Aborto: después de la retirada del proyecto de ley

Joan Carles Carbonell Mateu

El Gobierno ha renunciado a enviar al Parlamento el Proyecto de Ley Orgánica para la Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada que pretendía modificar la vigente Ley Orgánica 2/2010, de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo; en definitiva, se ha retirado el proyecto de reforma de la Ley vigente en materia de aborto que acoge, como es sabido, el sistema del plazo con información a la embarazada: es adecuado a derecho –y se garantiza el acceso a la interrupción del embarazo- todo aborto practicado durante las catorce primeras semanas de embarazo, siempre que –entre otros requisitos- la mujer lo haya decidido libremente setenta y dos horas después de haber recibido información sobre los derechos, prestaciones y ayudas públicas de apoyo a la maternidad.

La retirada del Proyecto devuelve al primer plano de la actualidad el recurso de inconstitucionalidad presentado en su día por el Gobierno Foral de Navarra y por setenta y un diputados del Grupo Popular durante la legislatura anterior. En la partida de tenis que juegan Gobierno y Tribunal Constitucional, la pelota vuelve a estar en manos de éste –que había decidido posponer su pronunciamiento a la vista precisamente de la voluntad gubernamental de cambiar la regulación-. Y el protagonismo, al menos de momento y si no hay ninguna decisión contraria, compete al magistrado Andrés Ollero, designado Ponente de la Sentencia y sobre el que han recaído sospechas más o menos declaradas, por su doble condición de miembro del Opus Dei y de antiguo Diputado del Partido Popular –al que pertenecían, no se olvide, los setenta y un diputados que presentaron el recurso-. Y condición, por cierto, -la última- que reúnen otros Magistrados, como el propio Presidente. No parece que el Tribunal esté dispuesto a adoptar un criterio tan rígido en materia de abstenciones y recusaciones como el que empleó en el caso del Estatut de Catalunya en el que quedó excluido de deliberaciones y decisiones el entonces Magistrado Pablo Pérez Tremps, por haber opinado, en el ejercicio de su profesión de Catedrático de Derecho Constitucional, sobre el fondo del asunto. Ollero se ha pronunciado contra el aborto en infinidad de ocasiones. Sin embargo, es verdad que el caso presenta una situación diferente: Pérez Tremps pudo ser recusado por quienes presentaron el recurso porque los recurrentes intuyeron su opinión contraria a sus pretensiones; en este caso, los recurrentes parecen intuir que la opinión del nombrado Ponente les pueda favorecer. Y al encargado de la defensa de la constitucionalidad de la ley vigente no parece importarle demasiado; desde luego, no al Gobierno que, entre tanto, ha cambiado de signo.

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Anécdotas –o algo más que anécdotas- aparte, la actual situación conduce a plantear argumentos que, sin duda, tendrán que ser manejados en la eventual Sentencia. En primer lugar, la admisión a trámite y el pronunciamiento ulterior sobre el fondo, del recurso de inconstitucionalidad de una ley despenalizadora frente a la que se recurre precisamente por serlo, implica la aceptación de la obligación del Estado de tutelar de manera suficiente el valor de que se trate –en este caso, la vida del concebido y no nacido-. Sobre esta cuestión se han pronunciado los Tribunales Constitucionales español y alemán, y de manera similar aunque no exactamente igual. Mientras que para el Tribunal de Karlsruhe “la Ley Fundamental obliga al Estado a proteger la vida humana, incluso la del que está por nacer; la vida humana en gestación goza ya de dignidad humana y el orden jurídico debe garantizar al ser humano en gestación un derecho a la vida propio, cuya fundamentación no depende de la aceptación de la madre”, para nuestro Tribunal Constitucional “la vida del no nacido es un interés constitucional, pero no un derecho fundamental puesto que éstos sólo pueden se preconizados de los ciudadanos, condición que se adquiere con el nacimiento”. De la primera declaración puede obtenerse, pues, una obligación de tutela, de la segunda, la legitimidad de la misma.

Pero en ninguno de ambos pronunciamientos se afirma que la tutela que ha de dispensarse al bien jurídico haya de ser necesariamente penal. Por eso sorprendía la insistencia del ex­-Ministro de Justicia en que el ahora retirado Proyecto pretendía adaptarse a la doctrina del Tribunal Constitucional. Éste nunca se pronunció sobre el sistema del plazo ni sobre la necesidad de tutela penal de la vida prenatal durante todo el embarazo, con la única excepción de los supuestos recogidos como indicaciones. Lo único que hizo fue exigir la veracidad de los supuestos alegados y requerir, por ello, dictámenes que avalasen que eran reales. Interpretar, como hacía el ex –Ministro, que el Tribunal había considerado llegada al límite de constitucionalidad la impunidad del aborto, carece de fundamento lógico y valorativo alguno.

Lo que está en cuestión en este momento es si la impunidad del aborto en el sistema del plazo con información es o no ajustada a la Constitución. El Tribunal alemán ha dicho, en su Sentencia de 28 de mayo de 1993, que “el Estado debe, para satisfacer el deber de protección de la vida del que está por nacer, tomar las medidas suficientes de carácter normativo y material, que lleven a lograr –tomando en consideración los bienes jurídicos que se le contraponen- una protección adecuada y, como tal, efectiva”, para, finalmente, considerar adecuado a la Ley Fundamental el sistema del plazo con asesoramiento: la obligación de someterse a un proceso que informa a la embarazada de los beneficios que puede obtener si decide continuar con el embarazo, llevada a cabo con la pretensión de conseguir dicha continuidad constituye, a decir del tribunal alemán, una alternativa adecuada a la penalización, durante la primera fase de la gestación.

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Se resalta, en este sentido, que la relación existente entre los bienes en conflicto –libre desarrollo de la personalidad de la embarazada y vida del concebido y no nacido- no es la misma que la que pueda darse entre dos derechos fundamentales que puedan coexistir sometidos a una ponderación, en caso de conflicto, en que se respete su “contenido esencial” (como ocurre, por ejemplo, con el honor y las libertades de expresión e información). Y no es la misma, precisamente, porque en este caso no cabe salvar el “contenido esencial”: la resolución del conflicto obliga a sacrificar uno de los bienes: o se obliga a la embarazada a continuar el embarazo y parir en contra de su deseo, lo que significa concebir la maternidad como una obligación- o se autoriza matar al concebido y no nacido en nombre de la consideración de la maternidad como una opción libre y voluntaria.

Este particular conflicto -“dualidad en la unidad”- sólo puede ser resuelto atribuyendo la prioridad a cada uno de los bienes según el momento en que haya que decidir: la dignidad de la embarazada se impone durante la primera fase; la vida del concebido, durante el resto del embarazo –salvo que subsista alguno de los supuestos que hacen particularmente inexigible la continuidad del mismo.

Pero, aún con todo eso, queda por resolver si la impunidad del aborto durante el plazo contemplado equivale a su pleno ajuste al Derecho. La Ley española vigente garantiza el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo siempre que se den las condiciones recogidas: tal garantía permite afirmar su legalidad pues no parece tarea del Estado garantizar el libre acceso a una conducta ilícita. Sin embargo, el Tribunal alemán se limita a admitir la impunidad, pero no la justificación; es decir, el reconocimiento del derecho a abortar, salvo en los casos específicamente previstos como indicaciones (que allí son el riesgo para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada, que el embarazo sea consecuencia de un delito contra la libertad o indemnidad sexual, que exista riesgo de que el feto vaya a nacer con graves taras físicas o psíquicas o que el nacimiento vaya a suponer un grave quebranto económico o social en el entorno familiar. Por tanto, se contemplan supuestos mucho más amplios que los que rigieron en España en la ley anterior y, por supuesto, los que pretendía el “abortado” Proyecto Gallardón). Justo por eso declaró parcialmente inconstitucional la Ley y sustrajo los abortos sustentados en el plazo con asesoramiento del ámbito del Sistema Público de Salud, aunque no descartara la concesión de ayudas públicas en caso de necesidad,

Tres magistrados –Mahrenholz, Sommer y Böckenförde- consideraron que era inherente al sistema que sustituía la tutela penal por el asesoramiento conseguir una decisión libre y responsable de la embarazada, lo que no puede lograrse si las consecuencias de optar por la continuidad del embarazo o por su interrupción tienen consecuencias jurídicas opuestas: la legalidad en la primera y la antijuridicidad en la segunda. En ambos casos se debe reconocer el derecho de la embarazada y en ambos casos debe ésta recibir el apoyo del Estado. Porque precisamente es eso lo que fundamenta la licitud de la impunidad durante los primeros meses: la vida del concebido se defiende mejor con el asesoramiento que con la pena. El Estado, lejos de desentenderse, por tanto, de la tutela del bien jurídico se la dispensa a través de su implicación directa. Por ello, la Ley debió considerarse plenamente constitucional.

El debate español deberá ajustarse a pautas similares. No parece lógico que la composición del Tribunal y la personalidad del ponente jueguen un papel más decisivo que los argumentos. En mi opinión, los utilizados en los votos particulares de la minoría del Tribunal alemán son contundentes en favor de la constitucionalidad. Y la doctrina expresada en la sentencia española de 11 de abril de 1985, que sitúa en diferentes niveles de titularidad de derechos a la embarazada y al no nacido, debería conducir a idéntica conclusión en el caso de la Ley vigente en nuestro país.

mi opción

La legitimidad en la lucha por los derechos (a propósito de la estrategia “patrimonial” de la PAH)

Javier de Lucas

Para Alicia Desahucio, con respeto y afecto y desde la distancia respecto a la PAH

Tengo el máximo respeto por quienes han padecido o padecen una situación que me parece tan injusta, inhumana e incluso cruel como es la legislación española aún vigente sobre desahucios. Respeto al que añado el agradecimiento por el valor, el coraje cívico que han demostrado a los ciudadanos que decidieron asociarse en PAH y mantener una firme voluntad de enfrentarse a esa estafa social.

Precisamente por eso, me parece obligado sumarme a algunas voces como la del blog teniente Kaffee, en su crítica a lo que provocativamente denuncia como una estrategia de  «postureo constitucional» por parte de la PAH y la Señora Colau.

Mi crítica se acrecienta ante la campaña lanzada por la propia PAH esta semana, el lunes 12 de agosto, con el propósito de que el Defensor del Pueblo presente el recurso de inconstitucionalidad elaborado por la PlataformaQuizá deberíamos recordar que todo comienza cuando, con tanta contundencia como (a mi juicio) considerable imprecisión, los portavoces de la PAH (el para mí muy fiable letrado Sr Mayoral y la valiosa activista social Sra. Colau) anunciaron que la Plataforma había elaborado un “recurso de constitucionalidad” contra la ley que el PP impuso como reforma del  injusto marco legal de los desahucios, reforma que consideraban manifiestamente anticonstitucional. Pero cuando el PSOE anunció que se sumaba a esa iniciativa y que presentaría un recurso con la firma de 50 de sus parlamentarios, la PAH estalló ante lo que parecía considerar una usurpación de la legitimidad de la Plataforma. La respuesta del PSOE que en cierto modo plegó velas para no enfrentarse a la PAH puede verse  aquí.

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La PAH continuó su campaña manteniendo una, también a mi juicio, calculada ambigüedad sobre el hecho evidente de que no tiene capacidad jurídica para plantear un recurso de constitucionalidad y que, por tanto, debía recurrir a los partidos políticos o al Defensor del Pueblo para que así lo hiciera. Eso sí, aparentemente, con la condición de que no de debía modificar una coma de “su” recurso. El último paso, ante la evidencia de que el plazo para que el Defensor del Pueblo interpusiera recurso concluía esta semana, y que no cuentan con los 50 parlamentarios para hacerlo (pese al apoyo de Izquierda Plural (IU-ICV-CHA), ERC, Amaiur y Compromís-Equo, apoyo recibido y aceptado a diferencia de lo que ocurrió con el PSOE), ha consistido en proponer la mencionada campaña de seudoescrache al Defensor, con las etiquetas #bancCriminal, #DefensoraDefienda y #ElRecursoDeLaPAH y a través de la plataforma oiga.me.

A mi juicio, el verdadero punctum dolens de la estrategia de la PAH consiste en que estos últimos pasos en su  también a mi juicio legítima y justa causa de acabar con el fraude del mal parche frente al drama de los desahucios que fue la ley aprobada por la mayoría absoluta del PP, parecen poner de relieve algo que excede incluso a ese su problema, su tragedia. Porque esta línea de acción toca el núcleo mismo del debate sobre la necesidad de renovación de la legitimidad democrática. Y, a mi entender, la toma de posición de la PAH, que es legítima, claro, pero sólo respetable si sus argumentos lo fueran, podría implicar el riesgo de una considerable confusión acerca de la legitimidad social y política para luchar por los derechos, una cierta visión “patrimonial” de esa lucha (calificativo que sugirió en un debate en Facebook mi colega Pepe Calvo) en la que el copyright de quién fue primero y más ferviente defensor fuera más importante que los derechos mismos. Y, sobre todo, en la que con el agua sucia del desprestigio ganado a pulso por cierta clase política que ha hecho de la corrupción su sello, tirásemos el fundamento mismo de la legitimidad en cuestión que, para mí, es el respeto a lo acordado libre y razonadamente como marco legal: el respeto al Estado de Derecho, el respeto a lo que acordamos que debe valer como ley y a la tarea de los tribunales en ese Estado de Derecho. Quiero decir que, a mi entender, toda ley se puede modificar y aún tenemos la obligación de tratar de hacerlo. Pero sin arrogarse exclusividades o privilegios en esa tarea, en aras de supuestas superioridades morales o autenticidades políticas. Nadie puede pretender estar por encima de los demás en esa tarea, pública, de todos, que es la lucha por los derechos y por el Derecho, que es la tarea política básica de todos los ciudadanos y que da sentido al Derecho y al Estado de Derecho.

Y es que pareciera como si la tarea de garantizar la legitimidad democrática ahora hubiera cambiado de titular. No me refiero al soberano que es y no puede dejar de ser otro que el pueblo, todos los ciudadanos. Los representantes políticos son servidores de ese soberano. Hasta ahí podíamos llegar. No hablo de eso. Me refiero a una especie de pendant político, por otra parte explicable ante los excesos y  bloqueos impuestos por un perverso juego de mayoría alentado por leyes electorales y de financiación de partidos a todas luces necesitadas de profunda renovación, un juego perverso cuyo resultado más sucio es la corrupción. Proclamada por no pocos ese Delenda est la democracia representativa y sus instituciones, el garante y el instrumento de la democracia auténtica (ya estamos con los calificativos) serían los movimientos sociales, los únicos no sospechosos de manipulación de nobles causas en aras de intereses espúreos. El test de la legitimidad democrática consistiría, pues, en el papel de esos movimientos. Porque la otra cara de la moneda sería ésta: los clásicos agentes institucionales, en primer lugar los partidos políticos, pero incluso el propio Parlamento y otras instituciones constitucionales (el Defensor del Pueblo, los tribunales de justicia) estarían bajo sospecha. De forma que sólo admitiríamos que luchan por los derechos si lo hacen en apoyo o de consuno con tal o cual movimiento social. De paso, esa sospecha recae sobre la legalidad constitucional y sobre la actuación, insisto, de los tribunales de justicia que, debido a su rigidez e inadecuación a la realidad social, deberían ser orillados como procedimientos inservibles y que, más allá incluso de viejas apelaciones a un uso alternativo del Derecho, pasarían a un cuarto plano, mientras se nos propone (o se nos predica) que nos dispongamos al inminente advenimiento de una verdadera ruptura constituyente, quizá bajo la guía del sendero luminoso que nos señala el movimiento social de turno…

Lo reitero: no soy yo quien va a discutir el merecido reconocimiento con el que cuenta la PAH como movimiento social y político. Ni su aportación a la pedagogía democrática, tan abandonada por los clásicos agentes institucionales, por ejemplo, por partidos y sindicatos, pero también por buena parte de las instituciones, comenzando por la jefatura del Estado, el monarca y la casa real que le rodea. Y es que, por otra parte, ¿cómo vamos a creer o aprender de quienes con sus hechos contradicen lo que pretenden defender? Sí. La valía de la PAH, su contribución a una sociedad más decente, mejor, su reconocido trabajo ciudadano anclado genuinamente en la solidaridad y que ha denunciado eficaz y valerosamente una forma de hacer política que parece otra cara de los negocios y, sobre todo, que no deja de producir víctimas, es indiscutible. Son un activo social y político, en el sentido de la reivindicación de lo público y por eso me pareció muy merecido el premio con el que les distinguió el Parlamento europeo. Precisamente por ello, considero muy desafortunado que la PAH haya entrado aparentemente –es obvio que puedo equivocarme; ojalá sea así- en una dinámica que acaba creando otras víctimas y contribuye al descrédito de todo lo que no se pliegue a su estrategia. Con todos los respeto y matices necesarios, algo como lo que ha pasado con algunas asociaciones de víctimas del terrorismo. Así me lo parece ese juego según el cual ilusionan a la opinión pública con la confusión de que van a plantear un recurso, recurso que saben que no pueden llevar a término por sí solos. El hecho de convocar la rueda de prensa de presentación del “recurso”, el 7 de agosto, a las puertas del Constitucional,  contribuye a la confusión. Porque, evidentemente, el tal “recurso” no se presentó. Necesitaban que otros lo presenten (el Defensor o 50 parlamentarios): claro que quizá es que en su estrategia no les conviene mancharse las manos con el apoyo del PSOE, aunque eso sea incoherente con el hecho de que la PAH haya estado pidiendo que la sociedad civil y sus agentes -y los partidos lo son- compartan su problema. Tampoco me parece muy coherente descalificar obsoletas formalidades legales, para a continuación acudir sin empacho a triquiñuelas jurídicas propias de leguleyos, con la coartada de fondo de que su fin es bueno y legítimo. Y en tercer lugar, me parece indigno bloquear la comunicación de cualquier ciudadano con el Defensor del pueblo, que es el resultado –¿daño colateral, quizá?- de su última medida de presión, que no puede dejar de perjudicar a los demás ciudadanos que quieren, que necesitan contactar con el Defensor…y que acaban siendo victimas de la PAH, lo que me parece el colmo de la paradoja cruel…