La información es una amenaza

Fernando Flores

Cuando leo una noticia en los grandes medios de prensa escrita, lo primero que me pregunto es si lo que dice será verdad o mentira, o cuánto de cierto y de falso habrá en ella. Me pasa igual con los informativos –públicos y privados– de televisión, aunque es cierto que cuando veo Informe Semanal ni siquiera tengo dudas. Tal es la situación.

Los medios mezclan impúdicamente información, opinión, comunicación -que es como llamamos a la propaganda del siglo XXI- y entretenimiento, están vendidos al capital y al gobierno que eventualmente los controla, y maltratan especialmente a las opciones políticas que intentan limitar la influencia del dinero en las decisiones públicas que nos afectan (pongamos aquí y en adelante todos los matices que nos hagan sentir más cómodos: hay algunos que no, en todos hay buenos profesionales, etc.).

Sabemos que la gestión de la información se ha convertido en uno de los grandes problemas de los sistemas democráticos, pero la verdad es que el diagnóstico no nos soluciona el problema, pues al tratar de resolverlo nos enfrentamos a un dilema al que no hallamos solución satisfactoria: si de alguna manera se implementan instrumentos de control sobre los medios (instrumento que sin duda manejaría el poder), la libertad de información y expresión, por viciada que ya éste, quedará herida de muerte; si no se hace nada al respecto, la herida abierta en el sistema por esos mismos medios (en buena parte ya manejados por el poder, fundamentalmente el político-financiero) terminará con lo poco que queda de la democracia.

A este aparente dilema sobre intervenir o no intervenir no se le había encontrado una buena solución hasta ahora, un motivo que diese lugar a una respuesta razonablemente justificada, una respuesta que explicase de forma convincente una intromisión decidida en la libertad y el derecho a la información… Algo así como lo que está siendo el discurso del odio o el enaltecimiento del terrorismo para la libertad de expresión u opinión.

Pero parece que ya está, que ya se ha dado con una salida. Hemos descubierto –nos han descubierto– las fake news. Éstas son esas informaciones falsas que, dice el Partido Popular, “pueden poner en peligro la estabilidad institucional en España… pues son capaces de crear conflictos, introducir división en las sociedades e influir en la opinión pública”.

Así es, desde hace unas semanas, los mismos responsables de las noticias falsas nos informan de que existen las noticias falsas y, además, de que son una amenaza. Por una vez saben de lo que hablan. Sin patrimonio moral que defender y sin temor a recibir mal alguno por las medidas que puedan adoptarse al respecto, los sepultureros de la libertad de prensa nos hacen saber por medio de sus gabinetes de comunicación y plataformas convertidas en tabloides que el carácter abierto y plural de las democracias liberales puede transformarse en una “vulnerabilidad estratégica” (atentos al lenguaje securitario) de las mismas… Obviamente, frente a esta grave amenaza, deben tomarse medidas que eviten daños mayores.

Hace un par de días un investigador del CIDOB publicaba en El País un artículo en el que consignaba los siguiente: “Las redes sociales ofrecen un entorno que puede ser saturado, fácilmente y a bajo coste, con noticias falsas y narrativas insidiosas, un acceso libre al corazón de las democracias liberales “. Y ahí queda el agudo análisis. Como si el entorno de los medios tradicionales no estuviera saturado desde hace tiempo, fácilmente y a bajo coste, de noticias falsas, narrativas insidiosas y silencios clamorosos. Como si ello no fuera desde hace tiempo una ¿vulnerabilidad estratégica? de las democracias liberales. Como si los informativos de radio y televisión cumplieran mínimamente con su función (obligatoria) de servicio público. Como si nunca hubiéramos sentido vergüenza al leer el mismo día la misma noticia distorsionada en todas las portadas de los grandes periódicos. Como si no existieran campañas orquestadas para acabar con opciones políticas peligrosas para la corrupción (política, económica, mediática) establecida…

Sin embargo, pronto advierte uno que este hilo argumentativo resulta erróneo, porque el término fake news no se refiere a las manipulaciones informativas tradicionales. Estas últimas no son perseguibles, deben considerarse consustanciales al sistema, al darwinismo democrático (mola el oxímoron) que en él tiene lugar, y es por eso que los movimientos políticos (partidos u organizaciones sociales) que por debilidad o incompetencia no las superan, en realidad no merecen ocupar espacio de reivindicación pública. Por el contrario, las novedosas fake news (otra vez el inglés para nombrar lo que ya pasa pero que parezca otra cosa) se refieren a un solo tipo de intoxicación, el que se lleva a cabo en redes sociales. Redes que son, casualmente, las que albergan los medios de información y opinión más libres, las que utilizan los movimientos sociales y políticos más críticos y reivindicativos con el poder.

Al pensar en todo esto no se me va de la cabeza la página web “versión original” que el Ayuntamiento de Madrid propuso crear en 2015 para desmentir noticias que afectaban a su gestión, así como la reacción de los partidos opositores y la propia FAPE, que hablaban indignados (y durante muchos días) de censura y ataque a la libertad de información. Pues bien, comparado con el planteamiento de las fake news, –la nueva Estrategia de Seguridad Nacional menciona la desinformación como pieza de caza, el Gobierno ya ha anunciado que va a crear un centro de operaciones para combatirla en Internet y la ministra de Defensa las ha mencionado en su discurso de la Pascua Militar–, lo de los comunistas del Ayuntamiento de la capital parece un juego de niños. Lo que ahora se propone desde el poder (el político, el económico, el mediático) no es solo desactivar las noticias que le incomoden, es controlar la información, controlar las redes y controlar a los informadores que circulan en ellas, es decir, vigilarlos (con la colaboración de las empresas propietarias de infraestructuras y servicios en Internet) y, a su tiempo, sancionarlos. La autocensura vendrá por añadidura.

Con todo ello, los mimbres del lazo se van cerrando. Llegado el momento, solo habrá que estirar del extremo.

Imágenes: Fotogramas de Buenas noches, y buena suerte, George Clooney (2005).