esta gráfica referencia inauguró Christiana Figueres, la Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático la Conferencia de las Partes 2013 el pasado 11 de noviembre en Varsovia.

Cinco días antes, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmaba el dato: la medición de la concentración promedio de gases de efecto invernadero en la atmósfera durante 2012 superó las 397 partes por millón, muy por encima de las concentraciones promedio en la era preindustrial, en el entorno de 278ppm, e incomparable a ningún otro registro reportado por los estudiosos del clima en los últimos 800.00 años.

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Si se mantiene la tendencia, el incremento promedio de la temperatura de 0,8ºC vivido en las últimas décadas podrá ser de hasta 4.6ºC a finales de siglo XXI.

Afortunadamente, los gobiernos de 189 países se comprometieron hace unos años a tomar las medidas precisas para que la temperatura media no se incremente más de 2ºC. Eso nos hará convivir con muchos cambios, nos obligará a adaptarnos a un clima distinto y, para muchos, supondrá amenazas tan serias que será imprescindible que la comunidad internacional responsa solidariamente con los más vulnerables. Mantengamos viva en la retina la imagen de desolación de Filipinas: una realidad meteorológica que, compatible con las proyecciones, podría llegar a ser parte de la nueva normalidad climática.

La alarma suena de nuevo cuando el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente nos recuerda que, a pesar de ese compromiso de no permitir que la temperatura supere 2ºC más, las medidas identificadas y comprometidas hasta la fecha todavía quedan muy por debajo de los rangos de probabilidad de éxito y muy por encima de lo recomendable desde el punto de vista de distribución de esfuerzos y costes en el tiempo. Es decir, estamos aún muy lejos de saber qué vamos a hacer para asegurarnos un futuro menos cálido y un incremento exponencial de los riesgos a los que ya hoy estamos expuestos. Es lo que, en la jerga climática, se conoce como “emissions gap” que, a escala global, nos obliga a identificar medidas para reducir entre 8 y 12 GtCO2e adicionales al año de aquí a 2020 (a modo de referencia, en 2010 emitimos anualmente alrededor de 50GtCO2e y para mantenernos en una senda de probabilidad de éxito razonable deberíamos emitir alrededor de 44GtCO2e en 2020, 40GtCO2e en 2025, 35GtCO2e en 2040 y 22GtCO2e en 2050).

Muchas medidas para reducir la distancia que todavía existe para cumplir nuestros compromisos son claras, factibles y tienen ventajas mucho más allá de la preservación del clima. Benefician también nuestra salud, nuestro bolsillo y las arcas públicas; inducen actividad industrial, innovación y empleo y, sobre todo, reducen la factura en vidas humanas y pobreza que dibujan las proyecciones de clima. La gran dificultad para llevarlas a cabo es, sobre todo, política: las implicaciones que los cambios tienen en nuestro modelo económico actual, la estructura empresarial y financiera construidas sobre la premisa de la alta rentabilidad de las inversiones en combustibles fósiles y la demanda de un esfuerzo social colectivo que puede generar irritación en el corto plazo a votantes y consumidores; aun cuando, en el medio plazo, reporte muchas más ventajas que cualquier escenario tendencial de los que se manejan.

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Hay una gran coincidencia al señalar dos grandes áreas sustantivas de actuación: energía y agricultura/bosques. Empezando por la primera, se requiere una inmensa apuesta por la eficiencia energética a todos los niveles, incluida la creación de herramientas específicas para que cualquier ciudadano con intención de invertir en la reducción drástica de su consumo energético en el hogar pueda acceder fácilmente a la financiación inicial que requiere con cargo a los ahorros futuros. Es imprescindible, además, eliminar las billonarias subvenciones a combustibles fósiles que la Agencia Internacional de la Energía cifra en más de 519 billones de dólares/año; en su lugar sale más barato y eficaz económicamente subvencionar directamente a las rentas bajas o a los trabajadores de sectores especialmente afectados como los de la minería del carbón ineficiente. Si a eso sumamos un amplio despliegue de las energías renovables que son ya hoy viables a un coste razonables tenemos gran parte de la ecuación resuelta.

En agricultura, las recomendaciones de mayor impacto son las relativas a una reducción del uso de fertilizantes nitrogenados, una mejor gestión de las emisiones de metano y otras buenas prácticas agrícolas y de usos de suelo que eviten la deforestación y aprovechen al máximo el potencial de fijación de CO2 que ofrecen las plantas.

Con esta agenda, compleja pero positiva, se reanudan las negociaciones internacionales para adoptar marcos globales que faciliten la reducción de emisiones. Lástima que en menos de 48 horas, Japón haya anunciado que renuncia a cumplir sus compromisos de reducción por las dificultades originadas por Fukushima y el nuevo gobierno de Australia haya confirmado su declarado entusiasmo por el carbón y su nula intención de mantener la palabra dada por el anterior en materia de clima y energía.

Es decir que, cuando el viernes 22 de noviembre Christiana Figueres vaya a clausurar la conferencia, no es descartable que tenga que apostillar su entrada: “respiren hondo y disfruten porque, quizás, ésta sea una de las últimas ocasiones en las que inhalen menos de 400ppm en cada bocanada de aire”.

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