De toros, religión y derechos

Fernando Flores

La presidenta del PP de la Comunitat Valenciana, Isabel Bonig, anunció hace unos días que su partido acudirá a los tribunales para impugnar los acuerdos municipales y decretos de Alcaldía “que prohíben a concejales asistir a procesiones y otros actos religiosos o corridas de toros en calidad de concejales”. Para el PP se trata de una “vulneración de derechos fundamentales” porque “no respeta la legislación vigente”. Ya adelanto que creo que tienen razón.

Que el patriotismo es el último refugio de los cobardes es una idea de Samuel Johnson que toma fuerza en ciertos momentos históricos como el que vivimos en la actualidad. Personalmente, comparto la convicción de muchos patriotas que entienden que toros y religión son rasgos de identidad (yo creo que de la identidad de algunos) sin los cuales no seríamos los mismos. Que sin ellos no seríamos los mismos es enteramente cierto, con seguridad seríamos mucho mejores.

Sea como fuere, de lo que se trata ahora es de determinar si se puede prohibir formalmente a los representantes públicos acudir como tales a celebraciones religiosas o espectáculos taurinos. ¿Vulnerarían esos vetos la libertad religiosa o la libertad personal de los creyentes y los aficionados a los toros? ¿Tienen los alcaldes, concejales, diputados, consellers, el derecho (fundamental) a asistir a procesiones y corridas investidos de autoridad pública? ¿Puede un ayuntamiento o una comunidad autónoma prohibir dicha asistencia? Sigue leyendo

Un viejo test para la democracia y los nacionalismos: los derechos de los otros

Javier de Lucas

Comenzaré por una cortesía elemental. Reconocer que no soy nacionalista, de ninguno de los nacionalismos posibles aquí y ahora, que ya es decir. Porque es imposible negar que hay donde elegir en el mapa plural en el que vivimos hoy los europeos. No digamos los españoles.

Quizá la razón más importante que nos aparta a algunos de nosotros de una ideología como el nacionalismo, a la que tantas veces -equivocada e irresponsablemente- se ha dado por muerta y enterrada y que, evidentemente, goza de tan buen salud, son los derechos y en particular aquellos que se relacionan con el fenómeno de la diversidad. Más aún hoy, cuando su condición estructural y su visibilidad la han hecho imposible de ignorar.

Hablo en primer lugar de los derechos de los otros. De los derechos de los que no son, no somos como la mayoría. En particular, de los derechos de aquellos que se encuentran en situación manifiestamente vulnerable y heredada, por su condición de minoría. Minoría en el sentido, sobre todo, cualitativo, esto es, su posición de inferioridad, que se concreta en un status de discriminación y dominación, fruto de la ignorancia y el prejuicio y del afán de dominación de quienes victimizan esa condición minoritaria: sexo, clase, edad, opción sexual,  pero también otros marcadores de identidad: nacionalidad, raza, lengua, religión .

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Y por eso hablo también de diversidad. Nuestras sociedades se han vuelto tan interdependientes y tendencialmente abiertas que ya es imposible recurrir a los modelos de antaño con los que se ha gestionado política, cultural, socialmente la diversidad. Modelos que algunos parecen empeñados en mantener contra viento y marea o, lo que es peor, en resucitar para sus proyectos de nuevos Estados.  Son los modelos que consisten en ocultarla, invisibilizarla; no digamos expulsarla, eliminarla. Es decir, ocultar, invisibilizar, expulsar o eliminar a las personas que son agentes visibles de esa diversidad, sobre todo la que molesta a nuestra ignorancia y a nuestros prejuicios. La que resulta inconcebible, la que es vista como un mal, como patología, desde  la pulsión primaria del monismo. Cuando resulta que precisamente ese monismo, el que subyace al mito de Babel, es la verdadera patología social. Lo ha recordado recientemente entre nosotros el profesor de la Universidad de Montreal, Jean Leclair, en su bien argumentado alegato a favor de la solución federalista en sociedades complejas como Canadá o, desde luego, España.

Por eso, cada vez que me topo con amigos que hacen del nacionalismo bandera, sea el que fuere (españolistas, valencianistas, catalanistas, vascos, andaluces también, sardos, flamencos o escoceses) he decidido, en lugar de contar hasta diez, practicar un pequeño reflejo mental: recordarme a mí mismo lo que soy: un inmigrante. Un inmigrante laboral.  Eso me sirve para intentar saber si el nacionalismo de que se trata practicaría conmigo aquello que sigue pareciéndome, lo siento, una cuadratura del círculo: una sociedad plural e incluyente, construida desde ese nacionalismo como ideología-guía.

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Voy a recurrir a una experiencia personal, pero que es común a muchos de nosotros. Como otros muchos emigrantes interiores en España, salí de mi ciudad y región de origen y me fui a otra. Lo hice por razones de trabajo. Eso sí: tuve la inmensa suerte de poder hacerlo libremente (no como la inmensa mayoría de los inmigrantes que llamamos laborales), como he escogido también libremente otros destinos laborales. Algunos en otro país y durante un período de tiempo que bien podría considerarse propio de un título de residencia estable, casi ocho años. No por necesidad. No por obligación. Los elegí para tener mejor formación, más oportunidades laborales, una vida mejor.

Por eso me produce un rechazo inmenso cada vez que alguien ha intentado imponerme un criterio de aceptación de mi presencia en condiciones de igualdad con los indígenas de turno: lengua o acento lingüístico, aprecio por usos y costumbres (siempre mejores que los míos, claro), “amor por la tierra” (como Sarkozy pretendía exigir). Y me digo y les digo que los disfrute el que tenga esos sentimientos, el que tenga la suerte o el gusto de experimentar orgullo, satisfacción u orgasmo viendo su bandera, entonando sus himnos o practicando sus ritos y usos ancestrales (o no tanto). Pero ni hablar de imponérmelos. Menos aún, pretender condicionar mis derechos a esos sentimientos o mitos.

Y si eso me pasa a mí, ¿cómo no voy a rebelarme cuando unos y otros tratan de condicionar a esos sentimientos o mitos los derechos elementales de gentes que huyen de su país por necesidad, por supervivencia? No: ese “patriotismo” del que se disfrazan los nacionalismos monistas, excluyentes, discriminadores, siempre ávidos de dominar a algún otro, es sólo un refugio de indignidad, de la incapacidad para reconocer los vínculos con cualquier otro, por lejos que esté de mi sangre o mis sueños.

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Por eso, hay un test de aceptabilidad que, a mi juicio, debe superar cualquier proyecto político hoy, y en primer lugar el de los nacionalismos viejos y nuevos, los periféricos y los centralistas. También y sobre todo los de ese gran enemigo de Europa, del proyecto europeo en el que creo, que es el nacionalismo fundamentalista europeo construido desde otra ideología-eje. Esta vez, no una basada en el Blut und Boden, sino en un modelo de mercado presidido por el totem del beneficio y sus corolarios (el déficit fiscal como tabú). Una ideología de efectos profundamente desigualitarios y excluyentes, incluso entre los propios europeos, como sabemos los griegos, portugueses o españoles, por ejemplo.

Es el test es del reconocimiento de plenos derechos, de igualdad, a esos otros que son los inmigrantes. No digamos, el de reconocimiento de un primer derecho por el que pugnan millones de seres humanos, el de recibir refugio frente a la persecución: el derecho al asilo.

Por eso, creo que si queremos hablar de nueva democracia, podemos dar un primer paso: comenzar por modificar las política europeas de inmigración y asilo, incompatibles con una democracia incluyente y plural. Y algunos de nosotros valoraremos la actuación de partidos y movimientos (como lo hicimos con sus programas) con la atención puesta en sus hechos a este respecto.

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Habemus estado confesional

Por Fernando Flores

A media tarde de ayer, cuando la chimenea vaticana comenzó a verter humo blanco, todos los grandes medios de comunicación de España, públicos y privados, entraron en cadena y no dejaron de hablar durante horas de la elección del Papa. Televisión Española, “la de todos”, consideró que dos de sus cadenas –tve1 y 24 horas– debían transmitir exactamente lo mismo como si necesitásemos conocer la buena nueva en estéreo. No oí Radio Nacional, pero me la imagino. Todo ello se prolongó (hasta el infinito, y más allá) en los telediarios, análisis y tertulias posteriores.

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¿Dónde acaba la información y empieza el proselitismo? ¿Es razonable que los medios públicos se comporten con la Iglesia como si fueran una de las tan criticadas cadenas chavistas? ¿Dónde queda en este caso el respeto a los ciudadanos no católicos, a su libertad religiosa?

Si se estaba retransmitiendo la muy noticiable elección del Jefe de Estado del Vaticano, cuesta aceptar, más allá de la interminable retransmisión, los continuos elogios, las desproporcionadas muestras de admiración cercanas al síndrome de Estocolmo (antes de la elección: “ser Papa es una carga muy pesada…”; sobre el elegido: “humilde, carismático …”) de unos presentadores – periodistas convertidos en comparsas. Si se estaba publicitando a una Iglesia necesitada de buena imagen y vocaciones, la herramienta era equivocada. La política de comunicación de la Iglesia no puede estar vinculada a los medios públicos de un Estado definido por su Constitución como aconfesional.

En cualquier caso lo sucedido no extraña, pues resulta coherente con el comportamiento nada neutral en lo religioso de nuestros poderes del Estado. En España los funerales de Estado se celebran por el Cardenal Arzobispo de Madrid (Rouco Varela) en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, aunque el funeral sea también por ciudadanos musulmanes y ateos, como sucedió en el caso de los atentados del 11-M. Los altos cargos públicos tienen que jurar o prometer (una elección ya de connotaciones religiosas) en su toma de posesión frente a una mesa con biblia y crucifijo (también hay una Constitución). El régimen de la asignatura de religión católica en la escuela pública es propio de países con confesión estatal. El ejército, la guardia civil, la policía, argumentan muchas veces el respeto a la tradición y el folclore para ocultar un ejercicio institucional del culto católico, culto que de entrada es legítimo y respetable, pero no cuando se confunde con los organismos del Estado, organismos que son de todos, creyentes y no creyentes… Y éstos son sólo algunos ejemplos.

Arabia Saudí acaba de ejecutar a siete personas. Hoy se aprueba por el Congreso el bochornoso Decreto Ley que modifica la Ley de Tasas y afecta al derecho de acceso a la Justicia de los más pobres. Se ha descubierto que la policía atropelló a una patera en extrañas circunstancias y murieron varios inmigrantes. Se acaba de rechazar la amnistía a Ríos Montt que de entrada evita la impunidad para quien es responsable de la muerte de decenas de miles de indígenas guatemaltecos. El Parlamento catalán aprueba el derecho a decidir por amplia mayoría…

Tantas y tantas noticias que no han podido emitirse, o que no han podido contar con un poco más de cancha en nuestros informativos públicos. Estoy seguro de que la humildad y generosidad cristianas hubieran aceptado hacerles un sitio.