La alcaldesa frente al espejo

Fernando Flores

Dedicado a Sergi Tarín

1. En los años del gobierno de Zapatero pocos eran los ministros y ministras que se atrevían a pisar la ciudad de Valencia. Porque eran visitas que no podían salir bien. A cuenta del agua, del Estatut de Catalunya, del Cabanyal o de los chiringuitos de la playa, Rita Barberá y el Partido Popular les organizaban auténticos escraches de bienvenida (cuando éstos eran desconocidos para todos menos para los populares), grababan su perplejidad con las cámaras de Canal 9 y emitían la humillación infligida en la portada de todos los informativos de la televisión pública autonómica. De esa agresiva y soez manipulación informativa podrían dar fe, sin duda, la ex-ministra de Cultura, González Sinde, o la ex–vicepresidenta del Gobierno, Fernández De la Vega.

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Como es notorio, las cosas han cambiado. La llegada del Partido Popular al Gobierno de Madrid cortocircuitó algunos de los cables más gruesos del victimismo valenciano, y la audacia del President de la Generalitat, al cerrar Radio Televisió Valenciana, prescindió de una de sus herramientas de comunicación, propaganda y autocomplacencia más eficaces. La crisis económica, la corrupción visible, la reducción de las cuantías para inaugurar brillantes inutilidades y comprar voluntades, unidas al hartazgo social, obligaron a transformar el modo de comunicar mensajes políticos e intervenir en el derecho a la información de los ciudadanos. Antes, los efectos reflectantes y cegadores de la propaganda gubernamental aplastaban por sí solos la imagen que el espejo de la prensa decente (muy escasa en el territorio levantino) trataba de trasladar a los valencianos. Ahora, esa imagen, cada vez más clara, y cuanto más clara más deforme, resulta insoportable para los conservadores, pero especialmente para Rita Barberá. Más aún en días de campaña electoral.

2. (a) Rita Barberá entra en el mercado con la nutrida comitiva. En sus flancos un par de concejales y el presidente de la agrupación local, que conoce el terreno; tras ella afilados asesores y afiliados entusiastas (una vez cada cuatro años cerca de la líder) abordan a los vecinos de compras y antes de que puedan abrir la boca ponen en sus manos sobres de voto y propaganda; revolotean fotógrafos que captarán momentos de abrazos y besos, conversaciones alegres y cómplices de la candidata con los vendedores del mercado; desde el altavoz del coche aparcado en la puerta la música triunfal del partido suena a todo meter.

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En este ambiente fabricado y agresivo nada puede salir mal. Intimidados o educados, los vecinos no favorables a la alcaldesa se echan a un lado, prolongan su turno en la cola del puesto y toman con desgana los papeles satinados de colores. ¿Qué otro cosa pueden hacer? La comunicación ha triunfado, la alcaldesa se da un baño de cariño popular y mañana las fotos y titulares de prensa serán inapelables.

(b) Rita Barberá entra el mercado con la nutrida comitiva. Están los concejales, el presidente de la agrupación local, los asesores y militantes, los fotógrafos y la banda sonora a todo meter… Pero además hay un grupo que protesta y un periodista que lo graba todo. Con su aparición nos damos cuenta de que la comitiva también contaba con guardaespaldas. Y empieza la información. Hay algunos empujones y bloqueos, gente a favor de la candidata y gente en contra. Los abucheos se mezclan con la sintonía del partido. La alcaldesa frunce el ceño y sonríe forzada. Se palpa el nerviosismo y la incomodidad. También se respira más libertad. Hay vecinos que se atreven a rechazar la propaganda, algunos increpan a la candidata y la llaman corrupta. Otros, para compensar, la abrazan y besan más fuerte de lo normal, si cabe. Un par de vendedoras se niegan a estrechar la mano tendida de la política, no aceptan su publicidad. El periodista lo graba.

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Desde la perspectiva de la comunicación nada puede salir peor. La imagen de la candidata –cercana, querida, segura, fuerte, incontestada–, queda en entredicho y las encuestas se estremecen. Debe reaccionarse y se aplica el protocolo: si ha vencido la información hay que romper el espejo y su imagen. Se reúne de urgencia el equipo de campaña: primero hay que destruir esa imagen (para eso se fabrica un “relato”), después se telefonea a los directores de los medios (unos más firmes que otros, pero casi todos se cuadran), y finalmente se lanza la contraprogramación: “Boicot a Barberá que degenera en amenazas de muerte” (Las Provincias), “Barberá es increpada en Russafa por personas que ya le pitaron en el Cabanyal” (Levante). Se culpa de la gresca a uno de los partidos –Compromís– que más ha luchado contra la corrupción en Valencia, se publican de forma destacada las fotografías y los nombres de las mujeres que repitieron protesta en dos mercados, solo se da la palabra a la ‘ofendida’ –que habla de odio y persecución hacia su humilde persona–, y asunto equilibrado.

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O casi equilibrado. Una vez destruida la imagen falta ocuparse del espejo, del periodista… De eso se encargan personalmente los secuaces más distinguidos. No hay más que ver la actitud chulesca y amenazante contra Sergi Tarín que muestra en este video (y en éste, un par de días después) el concejal de seguridad, Miguel Domínguez. Su postura es solo un indicio de lo que haría con él si no le estuvieran grabando, si no existieran las malditas garantías constitucionales. Contrariado por las libertades, el concejal se queja de “tener al periodista todo el día encima”, y éste le contesta que él solo hace su trabajo. Ponerle el espejo en la cara.

3. Hace ya unos años Manuel Vázquez Montalbán se preguntaba sobre el poder que tiene un profesional de la información para hacer mínimamente frente a las posibles arbitrariedades de los reales poderes informativos, y en su respuesta reclamaba la necesidad de “recuperar cotidianamente la dignidad que concede la búsqueda de la verdad histórica y popular, sin intermediarios”.

En estos días de campaña es vital reivindicar el periodismo y la libertad de información como derecho de los ciudadanos (no como privilegio de los periodistas), como una exigencia ética, pero también como una obligación jurídica. Es vital identificar a quienes realizan ese trabajo de forma radical y sin concesiones, al menos para comprobar que no es nada fácil enfrentar cada día a la alcaldesa y su partido reaccionario con la imagen que les devuelve el espejo. Es vital, en fin, valorar la información hecha con rigor, y conocer a sus adversarios, porque en buena parte de ella depende que algún día salgamos del agujero en que, poco a poco, ellos nos van introduciendo.

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Fotos: 1ª: Efe, 2ª y 3ª: pantallazos de vídeos de Sergi Tarín, 4ª y 5ª: La Veu

Conductores y ciclistas: diferentes pero iguales

Jose Antonio García Sáez

Según las estimaciones, en España únicamente entre el 1 y el 2% de la población acude a su lugar de trabajo en bicicleta. No he sido capaz de encontrar datos concretos de la ciudad de Valencia —que es donde pedaleo a diario—, pero para certificar que esa cifra no se aleja demasiado de la realidad les propongo un ejercicio: cualquier día, en cualquier calle, párense a mirar: ¿cuántas bicicletas hay por cada coche? ¿A qué puede deberse que, en una ciudad con las características de Valencia, la bici sea todavía un transporte tan minoritario? Pueden encontrarse, claro, múltiples explicaciones, pero aquí me gustaría plantear el problema como una cuestión de igualdad. Una cuestión de igualdad en derechos entre ciclistas y conductores.

Las leyes de tráfico permiten que las bicicletas circulen por la calzada. Sin embargo, en ese espacio la mayoría de ciclistas no se sienten —aunque lo son— ciudadanos en pie de igualdad con los conductores de vehículos a motor. Si respetamos la regla que prohíbe –en mi opinión, con buen criterio– circular por la acera, y aceptamos que no se puede llegar a cualquier sitio por el carril bici, la conclusión es que quien pedalea debe hacer necesariamente uso de la calzada en algún momento. Esa es precisamente una de las principales circunstancias que hace a muchas personas desistir de utilizar la bicicleta como un medio de transporte habitual: la sensación de sentirse vulnerables dentro de un medio, el tráfico rodado, que discrimina a los ciclistas, situándolos en una condición subordinada, como una anomalía que estorba por circular a menos velocidad. Por eso, decir que la bicicleta es tan vehículo como cualquier otro y que el ciclista es un ciudadano con iguales derechos que el conductor, por obvia, no es una afirmación sin consecuencias.

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Así, considerando el problema en términos de igualdad, me gustaría dejar enunciadas cuatro propuestas que, si los editores de este blog me permiten, desarrollaré más adelante:

La primera tiene que ver con la dimensión formal de la igualdad. Como espacio público, la calzada debe utilizarse en condiciones de igualdad por quienes están autorizados a ello. Aunque los coches han monopolizado ese espacio, cada vez encontramos más bicicletas circulando entre el tráfico rodado, y han llegado para quedarse. En el cosmos de la sociedad vial el coche representa el prototipo de ciudadano “pleno” (varón, blanco, heterosexual y propietario), mientras que la bici es la recién llegada. Como con los inmigrantes, no se trata de que la mayoría tolere a la minoría, sino de que respete a los sujetos que la integran como titulares de los mismos derechos, es decir, como iguales.

La segunda propuesta es una concreción de la primera y consiste en promover la lucha contra la violencia vial, una modalidad de violencia que cada vez suena más entre los colectivos ciclistas. La violencia vial tiene lugar cuando el coche deja de ser un medio de transporte para convertirse en el instrumento mediante el cual se ejerce un poder: el poder de intimidar al ciclista acelerando tras él, adelantándole de forma peligrosa, o increpándole por entorpecer su marcha. Garantizar derechos exige siempre la supresión de ciertos ámbitos de violencia. La vulnerabilidad que sufren los ciclistas es consecuencia directa de su situación desigual; y una forma de disminuirla sería prevenir y sancionar esas conductas agresivas que cada año cuestan demasiadas vidas en nuestras ciudades.

La tercera propuesta se relaciona con la dimensión material de la igualdad. Dos personas diferentes, en situaciones diferentes, requieren tratos diferentes para que la igualdad sea efectiva. Las normas de tráfico hasta ahora han pensado únicamente en los vehículos motorizados. Para que la igualdad en la calzada sea efectiva es necesario entonces adaptar esas normas a las características de la bicicleta. Diferentes prioridades semafóricas y de paso, calles 30 o permisos para circular en ambos sentidos por algunas calles son medidas que ya funcionan en numerosas ciudades europeas.

Por último, cabe mencionar la igualdad en materia de ayudas públicas y estímulos fiscales. En lugar de fomentar una movilidad sostenible, la actual política del gobierno discrimina a los vehículos no contaminantes, subvencionando la compra de automóviles pero ignorando la bicicleta como medio de transporte. En otros países como Reino Unido o Dinamarca existen, en cambio, exitosos programas que promueven la asistencia al trabajo en bicicleta.

El camino para construir una igualdad efectiva entre conductores y ciclistas en el uso del espacio público solo acaba de comenzar. Pero mientras se avanza hacia esa igualdad en el plano normativo, los poderes públicos no deberían perder de vista que en el plano social automóviles y bicicletas no tienen el mismo valor. La bicicleta tiene una función social de la que carece el automóvil: no contamina, no depende del petróleo, no produce atascos y evita el sedentarismo. La bicicleta, en definitiva, mejora la calidad de vida no solo de quien la usa, sino del conjunto de la ciudad. Por eso, quien pedalea de forma consciente y responsable se convierte en un factor de cambio y transmite el mensaje de que un transporte urbano mayoritariamente ciclista no es una utopía, sino una realidad que está llegando.

Normativa básica de la bicicleta

Foto: Fernando Mafé. Valencia en Bici