Libertad de expresión e imparcialidad de los jueces: el caso De Prada

Fernando Flores

Se ha escrito mucho sobre la sorprendente capacidad del ministro del Interior, señor Fernández Díaz, para violentar la Constitución española, una capacidad que refuerza con la especial atención que dedica al Título Primero de la misma, el que reconoce y garantiza los derechos fundamentales. Es por eso que atribuyo a una muestra de su perseverancia el que en las últimas semanas lo encontremos enredado en vicisitudes tan diversas como el escándalo de los espionajes a políticos independentistas, la puesta de nuestra seguridad en manos de la Virgen, o en la persecución de jueces que ejercen su derecho constitucional a la libertad de expresión.

Los dos primeros casos están recibiendo atención y reproche mediático, y no cabe duda de que, especialmente el primero, resultan muy graves. El último, sin embargo, no sólo ha pasado relativamente desapercibido a pesar de su importancia (aunque ha sido objeto de varios artículos relevantes), sino que su tratamiento está siendo confuso incluso por algunas organizaciones que, con razón, defienden el derecho de los jueces a opinar sobre temas tan sensibles como el de la tortura. Veamos. Sigue leyendo

Sin Justicia no hay transición: el caso jesuitas de El Salvador

Almudena Bernabeu

Desde que se abrió una investigación en la Audiencia Nacional de España en noviembre de 2008 por el asesinato de dos mujeres, Elba y Celina Ramos y seis sacerdotes en la Universidad Centro Americana José Simeón Cañas en El Salvador, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, algunas voces, todas ellas circunscritas a El Salvador, se han pronunciado en contra de este proceso.

Indirecta e irónicamente, con sus alegatos de estupor y crítica dotan a esta causa abierta en Madrid de un poder obstaculizador y sustancial para lo que ellos llaman la estabilidad nacional y la democracia de El Salvador. De pronto, un proceso penal al amparo de nuestra moribunda Ley de Justicia Universal se convierte en el único y a todas luces más poderoso obstáculo de futuro para el país; no así el poder enquistado en los mismos de siempre, o la falta de legitimidad de sus líderes políticos, su sumisión económica o la violencia endémica, todos ellos problemas graves y estructurales de El Salvador. Al parecer, de todo ello, el peligro más grande y más grave es sin duda investigar y perseguir penalmente a los asesinos de mujeres indefensas y sacerdotes. Sigue leyendo

Botín, Atutxa y Borbón

Joan Carles Carbonell Mateu

1. El juicio oral por el llamado “caso Nóos” ha comenzado en Palma, como no podía ser de otra manera, con el planteamiento de diversas cuestiones previas que habrán de ser resueltas antes de proceder al enjuiciamiento de los hechos. Y, sin duda, la que está teniendo más repercusión pública es la de si debe ser juzgada la ciudadana Doña Cristina de Borbón y Grecia , dudosamente -pero éste es otro tema que merece ser tratado en otra ocasión y que no es relevante a los efectos que nos ocupan- Infanta de España.

Las tesis contrapuestas derivan de las llamadas doctrinas Botín y Atutxa, en referencia a posiciones (aparentemente) contradictorias del Tribunal Supremo mantenidas en las Sentencias 1045/2007 y 541/2008, respectivamente. En la primera –que, por cierto, tuvo nada menos que siete votos particulares de los catorce Magistrados que compusieron la Sala– se mantuvo una lectura literal del artículo 782.1 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que establece la obligación de no proceder a la apertura del juicio oral cuando el Ministerio fiscal y la acusación particular hubieran pedido el sobreseimiento. La literalidad, que supuso una ruptura frontal con lo que hasta ese momento se había sostenido, comportaba la exclusión de la acción popular en el concepto de acusación. Sigue leyendo

Los derechos humanos y la real politik

Fernando Flores

Hace unas semanas Margot Wallström, ministra de asuntos exteriores sueca, denunció la discriminación de las mujeres en Arabia Saudí (no se les permite conducir, dirigir negocios púbicos, casarse sin permiso de sus tutores masculinos…). La reacción del país de Oriente Medio fue fulminante: retiró su embajador y dejó de dar visados de entrada a empresarios y hombres de negocios suecos. Los Emiratos Árabes Unidos (Dubai, Abu Dabi…), y algunas organizaciones internacionales como la Organización para la Cooperación Islámica, se unieron a las represalias y condenas, argumentando que era intolerable la intromisión de Suecia en sus “asuntos internos” y acusándola de islamofobia. Ni los medios de comunicación occidentales se han hecho prácticamente eco de este suceso ni los gobiernos europeos han mostrado solidaridad alguna con Wallström, y eso que no se refirió al caso de Ali Mohamed al-Nimr, condenado a ser decapitado por alzar la voz (con 16 años) contra la represión del gobierno a la minoría chií (la pena de muerte es más que una amenaza, este año ya han sido decapitadas en Arabia Saudí más de 160 personas). Sigue leyendo

La (in)Justicia que tenemos

Joaquín Urías

En estos tiempos en los que tanto nos cuestionamos la vigencia del sistema político e institucional de 1978 resulta que prácticamente nadie pone en duda el funcionamiento de la Justicia.

Se ponen en solfa la capacidad de los políticos profesionales y sus privilegios. Se duda de la necesidad de instituciones como el Senado y de la utilidad de otras como el Tribunal de Cuentas o el Consejo General del Poder Judicial. Arrecian las críticas contra un sistema autonómico que no termina de ser federal y deja a todos descontentos. Y sin embargo de la Justicia no habla nadie.

Tenemos un sistema de selección de jueces que sólo permite el acceso a la carrera judicial a las clase altas y promueve su desconexión de los problemas reales de la gente. Las leyes procesales dan a menudo a los tribunales un poder prácticamente arbitrario sobre la vida de las gentes. Con demasiada frecuencia las decisiones judiciales responden a intereses económicos, políticos o simplemente personales. Pero de todo eso no se habla. Por no criticar, la mayoría ni se atreve a criticar siquiera las sentencias más evidentemente injustas. Sigue leyendo

Justicia militar ¿Justicia del siglo XXI?

Fernando Flores

Poco a poco se van apagando los ecos del Caso Cantera, pero en la retina de muchos permanecen las imágenes del tribunal militar que lo juzgó, con unos jueces y un fiscal visiblemente incómodos ante la circunstancia de tener que condenar a un teniente coronel. El simple hecho de que sean militares los que juzguen militares, sumado a la clara percepción de que, en ese juego de equilibrios que es el proceso, el peso de la jerarquía del acusado (y de algunos testigos que lo apoyaron) ha influido en el comportamiento del tribunal, y quizás determinado su decisión, trae o debería traer a la sociedad el debate sobre la existencia misma de la justicia militar.

¿Por qué existe una justicia militar diferenciada de la justicia ordinaria? ¿Quiénes son las personas que componen sus tribunales? ¿Son imparciales? ¿Qué conflictos conocen y por qué esos y no otros? ¿Hay garantías de que respeten rigurosamente los derechos procesales que exige la Constitución?

juicio

En España existe un régimen jurídico de la justicia militar, configurado como una jurisdicción especializada por razones del ámbito en que se ejerce (el castrense) y por el derecho específico que aplica (diversas normas específicas para lo militar). Desde 1987 (Ley 4/1987, de 15 de julio) la justicia militar se integra en el Poder Judicial único del Estado, de acuerdo con el principio de unidad jurisdiccional que exige el artículo 117.5 de la Constitución.

El origen de este “compartimento estanco” es histórico. La justicia entre militares nació con los ejércitos, con el objetivo de mantener un control férreo sobre sus miembros, y se mantuvo a lo largo de la historia con argumentos sostenidos en la singularidad de su organización (en la que disciplina y jerarquía son esenciales) y de sus funciones (la defensa del territorio y el uso de la fuerza). Partiendo de esta base resulta comprensible que triunfase la idea según la cual “quien manda debe juzgar”, y que la jurisdicción militar se configurase como una justicia no judicial que aplicaba un derecho penal propio. La consolidación hacia principios del siglo XVIII de un ejército permanente no hizo sino fortalecer ese esquema, un esquema según el cual la justicia militar era competente (con vis atractiva en perjuicio de la justicia ordinaria) para conocer de todos aquellos casos que presentasen un “elemento militar”, fuera éste subjetivo (personal militar), objetivo (materia sujeta al derecho penal militar) o espacial (en lugares militares).

CódigoJM

La llegada del constitucionalismo y la configuración progresiva de los Estados de Derecho, sociales y democráticos comenzó a revertir la situación, es decir, a delimitar la justicia militar al ámbito estrictamente castrense. Ahora bien, esa voluntad transformadora encontró tanta resistencia por parte de los ejércitos, que hasta la Constitución de 1931 no se suprimió el triple criterio competencial (subjetivo, objetivo y territorial). Por lo demás, esta civilización de la Justicia duró poco, pues el régimen franquista devolvió a la jurisdicción militar su poder anterior a la República, un poder, corregido y aumentado, que había de ser coherente con la función de control social que se atribuyó a los ejércitos.

Tras la dictadura, la Constitución de 1978 tampoco consiguió (como sí sucedió en Alemania, Austria, Francia, Noruega, Holanda, Dinamarca…) deshacerse de la “peculiaridad institucional de los ejércitos”. Así que tras proclamar en el art.117 que “el principio de unidad jurisdiccional es la base de la organización de los Tribunales”, a párrafo seguido admitió que la ley regulase “el ejercicio de la jurisdicción militar en el ámbito estrictamente castrense y en los supuestos de estado de sitio, de acuerdo con los principios de la Constitución”. Es decir, se optó por mantener la posibilidad (bien es cierto que vía legislativa) de una justicia especial cuya justificación en un Estado democrático ya no era (ni es) tan clara. Dado el contexto de la Transición (en el que debe enmarcarse el difícil proceso de democratización de los ejércitos españoles), sólo en la segunda mitad de los ochenta comenzó a legislarse para adaptar la justicia militar a los principios constitucionales por los que había de regirse. A día de hoy los cambios han sido importantes (el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional consideran que la justicia militar en España se ajusta a los parámetros de la Constitución), pero todavía cabe plantear, aunque sea brevemente y a modo de planteamiento del debate, algunas preguntas y reflexiones.

¿Exige la singularidad del mundo militar, del “ámbito castrense”, una jurisdicción propia?

Como se ha comentado antes, esa singularidad vendría definida, en primer lugar, por el aspecto organizativo y por la función propios de las Fuerzas Armadas. Desde esta perspectiva se plantea que la justicia castrense, así como el derecho penal militar propio, resultan esenciales para mantener la disciplina y la eficacia de las misiones atribuidas a los ejércitos. Argumentos que merecen una reflexión detenida, pero que de entrada resultan discutibles, ya que, de una parte, las faltas de disciplina u otros delitos cometidos por militares también pueden ser, además de contenidos en un Código Penal común, revisadas eficazmente por jueces ordinarios. Por otro lado, no queda claro en qué puede influir una jurisdicción común (siempre que sea eficiente) en el incumplimiento de las funciones militares.

militar y cura

Por lo demás, y aunque es cierto que en los últimos años se ha ido reduciendo sus límites (en esa dirección han ido las decisiones tanto del Tribunal Supremo como del Constitucional), es evidente que todavía no queda del todo claro qué debe entenderse por “ámbito estrictamente castrense”, pues, por ejemplo, resulta más que dudoso que un delito de acoso sexual o laboral (como el del Caso Cantera), o una falta de hurto en un cuartel, deban conocerse por la justicia militar y no por la ordinaria.

¿Hay garantías de que en la justicia militar se respeten rigurosamente los derechos procesales que exige la Constitución?

De entrada, los principios procesales constitucionales relativos a la legalidad de los delitos y faltas disciplinarias, la libertad personal, la publicidad, la oralidad, el derecho a la defensa y los derechos que de ella se derivan, la motivación de las sentencias, el derecho a un recurso… todos tienen fiel reflejo en las leyes militares (Ley Orgánica 13/1985, de 9 de diciembre, del Código Penal Militar, Ley Orgánica 2/1989, de 13 de abril, Procesal Militar). Por ello debe deducirse que desde la perspectiva de la legalidad formal la garantía de esos derechos se cumple. Sin embargo, la eficacia de esa garantía esta directamente relacionada con la respuesta a la siguiente pregunta.

¿Están garantizadas la independencia e imparcialidad de los jueces militares?

En el Estado de Derecho la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado debe estar encomendada a un único conjunto de jueces, independientes e imparciales. Esa unidad jurisdiccional, establecida por unas normas de competencia y procedimentales previamente establecidas con carácter general por las leyes, se conecta directamente con la exigencia de independencia e imparcialidad, y es por ello que no caben manifestaciones de jurisdicción ajenas a ella.

Obviamente la justicia militar es una excepción admitida –no exigida, sino puesta a disposición del Legislador– por la Constitución, pero como toda excepción a la regla general, debe estar muy bien argumentada y muy bien delimitada. Más aún cuando se encuentran en juego derechos fundamentales de los ciudadanos, sean estos militares o civiles. En este sentido, cabe proponer dos reflexiones.

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La primera de ellas tiene que ver con la necesidad de que los jueces (y los fiscales, ambos se extraen del Cuerpo Jurídico Militar) que conozcan los asuntos militares deban ser militares, un aspecto que se suele vincular a la necesidad de una “especial sensibilidad para la singularidad castrense”. De entrada, no queda claro que esa “especial sensibilidad” tenga que ser algo positivo (¿deben tener los jueces mercantiles ‘sensibilidad’ por lo comercial, o es suficiente con que tengan formación jurídica para resolver los conflictos que en esta materia se les plantean?); al contrario, podría pensarse que esa ‘empatía’ esconde intereses corporativos, intereses habitualmente favorables a los más fuertes (a los mandos de más alto rango).

La segunda tiene que ver directamente con su independencia e imparcialidad. Ciertamente, la Ley establece que los miembros de los órganos judiciales militares serán independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la Ley. Su nombramiento, designación y cese se hará en la forma prevista en la Ley y no podrán ser separados, suspendidos, trasladados ni retirados, sino en los casos y con las garantías establecidas en las leyes. Además, si se consideran perturbados en su independencia, pueden ponerlo en conocimiento del Consejo General del Poder Judicial a través de la Sala de Gobierno del Tribunal Militar Central. A partir de aquí, una vez más puede afirmarse que, en este ámbito y desde una perspectiva formal, la justicia militar española cumple con los requerimientos básicos, tanto los constitucionales como los establecidos por la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos: necesidad de dedicación permanente de los jueces, formación jurídica de los mismos, etc.

Sin embargo, la realidad muestra que esas garantías formales en muchos casos no pueden superar los pecados inevitablemente vinculados a toda endogamia, también la militar: amistades forjadas en promociones, confianza y protección de los oficiales de más alto rango, desconfianza en quien denuncia, valor de los testigos y sus declaraciones según su posición jerárquica, temor a no obtener apoyos de los superiores para ascensos o traslados, declaraciones que se realizan más ante un superior jerárquico militar que ante un juez o un fiscal… Aunque en la mayoría de los casos estas circunstancias no pueden probarse, la verdad es que existen, y vierten dudas legítimas sobre el cumplimiento de la exigencia de que el tribunal o juez esté “subjetivamente libre de sesgos y prejuicios personales” (así, por ejemplo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Morris vs Reino Unido).

Concluyendo. Incorporadas plenamente las Fuerzas Armadas al siglo XXI, y en tiempos de paz, resulta discutible que argumentos de carácter organizativo y funcional justifiquen la configuración de una justicia militar separada de la justicia ordinaria. En realidad, es posible que el objetivo de dichas explicaciones sobre la singularidad castrense sea en algunos casos el de mantener un grado de autonomía poco compatible con el orden constitucional, antes que el de garantizar el buen orden y funcionamiento de los ejércitos.

La justicia debe ser absolutamente igual para todos, y solo argumentos muy poderosos pueden matizar o explicar desviaciones de ese principio. Sobre todo cuando con esa desviación se pone en juego algo tan esencial para los ciudadanos –sean estos militares o civiles– como el derecho fundamental a la tutela judicial efectiva.

Constitucion-1978

Para saber más:

– Beatriz López Lorca, Algunas reflexiones para la reforma de la Justicia Militar

– Francisco Fernández Segado, La reforma del ámbito competencial de la jurisdicción militar.

– Pablo Contreras, Independencia e imparcialidad en sistema de justicia militar: estándares internacionales comparados

– Consejo Económico y Social, Informe Decaux

Tetek (II): Tocando los huevos

José Miguel Sánchez

Suena un teléfono en la lejanía. Al tercer timbrazo caigo en que es el sonido de mi móvil smartphone de última tecnología 4G. La madre que lo parió. Lo sigo pagando en cómodas cuotas mensuales. Me tiene una permanencia “queyoyaheperdidolacuenta”. He tardado otros tres timbrazos más en encontrarlo. Estaba debajo de las fotocopias de las recomendaciones del Defensor del Pueblo del último año. Es lógico que el peso de tanto incumplimiento de los derechos fundamentales por parte del Estado español haga silenciar hasta este potente smartphone “quenuncacabarédepagar”. ¡Que va! Es que le tenía puesto el volumen bajísimo desde la última reunión. Ya me extrañaba. El Estado español lo aguanta todo. Hasta los incumplimientos sistemáticos denunciados por el Defensor del Pueblo. ¡Coño! ¡Qué es la Soledad Becerril! Pedazo de incumplimientos deben de ser para que la marquesa de salvatierra los denuncie.

Mi smartphone “quenomepuedopermitir”, pero que si no lo tuviera estaría más desactualizado que un chaval de trece años, me ha chivado en la pantalla que es Lourdes. La he conocido hace poco. Al principio me pareció un poco pirrurris. Me extrañó. La amiga que nos presentó no parece codearse con tan alta alcurnia. Es más de mi clase social: media-en-decadencia. En compensación, su marido hace unas tortillas de patata de muerte. Lo de ella es más el salmorejo. Supongo que colgar con un apellido de rancio abolengo no ayuda mucho a tener buena imagen entre el populacho. Tras solo cinco minutos, tuve que tragarme todos mis pensamientos. Menos mal que no tengo la fea costumbre de pensar en voz alta. Tampoco la de escribir mis pensamientos en un blog para que se conozcan urbi et orbi. ¡Qué vergüenza si llegara a enterarse! No podría volver a mirarla a la cara. Pasaron cinco minutos más. Lourdes ya me había adelantado por la izquierda. Pero muy, muy, muy por la izquierda ¡A mí! A lo que hemos llegado.

MENA's

Señor Guerra, estaba usted equivocado. A su izquierda y la del PSOE no está el abismo. Hay un montón de organizaciones, asociaciones, fundaciones, colectivos, redes -personas al fin y al cabo. Son las que han dado, vienen dando y darán contenido a eso que ustedes llaman el Estado social. No es su patrimonio exclusivo. Ni siquiera es su patrimonio. Muchas -sin cobrar un duro en subvenciones- hacen lo que debería ser la función de un Estado decente. Todo ese mundo asociativo está y permanecerá a la izquierda de cualquier partido político. De usted. De mí. Del Estado mismo.

En esa izquierda está Lourdes. Por derecho propio. En el barro todos los días. Partiéndose la cara por la dignidad de los excluidos. El Estado los tira en las cunetas. Ella se para a devolverlos su dignidad. ¡Que indecencia de Estado! ¿¡Por dios santo!? Tanto opusino en el poder y solo se acuerdan de dios con lo del aborto y los maricones. No son cualesquiera excluidos. Son niños. Esos que el Estado llama MENAS. Como para esconderlos detrás de un acrónimo. Pues no. No son menores no acompañados. Nunca lo serán. No les acompañan ni su familia ni, mucho menos, las Comunidades autónomas que asumen a regañadientes su tutela. Esos chavales no están solos. Estaba Papa África. ¡Ole tus huevos Nacho! En tu tumba faltarán flores frescas. Nunca el recuerdo de aquellos niños a los que junto con Lourdes mirasteis a los ojos con respeto y humanidad y metisteis en vuestra propia casa y en vuestros corazones.

Fundac Raíces 2

Está Lourdes. Es la cabeza de la Fundación Raíces. Con un montón de gente comprometida. Hola Marta. Bienvenido Rafa. El conocimiento del derecho no exime de la sensibilidad social. Vosotros sois el mejor ejemplo. Está Javi Baeza. La columna vertebral de la Coordinadora de Barrios. Con todas sus anarcocatólicas en la vanguardia de la lucha. Cada una de ellas vale por un ejército. Pero de los que jamás dejan atrás a un herido ni dan por perdida una batalla. Aprende Rouco Varela. Comulgarán con magdalenas, rosquillas o con lo que le tengan a mano. Conocen mil veces mejor a dios de lo que jamás usted llegará a hacerlo. Viven instalados en el infierno de la exclusión. Presencian a diario el apocalipsis del olvido a los más necesitados. Y lo hacen sin su ayuda. Peor todavía, teniendo que superar los obstáculos que, descuidadamente, pone en su camino. Recuérdelo cada noche que se acueste en su cama de sábanas de hilo. Le rodea el frio de las ánimas del purgatorio que contemplan el dolor ajeno con indiferente displicencia. Javi -como Enrique Castro y Pepe Díaz– dormirán cubiertos con sacos de arpillera. Pero lo hacen rodeados del calor de las almas que han ayudado a evitar el precipicio. No cambio su suerte por la de ellos.

A lo que voy. Que me disperso. He descolgado el teléfono. Lourdes me invita a celebrar el cumple del Tetek el próximo 3 de octubre en la Gabinoteca. No sé si podré ir. Creo que ese día tengo Master de justicia criminal en la Carlos III. Hoy estoy espeso. Mi noción del tiempo y del espacio va en caída libre. ¿Cumple de Tetek? ¿Me estás vacilando? –le he espetado- ¿No lo celebramos antes del verano? ¿Cuántos cumples tiene? Porque papeles no tendrá, pero cumples más que yo. Y es que no se me escapa nada. Menudo fiera estoy hecho.

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La Defensora del ministro, y el Pueblo

Fernando Flores

Entre la Defensora del Pueblo y el Pueblo se ha entrometido un ministro. No es la primera vez ni, me temo, será la última. Cuando esto sucede, los derechos de los ciudadanos no salen bien parados. Tampoco la Defensoría.

Ha sido con ocasión de la Ley de Tasas. Ésta, impulsada por un convencidísimo ministro de Justicia, se aprobó con cierta prisa en noviembre. A su favor el Gobierno y el Grupo Parlamentario Popular. En contra, todos los demás: la oposición al completo, el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo General de la Abogacía Española, las organizaciones de consumidores, numerosos jueces, fiscales y funcionarios de la Administración de Justicia, organizaciones defensoras de los derechos humanos…

No ha sido por falta de discusión, enmiendas, informes, manifestaciones, concentraciones, paros… el ministro Gallardón era consciente del malestar, de la frontal oposición y de los argumentos de quienes consideran la Ley de Tasas una mala norma que, además, es inconstitucional… Quede claro que no es necesario ser doctor para darse cuenta que la Ley era (y es) un atropello contra el derecho a la tutela judicial, que deja indefensos a los ciudadanos con menos recursos, que maltrata a los abogados, y que avergüenza a jueces y secretarios judiciales.

En fin, la Ley se aprobó sin mayor discusión, y el ministro fue capaz de decir al mismo tiempo que la Ley iba a tener un “contenido social extraordinariamente positivo” y que “gobernar era a veces repartir dolor”.

Pero la arrogancia combina mal con la improvisación (y no digamos con la incompetencia). Al parecer, con las prisas, el Gobierno no sólo no había caído en que para cobrar las tasas necesitaba un modelo de autoliquidación (por lo que se vio forzado a dictar una Instrucción al día siguiente y posponer la entrada en vigor de la Ley algunas semanas), sino que había olvidado la existencia de la Defensora del Pueblo, el encargo que tiene de las Cortes Generales de proteger los derechos de los ciudadanos, y su competencia para plantear recursos de inconstitucionalidad.

Así que ahí tenemos a la Defensora, acuciada por abogados y organizaciones sociales, exigiéndole la presentación de un recurso contra la Ley de Tasas ante el Tribunal Constitucional por vulneración del derecho de acceso a la Justicia, un recurso sin duda ganador.

Pero la Defensora no quería ni interponer el recurso contra el ministro (se sospecha que esto puede ser debido a su pasado como diputada y senadora del Partido Popular), ni aceptaba quedar mal del todo con el Pueblo. Por eso redactó un papel con ocho recomendaciones sobre la Ley de Tasas (ninguna de ellas desconocida para el Gobierno) y, pocos días antes de que expirase el plazo para presentar el recurso, se lo entregó a Gallardón. Se desconoce por qué no se le había ocurrido a la Defensora esa misma iniciativa durante la tramitación parlamentaria, o en el momento en que la Ley entró en vigor (en diciembre). Se desconoce pero se sospecha.

Así que tres meses después de la entrada en vigor de la Ley de Tasas, el viernes 22 de febrero, el Gobierno aprueba un Decreto Ley (norma reservada para la urgente necesidad) en el que modifica aquélla e incorpora alguna de las recomendaciones, no todas, de la ya desactivada Defensora. (Aquí podría aventurarse una idea, y es que de igual modo que se habla de fraude de ley, podría hablarse de fraude de institución).

En concusión, el Decreto Ley es, en sí mismo, un reconocimiento de la arbitrariedad de la Ley de Tasas modificada (no hay más que leer la exposición de motivos), aunque no prueba que él mismo no sea arbitrario. Más bien al contrario: las tasas siguen sin estar fundamentadas en el principio de capacidad económica del ciudadano, obstaculizan el acceso a la Justicia de las clases medias y bajas y favorecen a quienes más tienen. Quizás la Defensora (si es del Pueblo y no del ministro) estudie ahora el Decreto, y, a la vista de que no ha recogido todas sus recomendaciones, se plantee la posibilidad de impugnarlo. Tiene tres meses para hacerlo.

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