Ciencia contra la desinformación

Carlos Penedo

La desinformación (fake news, noticias falsas) está demostrando una capacidad muy destacada para aparecer como síntoma de enfermedades diversas, de manera similar a cómo alérgicos y acatarrados comparten mismas reacciones por causas diferentes.

El picor de ojos y estornudo desinformante, con efectos letales sobre el enfermo y su círculo, puede tener detrás el virus de la guerra, de la geopolítica, de la protección de datos, de la competencia por la publicidad en la web, de la falta de credibilidad del periodismo o la pretensión de rematarlo, de la búsqueda de un nuevo modelo de negocio de los medios de comunicación tradicionales, de la promoción de tráfico digital e ingresos, de la transparencia de las campañas de publicidad en canales digitales o del propio virus que lleva a las plataformas tecnológicas a pagar pocos o muy pocos impuestos y entonces la desinformación es un buen motivo para perseguirlas.

Como con cualquier enfermedad, tras la alarma inicial -¡epidemia, genocidio!-, comienzan a aparecer investigaciones científicas, manejando otro tipo de plazos más pausados, que tratan de analizar el fenómeno de la desinformación, lo que permite teorizar y extraer conclusiones a partir de datos, novedad en un panorama en el que abundan reclamos alarmistas y acusaciones no fundadas.

La prestigiosa revista Science ha publicado este mes de enero un artículo sobre la proliferación de noticias falsas durante las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016. Analizando cuentas de votantes en Twitter sus autores tratan de determinar quién estuvo expuesto a las noticias falsas, quién las difundió y cómo la desinformación interactuó con noticias reales.

Las principales conclusiones de la investigación revelan que las noticias falsas afectaron únicamente al 6% de todos los usuarios que compartieron contenidos políticos y estuvieron además muy concentradas: únicamente el 1% de los usuarios consumió el 80% de las noticias falsas; y un reducido 0,1% de los usuarios fue el responsable de compartir el 80% de la desinformación.

Los contenidos falseados también se encuentran muy concentrados, un 5% de las fuentes de este tipo de noticias falsas registraron más del 50% del tráfico.

El estudio está firmado por cinco investigadores de las universidades de Boston, Harvard y Buffalo, quienes analizaron 16.422 cuentas de Twitter -representativas del votante medio norteamericano- y los tuits que enviaron durante algo más de cuatro meses (entre agosto y comienzos de diciembre de 2016, alrededor de las elecciones celebradas el 8 de noviembre).

El informe revela también que los usuarios que más consumen y difunden noticias falsas son extremadamente más activos que la media y cabe pensar por el elevado número de retuits de contenido político de muchos de ellos sean cuentas automatizadas total o parcialmente.

La afinidad política supone asimismo un factor relevante en la difusión de desinformación política en Twitter durante las elecciones norteamericanas, según este estudio, que señala que menos del 5% de la gente de izquierdas difundió contenidos manipulados frente al 11% de los situados en la derecha y el 21% de la extrema derecha.

En contra de otros estudios publicados, en este caso se afirma que la desinformación no es más viral que las noticias reales, los contenidos que más circulan proceden de medios tradicionales.

Del estudio no se puede deducir la influencia real de la desinformación sobre la intención de cada votante, el comportamiento humano y político consecuencia de la exposición a ciertos contenidos, siempre una incógnita, pero sí es un acercamiento muy revelador a la difusión de esta mercancía. Los propios autores del artículo señalan que ha sido más analizada la participación de cuentas automatizadas (bots) en la difusión de noticias falsas que la experiencia personal de ciudadanos corrientes, como en este caso.

Otros estudios citados en la investigación publicada en Science coinciden en la tendencia clara de ciudadanos de ideología conservadora a consumir (y difundir) más noticias falsas que el resto, en concreto el 10% de los norteamericanos más conservadores se encuentran detrás del 60% de las visitas a fuentes de contenidos manipulados.

El análisis científico del fenómeno solo puede arrojar luz y alumbrar espacios que se irán ampliando con nuevas investigaciones que se vayan sumando, en cualquier sentido.

Del mismo modo cabe pensar que la tecnología que ha permitido la difusión inmediata, casi a coste cero y masiva de contenidos averiados cuenta con exactamente la misma capacidad para canalizar y difundir contenidos rigurosos, y para detectar la manipulación, por ejemplo para impedir la actividad disparada de cuentas muy concretas y reducidas en número responsables de multiplicar la difusión de contenidos procedentes de fuentes comprobadas como poco fiables.

En este sentido la Policía española ha comenzado a utilizar de forma experimental ciertos algoritmos que permiten detectar con un alto grado de acierto denuncias falsas, un apoyo que siempre necesita el criterio y la decisión final humana.

Una curiosidad relacionada con las incipientes iniciativas que comienzan a aplicar inteligencia artificial para detectar bulos o desinformación es que no se centran tanto en el contenido de los textos (la censura siempre rondará este tipo de actuaciones) como en patrones de difusión, el comportamiento de los usuarios, y la catalogación de cuentas o webs por sus contenidos averiados, los emisores suelen ser muy insistentes. Las iniciativas que trata de impulsar la Unión Europea en este ámbito se dirigen también más a limitar el tráfico que a poner límites a la resbaladiza libertad de expresión (aquí algunas pistas).

La ciencia y la tecnología detrás de nuestros males muy probablemente las encontraremos también detrás de su remedio, y en el camino, entre el ruido y la niebla, nos permitirán además ir distinguiendo cómo, quién y cuánto se difunde la desinformación, y los intereses diversos que la impulsan.

 

La terrorista que se bañaba en espuma

Joaquín Urías

Era muy tentador. La historia de una muchacha francesa de clase marginal y origen magrebí. Que tuvo una infancia desgraciada de desarraigo entre familias de acogida. Que después de una juventud de drogas y fiestas y hasta de haberse intentado enrolar en el ejército, acaba haciéndose fundamentalista musulmana; y que entonces se implica en los atentados de París, y se pone un cinturón de explosivos y cuando la policía va a detenerla se hace explotar. Para probar la evolución de la marginalidad al terrorismo tenemos las imágenes perfectas: fotos de su vida anterior. En algunas se la ve sonriente entre amigas, en otras saludando a la cámara con un sombrero de cowboy. En la más llamativa, que llegó a ser portada de algunos medios de comunicación, la futura terrorista está feliz y relajada, desnuda en una bañera de espuma.

Una historia interesante y bien presentada… si fuera verdad.

El mismo día en que los agentes antiterroristas entraron entre bombas en el apartamento de la yihadista salieron a la luz las fotos de la muchacha. Aparecieron prácticamente en todos los medios de comunicación del mundo. Y dieron pie a incontables reportajes y artículos de opinión, sobre cómo se crea un terrorista suicida.

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Sin embargo, eran falsas.

Al poco de que las fotos llegaran a las redacciones de todos los periódicos y televisiones del mundo en Marruecos una muchacha –Nabila Bakkatha– presentó una demanda judicial para la protección de su honor y de su intimidad. La que parece en la foto de la bañera no es la terrorista, sino ella.

Nabila cuenta que todas esas fotos estaban en poder de una buena amiga con pocos escrúpulos con que acababa de pelearse. Al parecer la amiga, en parte por venganza y en parte por codicia, se las vendió a un periodista diciéndole que eran de la terrorista. Y coló. Aparecieron como exclusiva en el Daily Mail, justo en el momento de máxima expectación sobre los atentados de París. A partir de ahí se distribuyeron prácticamente en todos los medios de comunicación de occidente.

Nabila se queja de que desde que se publicaron esas fotos su vida se ha convertido en un infierno. Algunos le dan de lado porque realmente creen que es una yihadista; otros creen que esas fotos en la bañera son inmorales; incluso hay quien la acusa de demasiada intimidad con esa antigua amiga. El caso es que aunque Nabila gane la demanda que ha interpuesto, e incluso consiguiera una indemnización, todo eso no tiene arreglo. La insultan, ha perdido amigos y apenas puede salir a la calle. Sólo queda el honor perdido de Nabila, como en famoso libro de Heinrich Böll, sobre Katerina Blum.

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En efecto, las lesiones del honor y los daños a la reputación son difíciles de reparar. Nabila podrá demostrar que los medios no cumplieron adecuadamente con su obligación de contrastar la información. Pero lo previsible es que tarde años en poder hacerlo y que, además, sólo pueda hacerlo frente al primer periódico que publicó las fotos, no frente a los que las replicaron y se refirieron al Daily Mail como fuente de las mismas.

La única manera de mitigar el daño que le han provocado sería que masivamente rectificaran los medios de comunicación que se equivocaron y nos colaron en nuestras vidas la imagen de Nabila en la ducha, desde la televisión, internet y los periódicos. Tendrían que darle al reconocimiento de su error la misma repercusión y la misma importancia que dieron a la falsa noticia. Pero eso nunca sucederá. Los medios dudan antes de poner en riesgo su propia credibilidad, que es la base de su negocio (la inmensa mayoría de los medios de comunicación son esencialmente eso, empresas destinadas a ganar dinero). Así que sólo suelen rectificar cuando se ven obligados y lo hacen a escondidas, sin que se note. De hecho el Daily Mail se limitó a borrar en su edición digital las fotos de Nabila que ilustraban el artículo sobre la terrorista de Saint Denis. Poco más.

Todo ese daño le han causado a Nabila. A nosotros, a los ciudadanos que recibimos información y confiamos en que sea veraz también nos han causado daño.

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Le pregunté a algunos estudiantes de periodismo sobre qué podemos aprender de todo esto. Su primera conclusión fue, simplemente, que todas las muchachas magrebíes se parecen. Les expliqué que no es cierto; Nabila no se parece en nada a la supuesta terrorista. De hecho, si se comparan fríamente las fotos de ambas parece imposible que nadie las confunda. Pero, con la excusa de que son magrebíes nadie se había dado cuenta de que en los medios se estaban mezclando alegremente fotos de dos mujeres totalmente distintas.

En todo caso hay lecciones de más calado. La construcción global de la información, en sucesos de repercusión mundial, prescinde de cualquier requisito de verificación o investigación. Los medios, sin excepción, se limitan a replicar las informaciones que otros medios o las fuentes oficiales han puesto en circulación. No se comprueba, no se contrasta y ni siquiera se citan las fuentes.

En esas condiciones, los rumores se convierten en verdades. Es el terreno propicio para la manipulación de las opiniones públicas. El mejor escenario para quienes quieren mover las preferencias del público hacia una u otra posición. Rumores que al final legitiman bombardeos, guerras o medidas de excepción.

El caso de Nabila demuestra que con demasiada frecuencia en cuestiones como el terrorismo y la guerra las opiniones del público están basadas en falsas certezas difundidas alegremente por los medios y que los ciudadanos no ponemos en duda.

Y si no, basta con señalar que, además, según los forenses y fiscales franceses no hubo ninguna terrorista suicida en París. Al parecer la muchacha muerta en el piso de Saint Denis falleció por la explosión de una bomba ajena. Aún no está claro si fue una granada que arrojó la policía, o alguno de sus compañeros. Pero la chica se había limitado a ayudarlos a encontrar un escondite y ni era una fanática, ni se suicidó… Lástima que la idea de “la primera terrorista suicida de occidente” sea tan atractiva mediáticamente como la de su foto en una bañera de espuma.

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