El timo del siglo (XVII)

Fernando Flores

Cuenta Carlo María Cipolla en Tres historias extravagantes que, trescientos cincuentas años atrás, entre 1655 y 1675, las monedas francesas conocidas como “luises” protagonizaron una especie de farsa de dimensiones intercontinentales, cuyos principales actores fueron los franceses y su poderoso “rey Sol”, los nobles de Liguria titulares de las cecas con su derecho de acuñar moneda, los turcos (en especial las mujeres turcas) y, como personajes secundarios, algunos aventureros y entrometidos de toda ralea, región y país.

Muy resumidamente la historia es ésta. Resultó que hacia 1656 fue moda –causó furor– entre las mujeres de Turquía el adorno de collares, brazaletes, pulseras, anillos, incluso en la ropa, con luises franceses.

Esta súbita costumbre provocó una demanda muy considerable de la monedita, la cual, convertida en mercancía y sujeta al juego de la oferta y la demanda, alcanzó en poco tiempo un valor muy por encima del que realmente tenía, aunque legalmente seguía siendo moneda de curso legal.

Zeca

El primer problema de todo ello fue el desbarajuste en el sistema bancario francés, pues los comerciantes franceses en Turquía obtenían un sobreprecio por sus monedas que aquél no toleraba. El segundo fue la puntual comparecencia de los especuladores (los nobles con derecho a acuñar moneda y sus arrendatarios, gente sin escrúpulos), quienes, con la intención de enriquecerse rápidamente, empezaron a fabricarla en grandes cantidades, pero con menos plata y cobre del establecido por la Casa de la Moneda.

De nada sirvió que algunos funcionarios recomendaran

“… con gran premura que no se haga la vista gorda ni se introduzcan monedas que no sean buenas”.

            Y que

“… sería necesario disponer de información clara, pues continuar con esta incertidumbre no lleva a nada bueno”.

La carrera del oro estaba lanzada. Objetivo: maximizar beneficio a toda costa.

Por hacerlo corto: once años después, hacia 1667, la magnitud del fraude era más que considerable y empezó a perjudicar a los ingleses quienes, por tener una balanza comercial favorable con los turcos, cobraban en luises de baja calidad. Obviamente, los ingleses pusieron el grito en el cielo turco, y los turcos en el francés.

En este punto Cipolla hace un comentario revelador:

“Debemos admitir aquí que algunos astutos funcionarios turcos se habían olido el timo … sin embargo, un poco por ineficiencia, otro poco por corrupción y otro poco porque estaban implicados de diversas maneras en el tráfico doloso, no habían tomado medidas severas para interrumpirlo”.

En fin, la factura de la avaricia y corrupción de los bien situados (protegida por una libertad de mercado no regulada), la pagó fundamentalmente la economía turca, es decir los turcos de a pie, que se encontraron con una enorme masa de moneda falsa. El país estaba lleno de luises pero nadie los quería, todos buscaban deshacerse de ellos. La crisis se desencadenó, pues subió el precio de los alimentos pero el dinero bueno escaseaba. En Constantinopla, en 1669, estalló una revolución popular

Liard de cobre

No haré moraleja de esta historia, porque se me antoja demasiado fácil, pero sí invito a leer el relato completo, identificar los actores y las circunstancias que en él comparecen, y comprobar si el ser humano aprende algo de su experiencia personal y colectiva.

Ah … es verdad, quizás faltaban unos actores en esta historia:

“… los patricios que arrendaban sus cecas para aquel tráfico deshonesto sintieron en algunos casos remordimientos de conciencia. Para acallarla o adormecerla recurrieron a los teólogos. El Príncipe Giambattista Centurión I acalló la suya gracias a la resolución de un teólogo, que reservó la culpa a quien se dejaba engañar al no proceder a un ensayaje de las monedas …”

Ya estamos todos.

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